Lo que el huayco develó

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11/04/17 – 04:49

Noticias SER.pe

Una frase como el Perú es más grande que sus problemas? resulta ahora una ofensa. Parece el producto de un consuelo que se dice para no quedar mal, para pasar piola, para poner un parche y estar además con la conciencia limpia. Una frase como esa ahora nos hace cómplices desde diversos actos del modo en que los actuales desastres naturales han puesto en alto relieve la estructuración colonial de nuestro paí­s.

Los huaycos, las inundaciones han marcado una diferencia notoria entre los afectados y no afectados no solamente por un tema de quien previno más o quien tuvo más suerte, sino por quienes fueron reducidos a ciertos tipos de espacios, quienes estaban en condiciones de comunicación, de abastecimiento “según una distribución socio-económica- para hacer frente a esta situación. Se ha puesto en evidencia una jerarquí­a que no es casual. La cartografí­a de los afectados es una producción colonial consciente que marca los lí­mites entre grupos sociales privilegiados y aquellos que son colocados en espacios racializados. No se trata aquí­ de rimar sujetos subalternos con damnificados. Mi objetivo es más bien pensar en qué medida el desastre ha puesto en evidencia las asimétricas relaciones de poder en Perú.

Las situaciones de las inundaciones, por ejemplo, no resultan nuevas en Piura o en la sierra del paí­s. Y en efecto se puede decir que frente a la fuerza del rí­o no se puede hacer mucho. Sin embargo, aquí­ las preguntas han de llevarnos a cuestionar ese orden social que produce  más que una espacialidad frágil, dí­gase por las condiciones materiales, dí­gase por faltas de prevención. Más allá de la materialidad tenemos el diseño ideológico de los espacios: ¿quiénes fueron conducidos a vivir en tales situaciones?, ¿su situación tení­a algún interés desde Lima o para el Estado antes de las inundaciones o los huaycos? Podrí­amos decir que en este caso los damnificados son ciudadanos que se han hecho visibles a costa de un dolor que ha puesto en evidencia que antes eran invisibles, inexistentes, y por lo tanto no importaban. El desastre no cambia esta condición colonial, es decir, producida por una jerarquí­a racial, de clases. Así­, habrí­a aquí­ que mirar el color o el grupo social de la mayorí­a de damnificados y no solo reducirlos al universalismo de la ví­ctima.

Y en eso el desastre no nos hace reaccionar a la realidad sino que seguimos en el reino del imaginario, de la virtualidad llana y la fantasí­a más prosaica. La mejor opción para reducir los factores coloniales que este desastre trae a palestra, es crear mitologí­as. Entonces el desastre combina con el consumismo, con entretenimiento, con espectáculo. ¿Qué es lo que vemos en seres humanos como Evangelina Chamorro y Roberto Guzmán que preferimos ignorarlos y volverlos productos de tipo marca Perú? Escarbar ahí­, ver las realidades sociales detrás implicarí­a asumir un esfuerzo por repensar el modo de ser de tales sujetos, sobre el circuito de sus prácticas sociales y cómo estas son organizadas a partir de criterios etno-raciales. En otras palabras, verlos más allá de esculturas y de fotos de Facebook nos ponen en el terreno de la diferencia colonial, de las clasificaciones étnicas y sociales del paí­s.

Esta diferencia colonial (producto de polí­ticas y saberes propios de una mentalidad eurocéntrica, letrada, estatal) es tan perdurable que tiene formas para reinventarse. Está la postura filantrópica y se comparten fotos de los damnificados; está el simulacro de la solidaridad, esa necesidad por tener la conciencia limpia y ver aquello que uno quiere ver o decir. Esta diferencia sigue reproduciéndose con ese falso afán o progresismo rastacuero para consumo extranjero. Un huayco estilizado. Conclusión preliminar: es preferible crear una distancia confortable para todos menos para los que han tenido que experimentar la continuidad de estas jerarquí­as coloniales.

Temas como la escasez de agua en sectores de Lima, los modos de sobre-existencia ante carencias, el aislamiento territorial en zonas damnificadas, no son nada nuevo, si bien se han mantenido en los márgenes, invisibilizados para no incomodar con nuestra idea de nación criolla. Ahora, frente a una visualidad distorsionada, tenemos también la ceguera total. Estamos también ante el riesgo de no cuestionarnos nada. No se trata solamente de pensar si hubo o no prevención o buscar culpables inmediatos. No se gana nada afirmando o ignorando que el paí­s se está partiendo, sino atrevernos a analizar si los principales damnificados pertenecen a clases sociales que viven una dominación económica liberal, si muchos de los espacios no solo han sido destruidos por un huayco sino también por una esencialización racial. Y aquí­ la misión es volver a nuestra tradición colonial, esa que gustamos de estilizar diciendo lo del mendigo sentado en un banco de oro? o que el Perú es mayor que todos sus problemas?.

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