16/03/17 – 06:44
Por: José Manuel Carneiro
Tan viejos como los algarrobos de Piura, son los estragos que el fenómeno de El Niño provoca por ausencia de prevención adecuada. Un redactor ocioso no tendría problema alguno en reproducir las aciagas noticias publicadas hace treinta y cuatro años.
No es posible que en tanto tiempo y fluir de ya incalculable cantidad de dinero, la ciudad piurana no haya sido reestructurada de tal manera que ante este fenómeno conocidísimo las consecuencias no sean apocalípticas. Y no solo por el hecho de que el fenómeno de El Niño, tarde o temprano, volverá a irrumpir, sino porque Piura, aunque se ubique en medio de un desierto, es una ciudad en la que llueve, sin falta, todos los años. Lo que termina despreocupando a los ciudadanos y las autoridades competentes es que los perjuicios, siempre que no sea el fenómeno, son menores y fácilmente maquillados con brea y asfalto que, por cierto, al siguiente año precisarán de más polvo negro para que la dama asista de forma presentable a la fiesta de rendición de cuentas.
Inútil sería describir todo lo que se tendría que haber hecho: no se hizo. Los tomadores de decisión saben lo que Piura requiere para no hundirse como el Titanic; que primen los intereses personales y la desidia es lo execrable. Sí, son condenables. Y no por la ciudad en sentido abstracto, sino por el dolor y el sufrimiento que la dejadez y la avidez de enriquecimiento individual suscitan.
Ha sido la primera vez que he presenciado esta especie de hecatombe cíclica. Me inquieta e indigna pensar que algunas instituciones educativas no hayan aplazado hasta que bien culmine El Niño solo por justificar el pago del presente mes. El 12 de marzo fallecieron dos personas, ambas menores de treinta años, al ser aplastadas por algarrobos derrumbados por la naturaleza (esto no es culpa de nadie, desde luego, mas debe saberse). La caída de otros algarrobos produjo la ruptura de cables eléctricos, lo que significó un apagón de dos días de duración en la urbanización Santa María del Pinar. Y las lluvias nocturnas, acompañadas de tormentas eléctricas, no hacen sino generar temor en la gente, pues pocos ignoran la peligrosidad de los rayos.
El elevado nivel del río Piura, que desborda en algunas zonas, exige la restricción del acceso vehicular, e incluso pedestre, de los puentes Avelino Cáceres y Sánchez Cerro, lo que es correcto; sin embargo, puede llegar al punto en que también el puente Bolognesi, única vía de unión completa, hasta ahora infalible, entre Castilla y Piura, deba ser cerrado y las autoridades están prohibidas de vacilar al respecto, ya que la seguridad humana antecede al proceder más o menos normal de la vida civil.
Existe, no obstante, un factor que aún estamos a tiempo de prevenir: las enfermedades. Es inevitable que durante y después de El Niño la ciudad sea tomada y habitada por toda clase alimañas incubadoras de un sinfín de patologías; si aún no hemos sido afectados en nuestra salud, estamos a tiempo: basta informarse.
No sé cómo será el próximo fenómeno de El Niño; ojalá Piura, hasta entonces, esté en condiciones de soportar en pie y con dignidad.




