Cuando el poder emborracha

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10/02/17 – 05:22

Alejandro Toledo traicionó al pueblo peruano y debe pagar lo que dicte la justicia.

Por Alejandro Cavero Alva – Editor de Opinión de Lucidez.pe

Alejandro Celestino Toledo Manrique fue la esperanza de un paí­s tras la caí­da de la dictadura de Alberto Fujimori en el año 2000, una de las más corruptas del mundo. El cholo de Cabana?, como le decí­an sus amigos y partidarios, tuvo como tarea reconstruir nuestra débil democracia y sacar adelante la entonces incipiente economí­a. Tarea que la historia reconocerá hizo medianamente bien.

Para ello tuvo la astucia de rodearse de los mejores técnicos y ser un presidente que simbolizó las posibilidades que el mercado le daba a los pobres para salir adelante. Su historia era realmente inspiradora: un lustrabotas de Ancash habí­a ganado a punta de esfuerzo y trabajo becas en las mejores universidades, y, con bastante sudor de por medio, llegó a ser un reconocido economista con un doctorado en Stanford. ¿Quién no querí­a tener esa historia?

Sin embargo, la vida de Alejandro Toledo es, si bien el relato de un error estadí­stico?, es también la de un común denominador: un polí­tico que se dejó corromper en el poder como casi todos los que han pasado por la casa de Pizarro.

El ex presidente, con el transcurrir del tiempo, pasó primero de ser el ejemplo de economista graduado de Stanford que llega a ejercer la más alta magistratura, al payaso que la gente encuentra en los eventos para tomarse fotos y hacer bromas. Como quien se toma una postal con Tongo o Popy Olivera.

Hubo un momento, luego del 2011, en el que la gente lo dejó de tomar enserio. En el que sus frases pasaron de ser anecdóticas a ser chistes repetidos en memes por todas las redes sociales. Ya no era excéntrico, era una burla. Alguien a quien la gente filmaba bailando en una fiesta solo con el fin de reí­rse entre amigos. Eso era Toledo.

El sano y sagrado? (bautizado así­ por su esposa Eliane Karp) fue la parte pintoresca de la polí­tica peruana y, debo decir, tení­a un lugar especial en el corazón de los peruanos. Era el personaje que nos arrancaba risas haciendo el ridí­culo. Y aunque queda claro que su capital electoral se habí­a esfumado, su presencia ensalzaba el ambiente polí­tico del paí­s. Y se ganó, en parte, nuestro cariño por eso.

Hoy esa historia es muy diferente. Ya no estamos hablando de un polí­tico sano ni sagrado, ni de uno que perdió el respaldo del pueblo por sus constantes metidas de pata. Estamos frente a una persona involucrada en serios actos de corrupción.

Ya aquí­ no hay risas, ni bromas, ni mentiras piadosas que siempre salen a la luz. Aquí­ hay delitos. Es el último nivel de descredito que tení­a pendiente el ex presidente Toledo.

Es triste ver el desenlace de una historia que en un momento fue inspiradora para muchos peruanos. Y aunque su situación puede ser dolorosa para miles de ciudadanos que creyeron en él como lí­der polí­tico, es al mismo tiempo un ejemplo sobre qué camino es el que no debemos transitar: el del poder que puede terminar emborrachando.

Toledo vivió la gran borrachera. Se esforzó mucho durante toda su vida, pero cuando alcanzó el éxito despilfarró todo su capital polí­tico. Vivió feliz, entre broma y broma la fiesta, pero hoy le ha venido la resaca. Una resaca que promete estar dura y traer consecuencias. Una lástima para quien alguna vez fue un referente.

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