Con mis prejuicios no te metas

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13/03/17 – 05:09

Por: Mirbel Epiquién Rivera – Biólogo

En la historia de la humanidad siempre hubo un fuerte y un débil, un ganador y un perdedor, un opresor y un oprimido, un verdugo y una ví­ctima, uno que manda y otro que obedece; es por ello que la búsqueda constante de igualdad entre los seres humanos es una obligación de todo aquel o aquella gente que verdaderamente le interesa la libertad, la justicia y la razón. En contraste, todo aquel o aquella que se opone o niega la posibilidad de tener una sociedad más igualitaria en derechos y en obligaciones, lo que en realidad quiere es mantener un status de discriminación, privilegios, opresión e ignorancia.

Hace 500 años atrás para la mayorí­a de los europeos que conquistaron las Américas, y sobre todo para sus religiosos, los habitantes de estas tierras eran seres sin alma, abominables salvajes que no podí­an tener ninguna compasión de Dios, y por ello fueron asesinados por millares, sin que nadie pudiera hablar por ellos. Solo algunas voces aisladas trataron de demostrar que también eran gente con cultura, ideas y sentimientos. El Chachapoyano jesuita Blas Valera quizá sea uno de esos que en su momento se enfrentó al status quo de opresión y por eso fue perseguido, difamado y silenciado.

Un siglo después de la conquista, se inició el fenómeno de la esclavitud de los negros, millones de ellos fueron extraí­dos del í?frica para traerlos a las colonias españolas, portuguesas, inglesas y francesas como mano de obra para la agricultura o las minas. Nuevamente eran considerados casi como animales, sin ningún tipo de derechos, si se podrí­a cobrar por respirar estos tendrí­an que haberlo hecho. Algunas voces de la iglesia católica, incluyendo Papas, condenaron la esclavitud, siempre y cuando estos se convirtieran al catolicismo en calidad de siervos de Dios?.

Recientemente, en la primera mitad del siglo XX, las mujeres de occidente, y después de duras luchas, lograron conquistar la igualdad de sus derechos frente a los varones y eliminar, al menos en el papel, todo tipo de discriminación por su sexo. En Perú aún hay gente que opina que la mujer deberí­a estar en su casa sirviendo al marido y criando a los hijos, esto incluye la opinión de algunos religiosos en sus sermones dominicales.

La historia pues, nunca ha sido justa con aquellos que tienen desventaja de poder o influencia, el prejuicio genera discriminación, que al mismo tiempo da pase al odio que muchas veces acaba con el asesinato. No es coincidencia tampoco que al prejuicio le acompañe un Dios, que se convierte en el pretexto para señalar con el dedo a los demás que no quiero que se parezcan a uno, como si este formarí­a parte de un grupo selecto de salvados?, limpios? o sin pecado?, nada más falso que el miedo o la ignorancia, que es la verdadera causa de su reacción.

Hoy en dí­a estamos viviendo otro momento histórico de luchas por la igualdad de derechos, quizá externamente no sea muy notorio como el color de la piel, el origen étnico o el tipo de sexo (varón o mujer), pero siempre formaron parte y formarán parte de la sociedad. Me refiero a la comunidad de Lesbianas, Gays, Transexuales, Bisexuales, Intersexuales y Queers (LGTBIQ).

El debate y lo que se puede escribir sobre este tema tiene para mucha tinta, y hay opiniones de ambos lados que muchas veces llegan a la irracionalidad, como es el caso de las conclusiones a las que llegan los defensores de la llamada ideologí­a de género?. Por mi parte no hablaré del contexto sociocultural o legal sino de lo biológico para defender mi argumento de apoyo a esta lucha por parte de la comunidad LGTBIQ.

Tal sencillo como haberse demostrado genéticamente que entre un chimpancé y un ser humano solo hay un 1% de diferencia en su ADN, y con ello se desbarata esa estupidez del racismo. O que de los 23 pares de cromosomas (agrupaciones de moléculas de ADN) que tenemos como especie humana, solo en el par 23 se define el sexo del individuo, y por tanto la diferencia entre varón y mujer se reduce a algunas funciones elementales, dado que la información genética de los 22 cromosomas restantes es compartida indistintamente a si eres un varón o una mujer.

Trataré de explicar brevemente desde un contexto biológico como es que una persona adquiere sin elegirlo, su naturaleza. Debemos empezar contando que todo lo que uno tiene y lo que es fí­sicamente ha estado codificado en sus genes, en una molécula celular llamada ADN. Si una persona tiene los ojos grandes o pequeños, o de color marrón o verdes, si mide un metro cincuenta o un metro ochenta, si es alérgico a las picaduras de zancudos, si es propenso a la diabetes o si le gusta las matemáticas más que el futbol, todo se resume al conjunto de proteí­nas que tu cuerpo ha sintetizado a partir de los genes que tienes en tu ADN en los 23 pares de cromosomas que tenemos casi todos los seres humanos (digo casi todos porque esa es otra historia que ya les contaré luego).

Ahora bien, el sexo es definido por un conjunto de genes del par número 23, pero tan igual como a uno lo atrae el color verde más que el amarillo, o cuando tu cuerpo reacciona diferente frente algunos señales externas como olores, formas o sabores, hay una diversidad de proteí­nas especiales que definen tu estructura y función corporal y por tanto el tipo de reacción frente a los otros individuos, estas son las llamadas proteí­nas hormonales, y sorpresa, no todas derivan del par número 23, y cuando es así­ no se traducen de la misma forma, es como cuando en una familia de varios hermanos no todos tiene el mismo tono en el color de la piel.

Entonces, la llamada homosexualidad ya viene condicionada por un conjunto de proteí­nas hormonales, que en cantidad y calidad, definen la naturaleza de un individuo. Es la sociedad en donde este individuo crece donde esta condición con la que nació puede reprimirse o liberarse.

¿Se puede curar la homosexualidad?, es como preguntarse si uno puede dejar de ser blanco o negro, o querer dejar de tener el pelo ensortijado  para tenerlo rubio y lacio como dicta la televisión, podrás lacearte y pintarte el cabello pero una vez que pase el tiempo del tinte nuevamente estará allí­ tu pelo ensortijado.

Nuestra sociedad es quizá una de las más machistas y homofóbicas de la región, nos lo enseñan desde pequeños, cuando escuchamos hablar a nuestros padres y familiares de manera despectivamente sobre el mariconcito? del barrio, o la machona? del colegio, o cuando vemos como ridiculizan a los gays en la televisión. Ya de jóvenes es una ofensa y amenaza que tus amigos te puedan calificar de maricón?, cualquier cosa menos eso, el nivel al que aspiramos es que nos reconozcan como el macho alfa, el mujeriego que la sociedad celebra.  Ya cuando tienes hijos o hijas tienes miedo a que le gusten los niños o niñas de su mismo sexo, haces todo lo posible para que eso no pase, hasta gritar en la calle para que el Ministerio de Educación no convierta? a tu hijo en un homosexual. Toda una vida tratando de que esos o esas que nos enseñaron a odiar y despreciar no sean parte nuestra. Mal intento señores, esos y esas han venido a conquistar sus derechos, tan igual como los indios, los negros o las mujeres en su tiempo. Es inevitable, la justicia y la razón siempre ganan, nos guste o no nos guste. 

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