16/02/17 – 05:00
Por: Jorge Lincoln Ruiz Tejedo
En América Latina, con honrosas excepciones, esta conducta de los gobernantes ha sido una constante. Una característica de nunca acabar, pues, siendo el lucro, la ganancia, la utilidad inmediata, el fin y objetivo de un sistema que privilegia lo privado frente a lo público, y que domina en nuestro continente, es más que seguro que la llamada «Declaración de Buenos Aires» quedará en eso: en una declaración más, sin realización y quizás sin aceptación, porque declaraciones como éstas han habido muchas, ningunas se han concretizado en su totalidad y las que empezaron se quedaron en el inicio o por la mitad.
No es desde luego pesimismo, es realismo. Cuarenta y cuatro años en la docencia, desde la reforma educativa Velasquista hasta la reforma de Jaime Saavedra, ¿qué tenemos en concreto en educación que pueda medirse, cualitativamente, en términos de aporte efectivo para el desarrollo sustentable del país y para el desarrollo de la conciencia nacional, que refleje al mismo tiempo el ejercicio de una nueva ciudadanía responsable, cívica, patriótica, ética y moral?
Los hechos de gobiernos como los de Fujimori, García, Toledo, Humala y PPK(¿?), signados por la presencia coimera de ODEBRECHT, consorcio de consorcios, que piloteaba y pagaba, inclusive a los asesores políticos más famosos de algunos partidos para campañas electoreras supermillonarias, municipales, regionales, congresales y presidenciales, más el desconocimiento, la indiferencia, la indolencia y la complicidad de la gran mayoría de ciudadanos frente a estos hechos, son EVIDENCIAS en lo contrario de que las famosas reformas educativas emprendidas cada vez en América Latina y particularmente en Perú, no han hecho mella alguna y no han dejado, como hasta ahora, sino una huella profunda de decepciones, inequidades e injusticias.
Nuestro infantes, niños, niñas, púberes, adolescentes y jóvenes de todas las regiones, especialmente de las más pobres, han sido dejados en el abandono económico, social, educativo y cultural. Consecuentemente, tenemos hoy la ciudadanía más débil, cívicamente hablando, la menos comprometida, los profesionales más pragmáticos e indolentes, una multitud que acepta y hasta alienta, con su indiferencia y/o complacencia el robo público, la repartija del erario nacional, las trampas políticas, las leyes con nombre propio, el ejercicio de la impunidad frente a criminales de cuello y corbata.
Presidentes nacionales y gobiernos regionales coimeros, alcaldes asaltantes congresistas prontuariados, partidos políticos financiados con dinero mal habido del narcotráfico, etc. etc, son muestras claras de que, si hay algo que ha fracaso rotundamente en el Perú, es la educación.
(JDR)



