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DIALOGAR EN CASA

Luis Alberto Arista Montoya* Terminábamos de redactar el presente editorial al tiempo que escuchamos al presidente Vizcarra anunciar que la cuarentena social se extiende hasta el 12 de abril, debido a que a la gente de muchas regiones le importa un bledo el aislamiento social, sigue paseando irresponsablemente mientras la espiral del contagio va en aumento.

DIALOGAR EN CASA



27/03/20 - 06:21

Luis Alberto Arista Montoya*

     Terminábamos de redactar  el presente editorial al tiempo que escuchamos al presidente Vizcarra anunciar que la cuarentena social se extiende hasta el 12 de abril, debido a que a la gente de muchas regiones le importa un bledo el aislamiento social, sigue paseando irresponsablemente mientras  la espiral del contagio va en aumento.

     Para la gran mayoría de peruanos el “tener esquina” y “tener calle” son dos formas de comportamiento que significan tener  experiencia y cultura urbana que les dota de cierta viveza y destreza criollas, mientras que los demás aparecemos como ingenuos, monses, “lentejas”. Los pendejos son maniqueos: dividen la sociedad entre pendejos versus “cojudos”. Están equivocados. Es que su cerebro no da para más.

    Bueno pues, en tiempos de coronavirus, suponemos, que estos esquineros y callejeros son precisamente los que más “claustrofobia” padecen porque están prohibidas las    reuniones y aglomeraciones  sobre todo en horas de toque de queda (de 8pm-5pm); entonces,  sacan la vuelta a la ley y a la policía y a su familia, escapándose de casa para reunirse con sus “patas”, pues en casa son incapaces de  sostener un diálogo o jugar con los suyos, se aburren, despotrican contra las autoridades. 

    Claro que los seres humanos tenemos un instinto gregario (manada en el caso de los animales), buscamos estar en grupo, socializándonos, y al estar aislados  en forma coactiva cuesta aceptar y aguantar. Pero a lo que conduce el hipergregarismo social es justamente a algo peor: la pérdida de identidad personal, entonces comenzamos a actuar como actúan los demás, en forma automática e imitativa. Aparece el “yo-gente”, el “hombre-masa”. Pues una de las diferencias fundamentales entre el  animal y el  hombre  es que este es el único ser que tiene  capacidad  de ensimismamiento porque tiene “conciencia de sí” que le permite  conocerse a sí mismo, ya que posee una  permanente “inquietud de sí”. Los que se jactan de ser pendejos se preocupan de la exterioridad; nosotros, los más por la “dentritud” de nuestras vidas pero en diálogo con el mundo: somos “yo-mundo”, no somos cosas inertes (evitamos inteligentemente caer en la cosificación)

     Por otro lado,  la dimensión ética de este  aislamiento casero está permitiendo no solamente evitar el contagio del “Covid-19”, sino también ensimismarnos, auto-reflexionar, realizar propósitos de enmienda. Hace mucho tiempo un psiquiatra italiano recomendaba que una persona debe pensar durante 10 minutos diariamente para mantener ágil su cerebro, libre del asecho del Alzheimer (Pero bajo la condición de  no pensar en  tonterías, cosas banales, agregamos nosotros). “Pienso, luego existo” decía el matemático René Descartes; “existo, luego pienso”, complementaría el filósofo Jean- Paul Sartre. 

    Y, mejor aún, ensimismarse pero sin perder la capacidad de dialogar con su pareja, con los hijos y parientes con los cuales convive uno en forma cotidiana. Y a través de los medios electrónicos conectados con el mundo entero. Un manejo prudente de las redes sociales ayuda en días de cuarentena.

     En estos tiempos posmodernos en que la institución familiar está siendo tan vapuleada y horadada, este aislamiento hogareño, estamos seguros, habrá de propiciar  su revalorización. Como cuando se dio lo que llamamos entonces la “cultura de la vela”, durante los apagones y el toque de queda en plena época de la insania terrorista de Sendero Luminoso, cuando cenábamos (o merendábamos, como decimos en modo chachapoyano) en compañía de nuestros padres, hermanos, hijos u otros familiares en torno a una mesa de madera bajo la tenue luz de una vela (debido a los apagones y atentados), o de una lámpara, de un  tubular o de un humilde candil o la candela de  tushpa en el caso de los hogares rurales. Resultó un placer social dialogar bajo esa penumbra, así se construyó una ética contra la crueldad. 

     El ensimismamiento personal tanto como el ensimismamiento hogareño refuerzan el “mundo de la vida” para que no se produzca su enajenación o desacoplamiento respecto del “mundo sistémico” constituido por toda una red controladora de nuestras vidas a través de los mecanismos políticos, jurídicos, laborales, administrativos, biológicos  y tecnológicos. En estos tiempos de cuarentena y de miedo a morir por contagio del coronavirus redescubramos la esencia y trascendencia de la familia, dialogando y compartiendo las cotidianas tareas de la casa que no es una simple construcción de cuatro paredes más su techo, sino una morada, donde uno se siente felizmente acompañado. 

    A propósito, terminemos este editorial recordando un párrafo del poema en prosa titulado “No vive ya nadie en la casa” del inmortal César Vallejo:

“Las casas nuevas están más muertas que las viejas, porque sus muros son de piedra o de acero, pero no de hombres. Una casa viene al mundo, no cuando la acaban de edificar, sino cuando empiezan a habitarla. Una casa vive únicamente de hombres, como una tumba. De aquí esa irresistible semejanza que hay entre una casa y una tumba. Solo que la casa se nutre de la vida del hombre, mientras que la tumba se nutre de la muerte del hombre. Por eso la primera está de pie, mientras que la segunda está tendida” (En Poemas Humanos, p.93). Vallejo nos dejó una gran lección: la importancia de leer poesía también en tiempos de penuria.
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EDITORIAL. Para Radio Reina de la Selva. Lima 27 de marzo de 2020. Luis Alberto Arista Montoya.

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