UN PERSONAJE INOLVIDABLE

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Prof. José Mercedes Santillán

Un obispo que solía hacer visita pastoral a la selva, en un viaje, volvió caminando por las alturas de Pishcohuañuna, acompañado de un rechoncho curita de Rioja. Era aún joven y se aclimató muy bien en Chachapoyas y llegó a ser rector por muchos años de un colegio. Lo escuché dos sermones en dos misas que hizo en la Plaza de Armas y me pareció una persona muy culta.

Sin embargo, sus amigas y amigos me relatan jocosas anécdotas. Una de ellas abre un viejo cuaderno y me muestra los epitafios que dejaron los curas que querían que estuviera escrito en sus tumbas. Un epitafio mano escrito me llamó la atención: «Aquí descansa uno que por cojudo se jodió por ser cura» PPRA. Confirmo su humorismo que le caracterizaba y me dedico a «sacar lengua» sobre su vida. Un profesor de religión le dio tarea a sus estudiantes para que averiguaran en qué se diferencia un presbítero de un reverendo. Uno de los muchachos listos le emplazó con la pregunta en un momento de apuro que ingresaba en la iglesia para hacer misa. Don Pedro Pablo le respondió agitado: «Hijo, dile a tu maestro que yo soy el presbítero y que el reverendo cojudo es él». El muchacho confuso no supo qué escribir en su cuaderno.

En una mañana el cura salió a pasearse por las calles de Chachapoyas y encontró parado en una esquina a un señor negrito, que fue el maestro de construcción de las primeras casas de ladrillo y cemento de la ciudad: «¡Qué haces negrito, aquí parao!, le preguntó. «¡ Aquí, padrecito, como el pan que no se vende!» El cura se volvió sonriente y profirió: » Y quién va comprar pan quemao». Los dos se echaron a reír. Solía salir a pararse en la esquina de la Plaza de Armas, entre los jirones Ayacucho y Ortiz Arrieta, una señora deslenguada que solía echar bromas a todo el mundo de improviso le encontró y le preguntó: «Qué haces curita parao como un pájaro». Su reacción fue súbita: «¡Aquí, parao, esperando a la mujer que ya llegó!». «¡Cura, huaso!», le espetó y se marchó. Como a don Pedro Pablo le gustaba tomar sus «agüitas» con sus amigos; una noche casi al amanecer volvió mareado a descansar en la parroquia. Como tenía la cabeza «turumbada» no podía meter la llave en la cerradura de la chapa del portón. Pugnaba y pugnaba. En eso asomó un muchacho trasnochado «candilero» cantando la canción de moda: «¡Voy a rifar mi corazón rematándolo,/ ofreciéndolo, yo voy…» El cura que estaba en el ajetreo con las llaves le escuchó e irascible le gritó: «¡Cuando rifes «otra cosa» me avisas, carajo!». El joven no se inmutó, más bien le ayudó a abrir la puerta. Otro obispo que se informó que es amante del dios baco le llamó la atención: «¡Oye, Pedro Pablo, la gente anda hablando que te ven borracho en las calles. Cómo un sacerdote va andar así!» El cura se volteó y le inquirió: «¿Y usted, monseñor, los cree? El obispo le increpó: «¡Cómo no voy a creerles si me dicen muchos!» El cura le respondió pasmadamente: ¡Cómo yo no les creo cuando  hablan que usted está con la madre Natita!» Siempre encontraba una salida ante una interrogante o broma que lo hacían. Una tarde pasaba por el campo de Belén y se paró a ver que la profesora de educación física estaba haciendo ejercicios en círculo con sus alumnas. La profesora al notarlo muy inquieto le invitó: «¡Hola, curita, ven hacer ejercicios para que se desinfle tu pancita!» El cura que nunca se quedaba con la palabra en la boca le respondio:«¡No, Mariquita, porque si entro a hacer ejercicios te puedo inflar la pancita!» El cura riéndose se dirigió a la iglesia de San Lázaro mientras las alumnas contenían la risa. Pasó el tiempo y el Vaticano ordenó el cambio de obispo. Al nuevo pastor le encantaba los metales preciosos. Varias noches escuchó que en la sala de reuniones se movían los muebles. Él dedujo que en el subsuelo debe estar enterrado muchos tesoros y contrató a obreros para hacer la excavación.

Habían cavado como dos metros y no encontraban el ansiado tesoro. Cuando el obispo estaba expectante llegó don Pedro Pablo con visos de mareado. Puso sus manos en su cintura y preguntó: » Monseñor, por qué han abierto ese hueco». El obispo le respondió que según el detector de metales hay tesoros enterrados. El padre dijo enfático con su voz clara: «Yo dudo que haya tesoros enterrados, pero lo que no dudo es que cuando vengo de noche me voy a caer en ese hueco y me voy a sacar la m…» El obispo movió su cabeza diciendo: «¡Contigo, ya no se puede!» Y ordenó que cerraran el hueco.

En una ocasión visitó a Chachapoyas un dictador que después murió centenario, a los 101 años. Recordó que cuando trabajaba de comandante en Jazán venía algunas veces a Chachapoyas y se encontraba con un curita gracioso. Cuando le dijeron que aún vivía ordenó a su edecán que saliera a búscalo y que le invitaría a compartir el almuerzo que les habían preparado. En efecto, después de media hora, volvió el edecán con don Pedro Pablo. Se saludaron efusivamente y se sentaron a la mesa a compartir copas de vino.  La conversación estaba animada con las autoridades. El presidente al verlo serio y callado al padre, le animó: «¡A ver curita cuéntanos uno de tus chistes que sueles hacer!» Don Pedro Pablo dijo que no se le puede hacer bromas a un presidente que es el padre de la patria y hay que respetarlo. El presidente acotó que deje sus reverencias y que en la mesa todos son iguales y nadie le va a reprochar. Ante la exigencia del dictador se atrevió hacerle un acertijo, no sin antes advertirle que no se molestara. «¡Suelta no más, pues somos amigos!», le autorizó. El religioso tomó la copa de vino y dijo: «Presidente en que se asemeja el vino con el falo». El presidente se quedó lelo. Solicitó ayuda, pero nadie acertaba. Vencido le preguntó: «Dime en que se asemeja». Don Pedro pausadamente dijo: «Al vino le chupo yo y al falo le chupa usted». El presidente no encontró palabra y optó por reírse con las autoridades.

Cuando estaba ya anciano una señora de mi barrio le asistía. Me decía que por orden del obispo calentaba agua para bañarle como un bebito, porque le aterraba el agua fría.  Le envolvía con la toalla y lo llevaba a su cama.

Su carácter excéntrico no le perdió hasta el final de su vida. Me contaron que cuando una monja le acomodaba su cabeza en la almohada, abrió sus ojos moribundos y dijo calmadamente la última palabra: «¡Chuchu huasha!», y expiró.

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