Luis Alberto Arista Montoya*
Nuestra generación ha crecido experimentando en paralelo dos instancias relacionadas con la administración pública: “concurso público por méritos”, por un lado, y la “recomendación con padrinazgo político ”, por otro lado. La primera – hasta la actualidad – es casi una quimera, mientras la recomendación política sigue imperando en todos los estamentos de la gobernanza pública
Los políticos hablan de reformar el Estado o de formalizarlo. Pero mientras la administración del aparato público esté poblada por una burocracia mediocre (no meritocrática) el empirismo del manejo de la cosa pública irá en aumento
Para superar este lastre hace algunos años aprobaron la ley del Servicio Civil-SERVIR, buscando precisamente instaurar una “carrera pública” basada en el mérito profesional de cada servidor público. Esto es prácticamente letra muerta. Pues el favoritismo se renueva cada cinco años cuando cambian las autoridades políticas (centrales, regionales y municipales), que llegan al gobierno con su propio contingente de burócratas que no saben nada. Se ha sacado la vuelta a la ley SERVIR mediante la modalidad de contratos temporales con jugosas órdenes de servicio, mediante cargos de confianza, asesorías, consultorías y consejerías truchas.
Si primara la meritocracia el puesto sería para el más capaz, no para el más cercano, el allegado que generalmente es un mediocre que sabe dónde está parado, es por eso que permanece apoltronado. Es así como la costra burocrática va aumentado como si fuese una gran masa hojaldrada con muchas capas de poder corruptígeno
Tenemos una probable explicación sociológica de este fenómeno: Perú proviene de una civilización milenaria caracterizada por lo siguiente: uno. por la empatía de las relaciones de parentesco ( es por eso que el nepotismo abierto o soterrado está presente en las Direcciones de Recursos humanos, somos proclives a nombrar a nuestros parientes cercanos o lejanos (a quienes los incas llamaron las panacas); dos, el principio de reciprocidad es consustancial a nuestro modo de ser; tres, el amiguismo sobón es muy criollo en el Perú; y cuatro, el principio de espiritualidad católica (heredado de la Colonia) de “ama a tu prójimo como a ti mismo”, es tergiversado bajo forma de favor o servicio: “el amor con favor se paga”.
Este fondo histórico hace muy difícil nombrar al más educado, al más eficiente al más preparado, porque los jefes también han accedido al puesto de igual modo.
Debemos aclarar: la meritocracia no significa gobernar únicamente con técnicos o tecnócratas ni que se tenga que desconocer derechos laborales. No. Más bien significa que cada puesto tenga un perfil claro, que cada postulante a ese puesto sea idóneo, no improvisado; que el ingreso a la carrera pública y el proceso de ascenso dependan de capacidades laborales demostradas, que el desempeño sea evaluado periódicamente con criterios justos y objetivos, con miras a que los buenos funcionarios puedan permanecer, aunque los gobernantes cambien cada cinco años. También implica, por supuesto, remuneraciones razonables, capacitación permanente y reglas claras y distintas para corregir el bajo rendimiento y sancionar drásticamente la corrupción coimera
Esto es aún una quimera en el Perú. Nuevamente, la administración política de la presidente Keiko Fujimori ha anunciado la apuesta por la meritocracia para servir más y mejor a la gente, modernizar el aparato público para recuperar la confianza a favor de un Estado de Bienestar…Tenemos la esperanza que así sea. Estaremos pendientes. Mientras tanto, recomiendo a los estudiantes de posgrado en Gestión Pública e Inversión Pública lean la obra El hombre Mediocre del filósofo argentino José Ingenieros para curarse en salud.
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EDITORIAL: Para Radio Reina de la Selva, Lima 25 de agosto de 2026. Luis Alberto Arista Montoya.




