Jindley Vargas
En pleno fragor político y con las elecciones a la vuelta de la esquina, la población observa cada jugada con atención. La crisis que rodea al mucamo de Palacio dejó de ser rumor: es un espectáculo grotesco de favores sexuales y contrataciones irregulares. En ese tablero, el fujimorismo aparece como el último alfil, aferrado con desesperación a su marioneta en el Ejecutivo. Keiko insiste que Jerí “debe seguir en el cargo”, aunque admite que las contrataciones de sus allegadas son “preocupantes”.
Su argumento es tan endeble como un peón sin defensa, pero aún así, «advierte»que removerlo “afectaría el proceso electoral”. En paralelo, Rospigliosi descarta la censura como mecanismo válido y se aferra a la vacancia con la recordada “interpretación auténtica” del dictador padre de la señora K que usó dicho artilugio para torcer las reglas y sostener lo insostenible. Así, Rospigliosi se convierte en el guardián de un blindaje que no defiende principios, sino la desesperación de un pacto que se derrumba. Pero detrás de esa defensa no hay principios ni gobernabilidad: hay falacia del costo hundido.
Saben que perderían todo lo invertido en blindajes, pactos y complicidades y prefieren seguir apostando fichas a un rey tambaleante, aunque cada jugada los acerque más al mate. Jerí no es un rey fuerte ni un estratega: es un peón disfrazado de rey, un títere que ocupa palacio solo porque otros lo sostienen. Su función no es gobernar, sino resistir lo suficiente para que el pacto congresal siga respirando.
Pero cada escándalo lo convierte en pieza sacrificable, y su permanencia ya no protege a nadie: expone a todos. Mientras Keiko se aferra a Jerí, otros jugadores marcan distancia porque su cercanía quema. López Aliaga lo critica por sus excesos, pero no por principios, lo hace por conveniencia, buscando proteger a su cuestionada candidata al senado, protagonista del escándalo de la exposición de niñas violadas y despejar el tablero para que ese lastre no arrastre su campaña. Acuña, fiel a su estilo contradictorio, primero aseguró que la vacancia “ya estaba tomada” y luego, entre lamentos, dijo que tenía “mala suerte” porque Jerí no le hizo caso y no renunció, como si la política fuera un juego de azar y no de responsabilidad. Sus contradicciones lo exponen como un jugador atolondrado que mueve piezas sin saber qué partida está jugando.
En medio del fragor, se vocea a María del Carmen Alva, José María Balcázar y hasta Edwin Martínez que se auto propuso con entusiasmo para suceder a Jerí. Todos se venden como capaces, pero sus antecedentes los delatan como piezas dudosas del tablero. Su desesperación por el sillón presidencial revela más cálculo que solvencia, más ansias de poder que verdadera autoridad moral. Al mismo tiempo, sectores del Congreso y de la prensa alineada al pacto congresal se dedican a satanizar a figuras que no se someterían a ser nuevas marionetas de la señora K.
La estrategia es clara: desacreditar a quienes podrían representar un quiebre en la lógica del blindaje y la impunidad. El Congreso ya ha convocado un pleno extraordinario para debatir las mociones de censura. Si Fuerza Popular insiste en blindar a Jerí, se convertirá en su propio verdugo: la poca credibilidad que le queda se irá por el tacho, y quedará marcado como el partido que prefirió sostener la impunidad antes que rescatar la dignidad nacional. La advertencia es clara: persistir en el blindaje significa cavar la tumba política no solo del fujimorismo, sino de todos los que se alineen en esa defensa. Cada voto que proteja a Jerí quedará inscrito como el pacto de la vergüenza. El blindaje no es un salvavidas, es una lápida compartida. Y quienes insistan en sostenerlo, terminarán hundidos en el mismo fango de descrédito. La ciudadanía ya identificó a los cómplices. El tablero está cerrado.
El rey está acorralado. Y el jaque mate es inevitable.




