Por Manuel Yoplac Acosta
Si los candidatos e instituciones tienen derecho hacer su propaganda electoral, nosotros los ciudadanos tenemos derecho a decir que nadie merece nuestro voto.
Hace mucho que la democracia representativa ha sido tomada por mafias electorales y que un voto ciudadano es solo una mercancía en disputa. Recordemos que las palabras de los candidatos es solo un discurso en campaña, es una verborrea de conquista de votos, es un lenguaje que no expresa necesariamente la verdad; hay innumerables ejemplos de ello. Con los planes de gobierno ocurre algo similar, los planes son solo ideas escritas que exige la “ley”, “papelitos que mandan” para justificar una inscripción. La democracia participativa ha perdido casi toda credibilidad, las elecciones son solo una forma legal de justificar la democracia, la legitimidad de la democracia está muerta porque en cuanto el ciudadano da su voto, otorga su poder al que no lo representará, así la libertad de votar se convierte en la renuncia de tu libertad. Votar significa en su esencia renunciar a ti y otorgar poder sobre ti a alguien que no eres tú; por eso, es fácil concluir que nadie merece mi voto. La democracia que supone el “gobierno del pueblo” ha sido enterrada, -no por el pueblo-, sino por los mismos que han sido “elegidos democráticamente”.
Por otro lado, es tan fácil darse cuenta que las elecciones son antidemocráticas porque ni si quiera el voto es libre, es decir, -te obligan a votar-, si no votas te castigan, o sea, te multan económica y administrativamente, tal tipo de democracia no se fundamenta en la libertad de elegir sino en la obligación de votar. Necesitamos pensar en nuevas formas de gobierno, -y no responderé cuál o cómo, – porque, 1) no sería democrático orientar un tipo de gobierno, y, 2) considero que el mejor gobierno que yo puedo tener es mi propio gobierno. En este contexto, repensar un nuevo tipo de gobierno colectivo es una tarea de ciudadanos libres, ir a votar porque es “obligatorio” no es de ciudadanos libres, es solo cumplir con una regla impuesta para mantener una democracia que ya no funciona, que ya no existe.
Por eso, nadie se merece mi voto, porque: 1) si voto por alguien otorgo mi confianza-esperanza a ese alguien renunciando a la mía, 2) si voto por alguien que accede al poder, pronto me decepcionará; 3) si voto por alguien que no pudo acceder al poder sentiré también que algo perdí; en cambio, si no voto por nadie, 1) no delego mi confianza a nadie, 2) lo que significa, que confiaré siempre en mí, y, 3) no me decepcionará nadie porque no voté por nadie.
En consecuencia: -nadie se merece mi voto- significa que no confío en las elecciones como forma de garantía de democracia y ejercicio de libertad. -Nadie se merece mi voto- significa que no confío en los grupos electorales carentes de moral y sabiduría para gobernar. -Nadie se merece mi voto- significa que no confío en los candidatos ni en sus discursos Sin embargo, -nadie se merece mi voto- significa que al menos creo y confío en mi.




