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28/02/17 – 05:36

Reemplazar la vanidad del poder por la sed de servicio

Por: Raúl Mendoza Cánepa
Un interesante artí­culo el de Enrique Bernales en El Comercio hace algunos meses. Para resumir, el ex senador recomienda prepararse. La polí­tica es arte y ciencia. (El polí­tico) debe, por consiguiente, prepararse: estudiar, informarse, observar, culturizarse. No hay cabida para la improvisación. Forme una pequeña biblioteca de obras básicas. De los antiguos: Leviatán, de Hobbes; El contrato social, de Rousseau. De los modernos: Los partidos polí­ticos y El régimen polí­tico, de Duverger; Teorí­a de la Constitución, de Loewenstein… De autores nacionales, Mariátegui, Haya de la Torre, Ví­ctor Andrés Belaunde, Cotler¦?.

Bueno serí­a añadir obras de toda tendencia ideológica. Solo hay aprendizaje real desde la dialéctica. Hay que recordar la extraordinaria lección que Isaiah Berlin nos ofrece en su recreación ensayí­stica de la fábula de Arquí­loco, El erizo y la zorra?. La zorra sabe muchas cosas y el erizo solo una.

Bernales acierta cuando sugiere leer la Constitución y comprender sus alcances. Probablemente muchos legisladores no tengan herramientas jurí­dicas para interpretar la ley, y la función legislativa sin un chip constitucional lleva a ciertos dislates. También acierta el jurista cuando nos recuerda que la ética es el fundamento de la polí­tica. Si se mete en este oficio para hacer uso indebido del poder, enriquecerse y comportarse como un crápula, sepa que su destino será la cárcel?, nos dice. Añade el jurista algunas reglas: ser tolerante, respetar la discrepancia, no ser prepotente, ser educado. Bien señala: La regla fundamental de la democracia es el respeto a la dignidad de la persona?.

Asumo que muchos polí­ticos serán olvidados; eso ya no lo dice Bernales, pero lo añado como un recordaris de qué es aquello que inmortaliza a un hombre de Estado. Unamuno decí­a que mejor se aprovecha imitar al gran Dante Alighieri que a la decena de reyezuelos de las pequeñas ciudades que la historia ignora. La gloria supera a la fama y al poder (efí­meros ellos); pero ¿acaso la historia olvidará el alma grande de Gandhi o el carácter victorioso de Churchill o la magnanimidad de Lincoln? ¿Qué habrí­a ocurrido si Churchill hubiera muerto antes de la gran guerra o si Lincoln morí­a en un juvenil lance de balas? Semprún y Carlyle decí­an que la historia no es de situaciones, sino de grandes personajes.

Quizás la actitud y grandeza espiritual haga la diferencia ¿Tiene usted el alma grande? ¿Tiene un gran ideal o solo interés? ¿Es humanitario? ¿Humilde? ¿Tiene mí­stica? ¿Coraje? ¿Es honesto? ¿Es capaz de empobrecerse con la polí­tica? Si la respuesta es positiva, usted está llamado a este sacerdocio y magisterio, hoy tan venido a menos.

Conviene reemplazar la vanidad del poder por la sed de servicio. Se debe ser especial, y para ser especial vale ser quijotesco, idealista, crédulo y propenso a la soledad del odiado; sin perder (como decí­a Sánchez) el contacto con la realidad. Y si de lecturas se trata, qué mejor que El Quijote o La Odisea. Esta última le enseñará sobre la perseverancia. Ulises trabó batalla con los obstáculos y los monstruos del mar que le impedí­an llegar a í?taca tras la guerra de Troya. Tardó veinte años, pero llegó. Si no se es como el Quijote y como Ulises, no se sirve para la polí­tica.

Prefiera la doctrina. Maquiavelo no es aplicable a una democracia y Sun Tzu lo puede extraviar. Sirve mantenerse ajeno a las escaramuzas, trampas, atajos y medias verdades; pues de eso está hecha la polí­tica peruana. Mejor lea a Locke, a Berlin, a Popper, a Montesquieu.

Una clave para cultivar el coraje es cultivar la sinceridad; porque la sinceridad es frontal y no teme, tampoco se deja amedrentar por el poder ¿Ha leí­do sobre Gandhi y el Satyagraha? No hay medias verdades, solo verdades.

Mejor que el ardid: la convicción y el liderazgo aní­mico de Franklin D. Roosevelt; la oratoria de Cicerón; la honradez sencilla de Lincoln; la humildad de Diógenes (polí­tico no fue), que se le paró muy bien a Alejandro cuando le tapaba el sol. Nunca le baje la cerviz al poder, ceda al imperativo enhiesto de su propia verdad.

La grandeza de un polí­tico reside en su honestidad. Si es de los que están dispuestos a morir como el Cid (sobre su caballo), allí­ tiene un lugar. El Perú, en sus negras horas, necesita de gente como usted.
El Montonero

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