Grande Seminario!, ¡ese es mi colegio!

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21/06/19 – 04:26

21 de junio- fiestas patronales – colegio Seminario.

Por: Percy Zuta Castillo

En el año 1990 egresó la primera promoción de mi colegio seminario, han pasado 29 años y en este año, 29 promociones egresadas desde aquel entonces. Una institución que en los años 90´s se propuso a ganar cuanto concurso habí­a, en 5 años ya tení­amos un batallón de puro gallardetes y premios. También ganamos a una gran aliada como es el colegio Virgen de Asunta, colegio de la misma lí­nea religiosa, Nuestras queridas Asuntinas?, que junto al papá de las instituciones el Glorioso San Juan de la Libertad (a la cual le tengo un gran respeto) y todos los demás colegios de aquel entonces, le dieron nivel y competitividad educativa a nuestra querida ciudad de Chachapoyas.
Compartir las aulas con grandes personajes, viviendo experiencias y locuras de aquel entonces en una Institución Educativa (prefiero llamarlo siempre colegio), fue el punto clave, que marcó nuestro horizonte como alumnos y personas. íÉramos una sarta de peleachos a la hora del recreo, tení­amos que comer a escondidas para que no te quiten el refrigerio, me refiero a los alumnos de mayor grado, era el mayor abuso recibido para los que iniciábamos la secundaria. Pero todo eso quedaba de lado cuando nos sentí­amos defendidos en las calles por estos mismos compañeros frente a chicos de otros colegios. Todos éramos una gran familia. Resumen: en la calle eras un hermano seminarista y en el colegio el más sometido a la tranquilidad y respeto.
Ese era el seminario; un lugar que estudie mi primaria y secundaria. Donde a mis 7 años, actué fallidamente de cupido entre un amor de mamá e hijo (mi amigo de aquel entonces), separados cruelmente misma telenovela, que ni con el tiempo se concretó la reconciliación plena, salvo por conveniencia. A los 8 y 9 años la hice de cantante gracias a mi profesor Óscar el popular shapingo, en ese gran teatro seminarista con butacas de madera (hoy I.E Divino Salvador). A los 10 y 11 años fui integrante del coro, un talento perfecto como segunda voz y mi descubrimiento de mala gracia para el fulbito y suplente indiscutible para el futbol.
Ya, en la secundaria las cosas fueron mejorando. Inquieto al querer dármela de alumno esmerado, fui acentuando en descubrir que el deporte, la música y las letras serian mi fuerte (ironí­a si lo vemos que años después mi carrera profesional, serí­a de números como la economí­a). A los 12 y 13 años, dedicado de lleno a la música como integrante de la primera camada de esa banda de música seminarista, tal vez el inicio de que años más tarde (1998), se consagrara ganador de una misión imposible como el concurso de bandas de la Región Nor oriental del Marañón de aquel entonces (Chiclayo, Cajamarca y Amazonas), euforia total e histórico, por haberle superado al siempre ganador San José de Chiclayo y al rival que todo seminarista desearí­a ganar, al colegio San Juan de la Libertad, nuestro rival eterno.
A mis 14 años cumplí­ un sueño de integrar la selección de básquet de mi colegio, mi única vara fue ser zurdo y claro por ahí­, la recomendación del gran profesor Arturo Tenorio. A los 15 y 16 años a parte de la música y las magistrales clases de laboratorio y mecanografí­a de aquel entonces, era esforzarse para mantenerse en el equipo de básquet, ya que atrás de uno habí­a una cola esperando un error tuyo para tomar la batuta, gran exigencia que creo con el tiempo se ha sabido mantener. Si a eso sumamos que tanto en el jardí­n, primaria y secundaria, pertenecí­ a la escolta, honor y orgullo por aquel entonces cuando la ciudad entera prendí­a la mirada en las famosas competencias de escoltas, en los ya consagrados desfiles de fiestas patrias.
Mi colegio siempre será el seminario, una institución que con pocos años, se atrevió a competirle al histórico colegio San Juan. Si ellos son el ¡glorioso!, nosotros somos el ¡victorioso! donde pasaron por sus filas grandes estudiantes, medidos por el nivel profesional que hoy tienen y están dispersos en todo el mundo. Un colegio que aparte de los ensayos de marcha en el conocido jirón puno, por las noches se armaban las batallas campales a puño limpio con nuestro rival eterno, convocados únicamente por la unión y compañerismo de cuidarse en las buenas y las malas, sin usar celular, redes sociales ni otro medio, algo que ni la pelí­cula Corazón Valiente ganadora de varios Oscar lo supera.
Un colegio que nos enseñó a tener disciplina, a tener compañerismo y sobre todo a tener un buen nivel de estudio. A la humildad para ganar y hasta para aceptar derrotas. Nunca se escuchó drogas, salvo la canción vuela – vuela de aquel grupo de moda llamado Magneto (muchos dirán porque era más caleta). Nunca se vivió robos más que de lapiceros e insignias para usarlo a la hora de entrada y así­ evitar que los tí­os (con cariño) Germán y Wilson auxiliares de toda la vida, no nos hagan ranear. Debo confesar que también lo hice, pero solo fueron unas 3 veces, nada más. Nunca se escuchó faltarle el respeto al profesor, porque ya por ahí­ nos caí­a un 41 como decí­a nuestro recordado profesor Aliaga, tampoco nuestros padres se quejaban, al contrario, eran sus aliados y alentados a seguir haciéndolo, ofreciendo hasta gallina al profesor para que nos sigan dando si era necesario, con tal de mejorar nuestro comportamiento, o sea por ese lado tení­amos pierde.
Una época, que considerábamos héroes a los que saltaban el muro de adobe de aquel entonces a la hora de clase y que al dí­a siguiente eran acusados en plena formación, ¡Qué valor!, ¡Esos eran mis í­dolos!. No comentaré de sacar cargo en el curso de religión por no saber el credo, a pesar que por muchos años fui monaguillo, o raptar internas, porque es algo muy personal, y nada grave como para detallar. No se imaginan, qué adrenalina a la hora de ir a las bibliotecas, a las ganadas para prestar libros y hacer las tareas, ese reto de escribir hojas y hojas a una velocidad más que del internet, obvio en Chachapoyas cualquier cosa es más rápido que nuestro internet.
Sobrar un tiempito después de las tareas, era nuestra máxima satisfacción, utilizado para dar unas vueltitas con nuestra mancha las Asuntinas en nuestra recordada plaza de armas, donde tení­amos como testigo al busto de don Miguel Grau, sustituido años después por el busto de don Toribio Rodrí­guez de Mendoza, y del infaltable tí­o chacrama (nuestro maestro piropeador) Ni que hablar de los domingos donde afloraba nuestra fe religiosa, pues ir a misa de las 7 de la noche, era nuestra obligación, aunque a veces por no decir siempre, solo llegábamos a escuchar la liturgia para no ser sorprendidos por el profesor de turno, los lunes a primera hora, con la pregunta; ¿sobre qué se trató?.
Muchos dirán que aburrido fue esa época de colegio, pero aparte del estudio y las competencias, fueron las épocas del techno, de las discotecas a un sol la entrada, de las matinés con gaseosa y canchita, de los quince años, invitados o no, pero conectados con la emocionada quinceañera. Curiosamente hoy cambiados por el play, las drogas, las fiestas semáforo, y claro los colegios particulares, entre otros, que a la larga pueden llegar a ser solo una simple apariencia.
Un aprendiz de 80 años.

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