BETO, UN HERMANO DEL ALMA Parte II

Facebook
LinkedIn
WhatsApp
X
Telegram

27/04/17 – 05:29

Pastillita para el Alma 21 – 04 – 17

Tengo referencias  de muchas anÉcdotas de mi inigualable Beto, pero para mÍ es inolvidable un dÍa sábado en un conversatorio de ClÍnica MÉdica en el anfiteatro del Hospital Dos de Mayo, con el maestro Carlos, quien se reunÍa con toda su plana docente en primera fila y todos los alumnos sentados en semicÍrculos en escalera, escuchando las intervenciones y las preguntas sobre sÍntomas y signos, presunción diagnóstica, procedimientos y tratamiento del paciente al que se estudiaba y se presentaba el caso recostado en su cama de hospitalización.

El maestro Carlos preguntaba al azar a los asustados alumnos, porque además de la revolcada por alguna barbaridad dicha, era la vergÍenza de los colegas que se reÍan. Algunos, tratábamos de pasar inadvertidos y en eso Beto levantaba la mano insistentemente, por lo que el profesor le decÍa €œUn momentito doctor ya le llegará su turno€? y ante la insistencia de Beto el doctor no tuvo alternativa de concederle la palabra y Beto poniÉndose de pie y con la mayor soltura dijo: €œPodrÍa darme permiso para ir al baño€?. Lo que dijo el doctor  no  puedo repetir, pero ahÍ terminó la clase, sin embargo desde ese dÍa Beto era un invitado €œespecial€? para estar en todos los conversatorios, donde como era natural, era al primero que le preguntaban y a pesar de sus esfuerzos, siempre terminaba en una reprimenda, que al inicio parecÍa una broma, pero yendo el tiempo, ya no causaba hilaridad, pero Beto permanecÍa en sus trece, sin dar su brazo a torcer, hasta que llegó un dÍa que terminó todo eran las 7 y 30 de la mañana y como  tal estaba en el paraninfo del Hospital 2 de Mayo, cerca de la pizarra y en la media luna donde era el escenario del profesor, un enfermo de más o menos 30 años de edad que en una cama, de ese entonces, protegida por dos tablas, que hacÍan las veces de barandas para que no vaya a caerse,  convulsionaba como en una crisis de epilepsia. Todos mirábamos absortos en una mezcla de miedo y de compasión y por breves instantes nos olvidamos de la presencia de Beto, que a la cabecera del paciente observaba impávido, mordiÉndose las uñas y mirando de rato en rato, por donde iba a aparecer el profesor, con su bata blanca, su mirada profunda, su cara sonrojada y dando una mirada a vuelo de pájaro al auditorio, chequeando a los faltones o la ausencia de algunos de los profesores auxiliares que tambiÉn recibÍan de la misma medicina.

Las 8 en punto, todos de pie, observando mitad al profesor y mitad al paciente, se escucha la voz caracterÍstica del Dr. Carlos:
Buenos dÍas señores.  Tomen asiento.
Y en forma casi automática, sin pensar nada:
Comencemos jovencito que ve usted
Un paciente de 30 años de edad con convulsiones tónico clónicas, desorientado, con sialorrea y un protector bucal para proteger que no se muerda la lengua.
Bueno, pero que más ve y hablando de protección, ¿¿¿QuÉ cosa falta a las tablas???

La respuesta era que faltaban almohadas para no golpearse con las convulsiones.
Beto, mirando al techo y de reojo a los colegas, esperando una pequeña ayuda y al producirse silencio total, contestó, que no sabÍa
Lógico, claro que no sabe usted y seguro tampoco se dio tiempo para observar, no ve usted que a las tablas lo faltan dos almohadas para que el paciente no se haga daño con las convulsiones, o para que cree usted, que han puesto las tablas, ¿¿¿para quÉ???

Y mi amigo Beto, poniendo la cara de preocupación y asombro, con toda seriedad, dijo:
Maestro, Yo creo que como el paciente está tan grave, las tablas son para que vaya acostumbrándose al cajón de muerto.

Una risotada general y el profesor, tambiÉn riÉndose solo atinó a decir:
Está bien Beto, me ganaste, ahÍ terminó su calvario y nunca más le preguntó.

En otra oportunidad, cuando ya hacÍamos internado habÍa un doctor que venÍa de una provincia del interior del PaÍs, donde habÍa ejercido con Éxito muchos años como mÉdico clÍnico, pero en ciertas ocasiones daba diagnósticos equivocados u opiniones que no concordaban con la verdad, claro nunca tan desatinadas, como €œQue el exceso de lectura o por mucho estudiar produce Alzheimer€?, como se ha escuchado en estos dÍas por un legislador, sin embargo casi siempre estaba sujeto a crÍticas, sobre todo por su comportamiento autoritario con los internos y el personal auxiliar. Cierto dÍa, en una reunión de camaraderÍa, celebrando un aniversario del servicio de Medicina, con la asistencia de todo el plantel de salud, tanto mÉdicos, enfermeras y tÉcnicos y con la alegrÍa que producÍan las copas desbordantes de champán espumoso y los chistes de diferentes colores, en un aparte, nuestro aludido doctor llamó en forma enÉrgica a los internos para recriminarlos y a la vez contarnos de su experiencia como mÉdico en otros lugares y con tono prepotente, manifestó:

€œMuchachos, ustedes que tanto me joden, aprovecho esta reunión para contarles que en todas las provincias que he trabajado siempre me he ganado la confianza de los pacientes y de sus familiares, pues aunque ustedes no lo crean yo era un mÉdico muy bien mentado€?

Todos serios y entre preocupados y humillados por la llamada de atención, sin embargo, como siempre, no se hizo esperar la pregunta precisa y concluyente de Beto.
¿Usted, muy bien mentado doctor?… Claro que sÍ, ¿quÉ crees TÚ alcornoque? Bueno, mentado, mentado será la madre doctor y, sin esperar reacción alguna desapareció más rápido que inmediatamente, pero pagó cubriendo las guardias de domingos y dÍas feriados.

Beto, terminó su internado y viajó al extranjero para hacer una especialidad de PediatrÍa, donde hasta ahora tiene mucho Éxito bajo la feliz compañÍa de su adorada esposa, que es una señora menor que Él, muy bonita y con un carácter agradable que celebra con mucho entusiasmo las anÉcdotas de su conyugue y las ocurrencias a flor de labios en las mÍltiples reuniones que organiza en su domicilio para atender a sus amigos, demostrando sus habilidades como un excelente parrillero y un eximio catador de vinos, como todo un buen anfitrión.

He contado algunas de sus muchas anÉcdotas como estudiante y como mÉdico de un excelente amigo, de un amoroso esposo y de un maravilloso padre de familia. De un hombre bueno, siempre elegantemente vestido de blanco impecable, que en muchas veces ante la seriedad de una presentación daba su nombre completo y resaltaba su apellido italiano y sus influencias en las altas esferas sociales, para asombro de los que le creÍan y que desde luego yo no pertenecÍa a ese grupo.
En cierta oportunidad, y con esto termino, el Presidente de la RepÍblica don Fernando Belaunde Terry fue a hacer una visita al hospital. El director, los mÉdicos y enfermeras, lo esperaban en estricta formación y de repente Beto sale de su lugar de emplazamiento y fue a recibir al presidente dándole la mano y acompañándole, hacia el estrado de honor, ante el asombre de todos, que tuvieron que cederle un asiento.

Gracias Beto por ser un buen amigo y un gran hermano, como pocos, espero que no te moleste, lo poco que cuento, de lo mucho que sÉ de ti porque nuestra hermandad está muy por encima de todo resentimiento y si te molestas, será tu problema y que conste que no menciono lo de la avenida AramburÍ.

Jorge REINA Noriega
*AYÍDAME A AYUDAR*
jorgereinan@gmail.com

 

Artículos relacionados: