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CENIZAS, TAN SOLO CENIZAS

Luis Alberto Arista Montoya* Dentro de un encarcelamiento perpetuo, en miserable soledad, el padecimiento de una larga enfermedad, su muerte lenta, su fallecimiento físico, la macabra necropsia, el congelamiento de sus restos reducidos a nada y, hasta por fin, la incineración de su mínimo cuerpo

CENIZAS, TAN SOLO CENIZAS



28/09/21 - 15:25

Luis Alberto Arista Montoya*

Dentro de un encarcelamiento perpetuo, en miserable soledad, el padecimiento de una larga enfermedad, su muerte lenta, su fallecimiento físico, la macabra necropsia, el congelamiento de sus restos reducidos a nada  y, hasta por fin, la incineración de su mínimo cuerpo, cuyas   cenizas fueron esparcidas en algún ignoto lugar, fueron las últimas etapas agónicas del cuerpo de Abimael Guzmán Reinoso, alias Gonzalo.

La institucionalidad democrática actuó bajo el estricto respeto de los Derechos Humanos, hasta el último instante. El proceso de su captura-encarcelamiento-y-muerte se ejecutó respetando las leyes. Bien por la dignidad de nuestro país. 

Su muerte ha retrotraído negros  recuerdos que troquelaron cruelmente  nuestro imaginario individual y colectivo. Pero aún no estamos libres. Algunos de  sus esbirros  ahora  gozan de la inmunidad de rebaño político en Lima, o permanecen   escondidos como lacayos de narcotraficantes en El VRAEM.

Asaltan  mi memoria dos textos que escribí combatiéndolo con miedo, pero con firmeza. Por aquel entonces, a sugerencia del culto y agudo  periodista Alfonso La Torre,  el diario La República  creó en su página de opinión una pequeña columna bajo el título “Cajón desastre”, con el objeto que los académicos  disparemos bajo  un solo tiro textual contra la insania del terrorismo de Sendero Luminoso. En tan solo 16 líneas los colaboradores teníamos que resumir un certero punto de vista. El suscrito se enorgullece  haber trabajo para esa columna de opinión, mientras las columnas terroristas avanzaban por casi todo el país. 

Presento solo dos botones de muestra. El 7 de setiembre de 1991, bajo el título        “El dolor en el Perú”, apunté y disparé el siguiente pequeño texto: 

                                                            La masacre en los Barrios Altos [como pudo ser  la de Lucanamarca o Tarata] ha excedido toda tolerancia al horror que agobia al Perú. Sumado a todos los dolores, este último dolor nos paraliza. Nos induce a preguntarnos: ¿conduce el dolor a la derrota total o a la voluntad de prevalecer y vencer? Tal vez el filósofo Nietzsche pueda orientarnos, si es que los filósofos sirven de algo: “Un gran dolor es el último libertador del espíritu. Es él quien nos enseña la gran sospecha, quien transforma cada U en X, en una X entera y verdadera, es decir, la penúltima letra, la que precede a la última. El dolor grande, ese lento y largo dolor que se toma tiempo y nos consume como si nos quemaran  con leña verde, ese dolor es el que nos obliga a descender a las profundidades más hondas de nuestro ser” (escribió Nietzsche en su obra La Gaya Ciencia).

                       Y el día lunes 21 de setiembre de 1992 – a nueve 9 días de la captura del sanguinario presidente Gonzalo, escribí otro “cajón desastre”, bajo el título “El cuerpo de Abimael”. He aquí ese pequeño texto:

“Quiero  que lo metan a la cárcel. Pero que no se escape”, respondió un niño de 12 años, amputado de una pierna como consecuencia de la explosión  de un coche-bomba. Un patético y real pedido sobre la trascendencia de la captura de Abimael Guzmán [acaecida la noche del 12 de setiembre  de 1992].

¿Cuál es la diferencia entre ese cuerpo infantil (y el de los miles de otros cuerpos muertos, mutilados o heridos) frente al cuerpo de Abimael que de pronto, dejando de lado una entelequia mítica, apareció desnudándose mansamente ante las cámaras de la TV? Una desnudez totalmente ridícula. El del niño, sintetiza todos los cuerpos de las 25,000 víctimas del senderismo; en cambio, la singularidad e insularidad del cuerpo del genocida (mostrado en toda su adiposidad) patentiza la decadencia y caída del “líder” y  su cúpula sanguinaria, auto-traicionado por su propia concupiscencia.

Estos dos textos demuestran nuestro compromiso y rechazo a la violencia terrorista,  fueron escritos bajo el seudónimo de Alberto Arguedas, por miedo a la venganza (usé Alberto, mi segundo nombre, y el apellido Arguedas en homenaje al taita José María Arguedas). Ahora que las  fétidas cenizas del cuerpo de Abimael fueron esparcidas con asco en algún lugar ignoto,  comparto con ustedes estos recuerdos, dirigidos especialmente  a los jóvenes que - felizmente - , no padecieron esos macabros momentos entre 1980-2000,   que marcaron para siempre a toda mi generación, y a tantas otras más. 

EDITORIAL. Para Radio Reina de la Selva. Lima 28 de setiembre de 2021. Luis Alberto Arista Montoya.

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