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Miércoles, 28 de Julio del 2021
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EL INGENIERO DESAIRADO

Pastillita para el Alma 28 – 04 - 21 Muchas veces somos soberbios con los títulos y las condecoraciones, o con la riqueza acumulada o también con los galones o las estrellas que engalanan nuestros hombros o nuestras muñecas o con los títulos de universidades en los que fuimos alumnos mediocre

EL INGENIERO DESAIRADO



28/04/21 - 06:35

Pastillita para el Alma 28 – 04 - 21

Muchas veces somos soberbios con los títulos y las condecoraciones, o con la riqueza acumulada o también con los galones o las estrellas que engalanan nuestros hombros o nuestras muñecas o con los títulos de universidades en los que fuimos alumnos mediocres y nos recibimos ostentando un diploma, que es un reconocimiento a nuestra ignorancia o el fruto adquirido mañosamente, en una imprenta clandestina, que abundan en los centros urbanos  y creemos que tenemos derecho de ser reconocidos por la gente que nos rodea y nos mostramos arrogantes y con capacidad de maltratar, al que no nos rinde pleitesía y caemos en el fondo del precipicio, cuando nos aclaran el verdadero nivel en que estamos en la sociedad.

Esta introducción, definitivamente, que no nos cae a todos, viene a colación de un comentario muy elocuente y sentido, que hace un paisano amazonense, que ha salido con éxito de la enfermedad del COVID y describe en forma muy emocionada, el éxodo de muchos de nuestros padres, que sacrificando sus comodidades de la tierra lejana, tuvieron que trasladarse, a la gran ciudad, para acompañar a sus hijos que ingresaron a las universidades y lamentablemente, se quedan para siempre, en un lugar incómodo, para sus usos y costumbres, lo cual se nota más, cuando somos viejos y tal como él lo retrata “es el anciano sentado en su viejo sofá”, tal vez marcado con sus coyunturas, enmohecido con el peso de su cuerpo y mudo testigo de pensamientos y sentimientos guardados, en un rincón escondido de su alma…. Sí, allí sentado, lo pinta su hijo, con la mirada perdida, a ese hombre inmerso en el tiempo, muerto en sus ilusiones y que está..., todavía vivo…, porque respira, habla y siente” 

También yo lo veo a ese mismo hombre, dinámico, alegre y vozalon, parado en una de las esquinas de la plaza de armas de nuestra tierra, conversando con sus amigos coetáneos, o riéndose con los chistes de sus consocios, en el amplio salón de su Club Higos Urco de la plaza de armas y asomándose a los balcones, mientras los jóvenes jugaban billar o timbeaban “golpeado” en las mesitas hexagonales de paño verde, con los timberos de siempre, cuyas apuestas no eran más de 10 soles.

En una de esas noches de tertulia y jolgorio, uno de los amigos, contaba que en cierta ocasión llegó un ingeniero con apellido extranjero, con casco, lentes oscuras y botas de tubo, encargado del plano de una carretera, que, con sus teodolitos y cintas métricas enrolladas en discos de cuero, no permitía, que nadie le trate por su nombre o le sugiera algo para planificar el trazo de una difícil carretera, en la pendiente de un cerro. El tiempo pasaba y el señor profesional no ataba ni desataba nada y se mostraba siempre arrogante y orgulloso, con su gente, hasta que un cierto día, el capataz de la obra soltó a un burro, cargado con su aparejo y tongos de chancaca, comenzó a arrearlo cuesta arriba, marcando la ruta, por donde el ingeniero dirigió la construcción de la carretera.

Esta experiencia desagradable, contada por uno de los concurrentes, donde se encontraba, mi noble amigo, querido y respetable hermano, que motiva este comentario, es un profesional del magisterio, carpintero de afición y constructor de casas y templos por vocación, es un personaje excepcional, con alma de niño, que fue alcalde de mi pueblo y dentro de su nobleza y humildad, solo atinó a decir: “No rajen hermanitos, así hay gente mentecata y creída que se les suben los humos cuando tienen un cartoncito y a  la hora de los hechos, hasta el burro, siendo burro, los enseña” No faltando la palabra alegre de mi compadre Chinche, Ariel Herrera, que completó “este upachón, tiene toda la razón, pero, ándate ya a tu casa, no te vayan a robar otra buena moza”
Anécdotas inolvidables de épocas que ya no volverán. 

Palabras que se guardan en el cerebro, pero sobre todo en el corazón y que para muchos de los jóvenes no tienen ninguna importancia, ni tampoco para las personas que vienen de otras latitudes, con otras costumbres y en los que la paz, la tranquilidad y la nobleza de nuestra tierra no ha entrado en ellos y son ausentes de estas emociones pueriles, que remueven los conchitos más íntimos, de los que ya estamos en los primeros lugares de la lista para nuestro viaje sin retorno y es cuando se hacen inmensamente sentidas nuestras añoranzas y recuerdos. 

Jorge REINA Noriega

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