Cincuenta AÍos de Solidaridad

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08/06/17 – 13:20

Por: Luis Arista Montoya

¿CuÍndo una novela deviene en obra  clÍsica?  ¿CÍmo se produce esa categorizaciÍn? ¿DÍnde y por quÍ? Profesores de literatura, crÍticos y lectores adictos-  cada cual desde su gusto estÍtico y perspectiva- han respondido estas cuestiones. Partiendo empÍricamente de ciertas obras, nosotros tenemos una  apreciaciÍn,  que deseamos  compartir con ustedes.

 Una de las novelas preferidas por nosotros es Cien AÍos de Soledad. La extraordinaria y transhistÍrica novela de Gabriel GarcÍa MÍrquez, que se editÍ por vez primera  en mayo de 1967, que ahora mismo estÍ cumpliendo 50 aÍos de vigencia gracias a su calidad y las nuevas legiones de lectores que convoca.

Estamos ante una obra ClÍsica. Pues de inmediato tuvo muchas ediciones en espaÍol (mÍs de 50 hasta hoy en dÍa), editada primero por la Editorial Sudamericana de Buenos Aires, despuÍs de ser desairada por editoriales espaÍolas. AdemÍs comenzÍ a traducirse a idiomas de casi todo el mundo.

Esto es lo que denomino tiempo de acogida. GustÍ a todos al toque. ¿Yo escribo para mis amigos, y para que mis amigos me quieran mÍs?, fue  su apotegma literario, desde el comienzo de su trayectoria literaria. Amigos- en este caso- como sinÍnimo de lectores que recomiendan leer  su novela a otros lectores, de manera  tal que la amistad se torna infinita. Este proceso se vio coronado cuando en 1982 GarcÍa MÍrquez recibe el Premio Nobel de Literatura, por toda su trayectoria y obraje creativo.

Su calidad única, inÍdita e intrÍnseca  convirtiÍ a Cien aÍos de Soledad en obra imprescindible, bÍsica, fundamental. De lectura obligatoria: tanto en casa como en las aulas acadÍmicas. TenÍa razÍn Jorge Luis Borges cuando decÍa que ¿un autor clÍsico es aquel de quien se habla en clase?.

Lo clÍsico surge de la imbricaciÍn, del maridaje entre el gusto estÍtico del lector con el corpus literario de la obra. Eso es lo que  llamamos empatÍa literaria. Cuando las generaciones venideras la leen a perpetuidad todo el tiempo y en todo lugar, estamos ante una obra revolucionaria: mantiene una vigencia futurible: Siempre como una obra MAESTRA, de un autor MAESTRO. TambiÍn es clÍsica porque se relee a perpetuidad.

Tuvimos la suerte y oportunidad de escuchar y verlo en vivo y en directo a Gabriel  JosÍ de la Concordia GarcÍa MÍrquez, cuando su fama empezaba a despuntar. Fue el 5 de setiembre de 1967, es decir, cinco meses despuÍs de haber publicado Cien AÍos de Soledad, cuando en la Facultad de Arquitectura de la UNI dialogÍ con Mario Vargas Llosa, quien cumpliÍ el rol de entrevistador. Pero algunos lectores peruanos ya habÍamos gozado previamente de su magistral prosa. Pues, en enero de ese mismo aÍo- a manera de aperitivo- la revista Amaru de la UNI habÍa publicado  como adelanto de esa novela un bello pasaje sobre la bella Remedios (uno de los personajes de Cien AÍos de soledad). Mi amigo y compaÍero de estudios CÍsar Hildebrandt- con quien asistimos juntos a dicho conversatorio-  habÍa  tenido la gentileza  de prestarme dicha revista. De manera que estaba casi al dÍa.

A partir de ese momento quedÍ prendado de la prosa de Gabo. En mis vacaciones de 1968, ya en Chachapoyas (versiÍn amazÍnica aproximada de Macondo), reciÍn pude leer Cien AÍos de Soledad, gracias a que me la prestÍ el culto magistrado Dr. Luis Barcellos, despuÍs de conocernos y conversar  largo y tendido sobre el novelista colombiano en  la PeluquerÍa ServÍn (pequeÍo ateneo del saber, donde el corte de pelo no cortaba ni las ideas ni la lengua de los parroquianos, felizmente). Esa peluquerÍa pertenecÍa a  mi tÍo Adolfo ServÍn , estaba  situada en la Plaza de Armas. Entonces, leÍ la novela (de 351 pÍginas), casi de un solo tirÍn, en  dos dÍas, sin salir de casa porque lloviÍ torrencialmente como en Aracataca (el pueblo donde naciÍ  GarcÍa MÍrquez, el 6 de marzo de 1927), recreado imaginariamente como Macondo en su novela.

No soporto a los fumadores. Me caen pÍsimos. Pero me jacto eso sÍ de haber conocido a fumadores empedernidos, famosos, a quienes siempre admirarÍ: a GarcÍa MÍrquez, a Julio RamÍn Ribeyro(a quien entrevistÍ en 1973, cuando regresÍ de ParÍs), al historiador Miguel Maticorena (especialista en Garcilaso de la Vega), y al profesor de Arte Alejandro Rubio PicÍn (mi tÍo, natural de Condechaca),  insomne fumador. Todos ellos hombres creativos, autÍnticos. No fueron vendedores de humo.

Recuerdo que en aquel dÍa en la UNI, GarcÍa MÍrquez fumaba cigarro tras cigarro, casi sin parar, hablando y hablando, en forma incansable, defendiendo y promocionando a sus compaÍeros del naciente BOOM DE LA LITERATURA LATINOAMERICANA.
Posteriormente, en 1971,  Mario Vargas Llosa presentÍ y publicÍ su tesis de doctorado en la Universidad Complutense de Madrid, bajo el tÍtulo, GarcÍa MÍrquez: Historia de un deicidio. Una prueba de su admiraciÍn.

Como homenaje- y pensando en los potenciales lectores-, presentamos tres breves pÍrrafos de esta clÍsica novela. Son  botones de muestra para incentivar su lectura:

Uno.– ¿Muchos aÍos despuÍs, frente al pelotÍn de fusilamiento, el coronel Aureliano BuendÍa habÍa de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevÍ  a conocer el hielo. Macondo era entonces una aldea de veinte casas de barro y caÍabrava construidas a la orilla de un rÍo de aguas diÍfanas y que se precipitaban por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistÍricos. El mundo era tan reciente, que muchas cosas carecÍan de nombre, y para mencionarlas habÍa que seÍalarlas con el dedo?. AsÍ, con este hermoso pÍrrafo Gabriel GarcÍa MÍrquez empieza su genial novela.

Dos.– En el pueblo de Macondo ¿habÍan contraÍdo, en efecto, la enfermedad del insomnio. Írsula, que habÍa aprendido de su madre el valor medicinal de las plantas, preparÍ e hizo beber a todos un brebaje de acÍnito, pero no consiguieron dormir, sino que estuvieron todo el dÍa soÍando despiertos. En ese estado de alucinada lucidez no solo veÍan las imÍgenes de sus propios sueÍos, sino que los unos veÍan las imÍgenes soÍadas por los otros. Era como si la casa se hubiera llenado de visitantes.?. Una muestra de realismo mÍgico.

Tres.- ¿Macondo era ya un pavoroso remolino de polvo y escombros y centrifugado por la cÍlera del huracÍn bÍblico, cuando Aureliano Babilonia saltÍ once pÍginas [del pergamino que estaba leyendo] para no perder el tiempo en hechos demasiado conocidos¦Sin embargo, antes de llegar al verso final ya habÍa comprendido que no saldrÍa jamÍs de ese cuarto, pues estaba previsto que las ciudad de los espejos(o los espejismos) serÍa arrasada por el viento y desterrada  de la  memoria de los hombres en el instante en que Aureliano BuendÍa acabara de descifrar los pergaminos y que todo lo escrito en ellos era irrepetible desde siempre y para siempre, porque las estirpes condenadas a cien aÍos de soledad no tenÍan una segunda oportunidad sobre la tierra? .

 AsÍ, con estas bellas palabras finaliza Gabriel GarcÍa su inmortal novela. Su relectura a cargo de todas las estirpes latinoamericanas venideras, tambiÍn la convirtieron (y convertirÍn) en OBRA CLÍSICA. Desde siempre y para siempre¦Mil gracias Gabo.
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*EDITORIAL. Para Radio Reina de la Selva. Lima 31 de mayo 2017. Luis Arista Montoya

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