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TIEMPOS QUE NO VOLVERÁN

Pastillita para el Alma 11 – 04 – 2021 Dichoso sábado, antes de las Elecciones. Tal vez será un adiós a tiempos que han marcado nuestras vidas, sin pesares ni angustias que no pudimos resolver, porque cuando estos se presentaron, teníamos la valentía de nuestra juventud, que nos dio el cor

TIEMPOS QUE NO VOLVERÁN



14/04/21 - 14:15

Pastillita para el Alma 11 – 04 – 2021

Dichoso sábado, antes de las Elecciones. Tal vez será un adiós a tiempos que han marcado nuestras vidas, sin pesares ni angustias que no pudimos resolver, porque cuando estos se presentaron, teníamos la valentía de nuestra juventud, que nos dio el coraje de vencer las dificultades y pasamos sin darnos cuenta, la época en que un pan valía 200 soles, nosotros que vivimos en nuestra tierra bendita, donde los panes costaban cinco centavos y comprábamos 5 murones por “medio” una monedita chiquita de níquel. Sufrimos los años del terrorismo, de los perros muertos colgados en los postes, de los coches bombas, las cartas que explotaban en las manos, de los apagones. Los secuestros, de las matanzas en serie, casi a pueblos enteros, en el frio de nuestras serranías, eran noticias que nos partían el alma. Épocas de huelgas del SUTEP, de la CGTP, de la toma y cierre de las carreteras, del toque de queda, de la escasez y de la hambruna, nos golpearon y porque vamos a negarlo. Fueron tiempos difíciles, que nuestros hijos en su edad infantil, no lo sintieron, como la mayoría de los jovenzuelos que ahora salen a protestar en las calles y son usados por aquellos indolentes, que siempre en toda circunstancia lo pasan bien, detrás de bambalinas y son los líderes “mantenidos por ONGS o por gobiernos extranjeros que difunden ideologías que nunca han dado buenos resultados, a lo largo de la historia.

Esta Pastillita para el Alma comienza diciendo “Dichoso sábado”, porque me desperté con una tremenda nostalgia que calaba los tuétanos de mis huesos y en esta soledad que nos agobia con la pandemia, sentado en un rincón del jardín de mi casa, marqué casi como un autómata los teléfonos de mis compadres, que viven todavía en la ciudad apacible de nuestro terruño. El teléfono timbraba y uno de ellos no me contestó, mientras tanto yo viajaba en alas de mis recuerdos sobre la piel indestructible del tiempo, saboreando en mis labios la dulzura del azúcar de mis años mozos, de mis vacaciones inolvidables de estudiante universitario, saboreando la miel de esos amoríos, que se quedaron a lo largo del camino y la imagen de niñas y señoritas candorosas de piel de durazno y aroma de azucenas en flor. Volvieron a bullir en mi mente, como si fuera ayer, las serenatas, con el sonido del acordeón, la trompeta, de las guitarras, del banyo y el olor a tierra húmeda en noches de aguaceros o cuando dejó de caer la lluvia, el ruido monótono de las gotas que fluían de un tejado, con tejas hechas de arcilla, fieles recuerdos de aquel alfarero que pisoteó la greda y dejó sus huellas que, ahora, nadie da importancia. 

Bendito los sueños, los recuerdos y añoranzas que nos transportan a través de nuestros pensamientos depositados en un pedacito de nuestro cerebro, el hipocampo, y nos regalan el placer de transportarnos a tiempos lejanos para ver el señorío de mi viejo, su figura paternal y patriarcal, sentado en la cabecera de la mesa del comedor, rodeado del calor de sus hijos, con el engreimiento admirable a nuestra hermana Dorisita y la dulzura inolvidable de mi madrecita adorada, que con su amor y su belleza infinita, iluminaba mis días y la convertía en el amor de mis amores, que “vive” para siempre en lo más íntimo de mi corazón.

Mis recuerdos, en mis años viejos, aquellos que bullen todo el tiempo en mi mente, que añora mi gente, que extraña mi pueblo, mi tierra, mi Chachapoyas, al que algún día tendré que volver, no sé si en mi cuerpo físico o en el recuerdo de una misa fúnebre de nuestra querida catedral, aunque en esta hora de pálida vejez, donde nuestras articulaciones se ponen duras, nuestros músculos se hacen perezosos y haraganes, nuestro corazón de tanto amar, se halla débil, engreído y  un tanto rebelde, pero, con mi mente, al parecer todavía sin lagunas, pienso que volveré a recorrer sus callecitas rectas, viendo caras desconocidas, pero respirando el aroma que dejé en mi lozanía de juventud, con perfume de rosas y sintiendo el dolor de sus espinas que se clavaron en mi ser y volver a comer un locro de frejoles vara vara con su col, su cuchicaran, su rellena asada en tullpa de leña de tayango, su mote capka con cáscara, su timbuche de guayaba y su jarra de chicha de arroz y de maní.

Jorge REINA Noriega
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