SENDERO OMINOSO

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17/09/18 – 06:37

Luis Alberto Arista Montoya*

Todos los Estados, todas las sociedades saben actualmente que la patologÍa social mÍs terrible que padece la humanidad es el terrorismo, porque conlleva demencial destrucciÍn y muerte violenta de mucha gente inocente. 
Eso lo padecimos los peruanos con Sendero Luminoso y el MRTA durante dos dÍcadas: entre 1980-2000, con un tenebroso resultado de 69,260 vÍctimas, en su mayorÍa gente pobre: de comunidades quechua-hablantes, de  comunidades nativas; de asentamientos suburbanos; niÍos, mujeres, jÍvenes, adultos y ancianos. Hasta hoy los familiares de las vÍctimas claman justicia y reparaciÍn moral. Lo seguimos padeciendo aún porque desde el VRAE nos asedian cada cierto tiempo los remanentes de Sendero luminoso, coludidos con el narcotrÍfico (que lo financia) y el OVADEF, su mascarÍn de proa.
Quienes lo padecimos cuotidianamente tenemos que recordarlo una y otra vez. Sobre todo a travÍs de una ¿acciÍn comunicativa? comprensiva  para dar a conocer a las nuevas generaciones sobre el enorme daÍo que sufriÍ el Perú. Desenmascarando sus orÍgenes ideolÍgicos, desbaratando sus fanÍticas interpretaciones que tergiversaron las teorÍas sociolÍgicas de MariÍtegui, de Marx, Lenin y Mao Tsetung. 
El famoso e infausto ¿pesamiento Gonzalo? no fue mÍs que un engendro intelectual  de un ¿filÍsofo? borracho, macerado en el peor votka ¿socialista?. Se adueÍÍ de la hermosa y utÍpica frase ¿hacia el sendero luminoso? acuÍada por el Amauta JosÍ Carlos MariÍtegui. Es por eso que proponemos, a partir de hoy, denominar a esta secta terrorista como Sendero Ominoso: por ser execrable, abominable, nefando, monstruoso, detestable, siniestro, intolerable.
Se gestÍ  en la dÍcada de los aÍos 60 del pasado siglo, desgraciadamente, en las aulas de la Universidad Nacional de Huamanga de Ayacucho, cautivando a humildes alumnos y campesinos (bajo el pretexto del trabajo comunitario en el campo a favor de los mÍs pobres que eran explotados por un injusto  Estado burguÍs, decÍan). Un profesor inglÍs que trabajÍ por esos aÍos en dicha universidad fue testigo de esa gestaciÍn siniestra. Nos contÍ que al principio Abimael GuzmÍn y sus huestes acadÍmicas se hacÍan llamar como ¿los túpacamarus?, para distinguirse de los profesores burgueses. No se autonombraban como militantes de Sendero Luminoso. Ni en uno u otro sentido fueron originales. La sociedad ayacuchana los conocÍa como ¿los chupamarus?, porque los fines de semana hacÍan tertulia en las chicherÍas ubicadas en los alrededores de la ciudad de Huamanga. Chupaban chicha hasta enchicharse hasta las últimas consecuencias: vomitando nefastas consignas ¿revolucionarias?, y fÍsicamente buitriando hasta la última papa  del mal digerido ¿puca-picante?; y cuando se reunÍan por las tardes  a tomar un cafÍ obligaban a los dueÍos de las chinganas o huariques a endulzarlo con chancaca, porque el azúcar era sÍmbolo imperialista; su gaseosa preferida era la Kola Inglesa porque era de color rojo (ahÍ sÍ no les importaba el nombre ¿inglesa?). Pero esos ¿chupamarus? se adueÍaron de la universidad logrando expulsar a todos los buenos docentes, alumnos y personal administrativo (lÍgicamente nuestro amigo el profesor de inglÍs, fue corrido de la ciudad, incluso del paÍs despuÍs).
Esos fueron los orÍgenes de esa gran borrachera revolucionaria que enlutÍ al paÍs, hasta hoy en dÍa.
Recordamos todo esto a propÍsito de que el  pasado dÍa 11 de setiembre, por fin, los tribunales de justicia sentenciaron a cadena perpetua a Abimael  GuzmÍn y su tenebrosa cúpula, por el caso del  atentado de la calle Tarata en pleno centro de Miraflores, en Lima. ¡Por fin, luego de 26 aÍos! ¿Justicia que tarda no es justicia?, ¿la justicia llega tarde o temprano?, son dichos que se han incrustado en nuestro imaginario colectivo debido a la rÍmora burocrÍtica del Poder Judicial, que en estos momentos muestra su mayor obscenidad a raÍz de la banda de jueces de ¿cuello blanco?.
 SÍ, ha sido una sentencia del siglo de  doble significaciÍn: porque la cadena perpetua los sepulta de por vida a estos terroristas (y nada peor que la muerte lenta), pero tambiÍn porque ha sido un juicio que ha  durado una eternidad, pareciÍ un siglo.
 En  una estampa surrealista, sentados Abimael y su cúpula aparecieron como momias para escuchar su sentencia: viejos, decrÍpitos, agachado y jorobado Abimael, aunque por momentos mostrando un rostro de resignaciÍn y altanerÍa. Como queriendo decirnos: ¿cuidado, estamos vivos, tenemos seguidores?¦
Las instituciones de nuestra morbosa democracia tendrÍn que estar alertas. Porque nuestro mundo de la vida  no merece sufrir ni pÍrdida de sentido ni pÍrdida de libertad.   
*EDITORIAL. Para Radio Reina de la Selva de Chachapoyas. Lima 17 de setiembre de 2018. Luis Alberto Arista Montoya.

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