La dictadura del insulto

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La “dictadura del insulto” no es solo agresividad; es un mecanismo de censura. Cuando el grito y la ofensa reemplazan al argumento, el diálogo muere. Nuestra comunicación se encamina hacia una polarización estéril donde ya no buscamos entender al otro, sino anularlo. (Dr/Puma)

¿Hacia dónde va nuestra comunicación?

La violencia verbal parece haberse convertido en el lenguaje oficial de nuestra era digital. Basta navegar cinco minutos por YouTube para encontrarse con una retahíla de improperios, calificativos y bajezas disfrazadas de “opinión”, Esta tendencia, impulsada por los llamados influencers y generadores de contenido, ha permeado incluso los espacios que deberían ser sagrados para la democracia: Los debates electorales.

A las puertas de las elecciones de este 12 de abril, hemos sido testigos de un espectáculo penoso. Los debates han dejado de ser un intercambio de propuestas para convertirse en un “toma que te doy” de ataques personales. Parece que la consigna es clara: mientras más grueso sea el calibre del insulto, más sube la audiencia.

LA MÁSCARA DE LA DOBLE MORAL

Desde mi formación antropológica, no puedo evitar notar el resurgimiento de nuestra idiosincrasia más hipócrita. Siempre ha existido doble moral: esa careta de decencia que se escandaliza ante una grosería ajena, pero en la privacidad del hogar desborda vulgaridad. El problema es que hoy esa “casa” se ha vuelto pública.

 Muchos personajes acuden a los medios tradicionales con un leguaje pulido y cuidado, pero en cuanto saltan a las plataformas digitales, sueltan una paporreta de lisuras para ganar likes. Es el ser y el aparentar llevados al paroxismo. Lo que antes era un reflejo oculto de nuestra sociedad, hoy es la carta de presentación de quienes pretenden dirigir el destino del país o formar opinión pública.

EL “CLIKBAIT” DE LA AGRESIÓN

No es que seamos “cucufatos”. Lo que sucede es que los algoritmos de la s plataformas digitales (como YouTube o Tik Tok) no premian la veracidad ni la propuesta, sino el engagement. Lamentablemente, la indignación y el insulto generan reacciones mucho más rápidas que una entrevista bien estructurada.

La desinhibición digital: en psicología se habla del “efecto de desinhibición online”. La pantalla actúa como un escudo que permite que esa “doble moral” (lo que antes quedaba en casa) se vuelque al espacio público sin filtros.

La degradación del debate: cuando el insulto reemplaza al argumento, la política deja de ser una herramienta de construcción y se convierte en un espectáculo de gladiadores. Si el 12 de abril solo recordamos el “toma que te doy”, la democracia pierde, por que votamos por el más fuerte, no por el más apto.

El rol del comunicador: cuya labor hoy es más necesaria que nunca. Si todos nos subimos a la “ola” de la vulgaridad, el periodismo desaparece para convertirse en simple entretenimiento barato. Mantener el rigor hoy es un acto de resistencia.

¿RESISTENCIA O DESFACE?

A veces me pregunto si estoy quedando desfasado como comunicador social o si simplemente me estoy negando a subirme a una ola que nos lleva al abismo cultural. ¿Es este el “mundo al revés” al que aspiramos? Si seguimos por este camino, el próximo paso será recibir a un entrevistado con un insulto irreproducible bajo el pretexto de ser “auténticos” o “tendencia”.

Finalmente decirles, no se trata de ser “beatos”, “santos” ni “cucufatos”. Se trata de entender que el lenguaje construye realidades. Si permitimos que el insulto sea el eje de la comunicación, terminaremos por destruir la capacidad de entendernos. En este mundo de imperfecciones, todavía queda un lugar para quienes creemos que la palabra debe servir para elevar el debate, no para arrastrarlo por el lodo, nada más hasta nuestra próxima columna.

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