Educación para la violencia

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“Las noticias de una agresión sexual abominable han develado la miseria de nuestra educación, que no solo fracasa en las pruebas PISA”.

La crisis educativa en Perú exige una reforma radical.

Camilo Torres – Perú 21

En el colegio estatal donde soporté la secundaria, entre un patio y otro había rejas de metal puntiagudas. Trataban de impedir que los estudiantes de secundaria pasaran al patio de primaria y violaran a los menores. Años después supe que eso es lo que Norbert Elias entiende como un límite físico, único recurso para impedir una acción cuando no se ha internalizado una norma de conducta. O sea, cuando un número importante de sujetos aún no ha llegado a la civilización. Por aventuras familiares pasé un año en otro colegio. Allí, un lunes, durante la formación en el patio, el director nos dijo que algunos estudiantes habían violado a un niño de primaria. Nos pidió que por favor no se repitiera. 

Un profesor de Educación Cívica, de quinto de secundaria, nos enseñó que, si alguna vez atropellábamos a alguien mientras conducíamos, el peor escenario era que la víctima quedara inválida y se convirtiera en una interminable fuente de gastos. Por eso lo mejor, afirmó el docente, era retroceder y matarla. No, no había ironía en su discurso. Tal era la educación que impartía y por la cual el Estado le pagaba. La pandemia evidenció la debacle en los servicios de salud; las noticias de una agresión sexual abominable han develado la miseria de nuestra educación, que no solo fracasa en las pruebas PISA. Porque no estamos ante un problema, sino ante una crisis, y urge una reforma radical y coherente, con una educación sexual integral. Si no educamos a nuestros niños en temas sexuales, otros lo harán: sus compañeros, el porno de internet, las redes sociales, la calle, un adulto desconocido. Esta reforma debería comprometer a todos los actores: familia, docentes, políticos, burócratas…

Algo rescatable hay en las noticias de los últimos días: han despertado indignación. Por una vez, peruanos de orientaciones muy diferentes han estado de acuerdo en condenar un mismo fenómeno, y no se trata de fútbol. Hay, como era esperable, diversidad de propuestas. No comprendo el razonamiento que dice que los responsables no deben sufrir un castigo, pues la violencia es un problema estructural.

Acaso se trata de una falacia de falso dilema. Se puede aplicar la sanción legal y al mismo tiempo enfrentar la crisis como un fenómeno de causas profundas, de soluciones complejas. De lo contrario se incurriría en la impunidad, que, sabemos, es una invitación a reiterar el mal y replicarlo.

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