Milagros Bellido Z. – Diario Expreso
En el Perú solemos escandalizarnos por la violencia cuando ocurre en abstracto, pero la relativizamos con sorprendente rapidez cuando tiene nombre, apellido, cargo o empresa. Entonces deja de ser agresión y pasa a llamarse “un exceso”, “un momento de cólera”, “un error humano”. El lenguaje se vuelve indulgente cuando el agresor tiene poder.
Eso es exactamente lo que hemos visto tras la agresión de Manuel Acuña Forno a una mujer en plena vía pública. Las imágenes son claras y no admiten interpretación creativa: una patada por la espalda luego de un reclamo ciudadano. Nada heroico. Nada defendible. Nada confuso.
Pero este caso no es solo un problema de tránsito ni de mal carácter. Es un problema político, porque habla de poder. Y el poder, cuando se siente impune, también patea. No solo decide, no solo ordena, no solo sanciona: también agrede cuando se le cuestiona.
Acuña Forno no es un ciudadano anónimo que perdió el control un domingo cualquiera. Es empresario, líder, cabeza visible de una empresa donde trabajan mujeres. Es decir, alguien que ejerce autoridad, toma decisiones, evalúa desempeños y define climas laborales. Ahí es donde la escena deja de ser privada y se vuelve pública.
Cuando un hombre con poder agrede a una mujer en la calle, no lo hace solo como conductor irritado. Lo hace como alguien acostumbrado a mandar. A no ser cuestionado. A que el reclamo ajeno le resulte intolerable.
El problema no es solo el golpe, sino la lógica que lo precede: la idea de que el otro —en este caso, una mujer— debe aprender una lección. La violencia, además, no se ejerce al azar. Tiene cálculo. Tiene dirección. Tiene víctima. Y cuesta creer que esa patada hubiera salido con la misma facilidad si quien tocaba la camioneta era un hombre adulto, fuerte, mirándolo a los ojos. La espalda elegida dice mucho. El cuerpo elegido, también.
Luego vino la carta. Las disculpas. El lenguaje cuidadosamente redactado. El pedido de perdón “a las mujeres”, así, en plural, como si una generalización pudiera diluir una agresión concreta. Como si el problema fuera de comunicación y no de conducta. Como si bastara una frase bien armada para neutralizar un acto de violencia física.
Se pide perdón mientras se intenta explicar lo inexplicable. Se evita la palabra clave: violencia. Porque reconocerla implica asumir consecuencias. Y ahí el discurso se vuelve tibio y estratégico.
Este episodio incomoda porque muestra una verdad que preferimos ignorar: en nuestro país, el poder aún se siente con derecho a abusar. Y cuando la víctima es mujer, el margen parece ampliarse.
Como mujer, no puedo aceptar la normalización del golpe. Como ciudadana, no puedo aceptar la relativización del abuso. Y como sociedad, deberíamos dejar de mirar hacia otro lado.
Porque la pregunta sigue siendo incómoda y necesaria:
¿La habría pateado si fuera hombre?




