02/02/18 – 06:01
Luis Alberto Arista Montoya*
Con estupor y vergÍenza la poblaciÍn amazonense -muy especial quienes integramos la comunidad acadÍmica universitaria- venimos asistiendo a un espectÍculo obsceno de acusaciones sobre hechos de inconducta (personal y funcional) por parte de algunos docentes y administrativos de la Universidad Nacional Toribio RodrÍguez de Mendoza.
Es una lÍstima que nuestra universidad que despuÍs de haber recibido la certificaciÍn de licenciamiento por parte de la Superintendencia Nacional de EducaciÍn Superior Universitaria (Sunedu), haya devenido en un marasmo institucional denigrante, lejos de haberse constituido en punto de partida para conquistar mÍs peldaÍos dentro de la categorizaciÍn de la calidad total.
La calidad total es el principio primero que debe regir a una universidad como una eficiente empresa del saber, del profesionalismo y de la investigaciÍn. Significa un compromiso responsable de todos sus integrantes ante todos: empezando desde el Rector hasta el mÍs humilde trabajador de porterÍa o de seguridad; premunidos de una Ítica de la convicciÍn y de una Ítica de la responsabilidad, amando y respetando el buen nombre de la universidad que tiene significaciÍn histÍrica: el nombre del Precursor de la vida republicana, don Toribio RodrÍguez de Mendoza. Hombre epÍnimo de la Ípoca fundacional de la República Peruana, que nos interpela intelectualmente ad-portas del Bicentenario de la Independencia.
El espÍritu y obra pedagÍgica de este teÍlogo, filÍsofo y cientÍfico chachapoyano -que tiene una dimensiÍn americanista- deben ser interiorizados y apropiados todo el tiempo ante todos por cada uno de los miembros de los estamentos universitarios: los docentes, el alumnado, los trabadores administrativos y los egresados. No tan solo acordarse de su epÍnimo nombre en fechas de aniversario o celebraciÍn, o cada vez que reciban su mensualidad, un certificado o diploma de estudios o una canasta de vÍveres. No.
Se trata de respetar y hacer respetar su Alma Mater. De identificarse y ser fiel a esa marca e impronta intelectual. Con orgullo y autoestima. Buscando crear y construir una Universidad Precursora, encargada de seÍalar el destino histÍrico a favor del desarrollo de la regiÍn Amazonas.
AdemÍs, como bien seÍalÍ el maestro Luis Alberto SÍnchez (tres veces Rector de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos) ¿La Universidad no es una isla?, porque estÍ inmersa dentro una localidad, una regiÍn, de un paÍs y del mundo entero. Debe responder a los retos y recados de su circunstancia histÍrica, formando excelentes profesionales, investigando permanentemente. Abierta al mundo en esta era global.
La Universidad Toribio RodrÍguez de Mendoza tiene que responder cientÍfica y acadÍmicamente a su localizaciÍn/globalizada, y a su globalizaciÍn/localizada. Para ello es urgente que cuente con una eficiente y moderna plataforma de TecnologÍa de InformaciÍn y ComunicaciÍn. Pero si entre sus miembros impera la mediocridad, la corrupciÍn, el vil apetito del poder mezquino, el chantaje, el comercio de calificaciones, y el sucio asedio sexual, se estarÍan aprovechando de una perversa y falsa autonomÍa universitaria, apareciendo como una simple Gran Unidad Escolar. Sin rango ni trascendencia. Un remedo de universidad.
Justamente, la Superintendencia Nacional de EducaciÍn Superior Universitaria (Sunedu) acaba de publicar un ranking de las 32 universidades públicas y privadas mÍs destacadas del paÍs cuyos puntajes son diferentes a acero; ranking elaborado sobre la base del número de publicaciones en revistas indexadas (de calidad de contenidos y nivel de profundidad de investigaciÍn) o la cantidad de artÍculos incluidos en el 10% de los trabajos mÍs citados que se han registrado en la base de datos de la matriz universitaria Web of Science Core Collection, una de las matrices de informaciÍn bibliogrÍfica mÍs rigurosa a nivel mundial, que se actualiza en forma bimensual.
En dicho ranking no figura la Universidad Toribio RodrÍguez de Mendoza. SituaciÍn que incumbe sobre todo a sus autoridades y docentes que al parecer gozan y languidecen bajo la carpa de una mal llamada autonomÍa universitaria, trabajando como en una especie de gÍeto aislado de la escena contemporÍnea regional y nacional.
Entre los puestos del 1 al 5 figuran: la Pontificia Universidad CatÍlica del Perú, La Universidad Peruana Cayetano Heredia, la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, la Universidad Nacional Agraria la Molina, y la Universidad Nacional de IngenierÍa. Cerrando la lista de las 32, entre los últimos 5 últimos puestos se encuentran: la Universidad Nacional de Tumbes, la Universidad La Salle, la Universidad Privada San juan Bautista S.A.C, la Universidad Andina del Cusco y la Universidad Privada del Norte.
El espacio intermedio (del puesto 6 al 27) estÍn una serie de universidades públicas y privadas, donde destacan algunas regionales: la Universidad San Antonio Abad del Cusco, como la primera ubicada fuera de Lima; como segunda, la Universidad Nacional de Trujillo, luego estÍn la Universidad Nacional del Altiplano, la Universidad Nacional de la AmazonÍa Peruana, la Universidad Nacional de Piura y la Universidad Pedro Ruiz Gallo.
Para la elaboraciÍn de dicho ranking se ha considerado los puntajes obtenidos por cada universidad en 6 Íreas: Ciencias Naturales, IngenierÍa y TecnologÍa, Medicina y Ciencias de la Salud, Ciencias Agrarias, Ciencias Sociales, y Humanidades. En Medicina, el primer lugar lo ocupa la Universidad Cayetano Heredia. En Ciencias AgrÍcolas, la Agraria La Molina; mientras que la Universidad CatÍlica de Lima lidera las Íreas de Ciencias Naturales, Humanidades, Ciencias Sociales, e IngenierÍa y TecnologÍa.
Siendo la Universidad Toribio RodrÍguez de Mendoza una universidad joven (se creÍ un 7 de setiembre del aÍo 2000) tiene que tener como paradigma y referente inmediato a estas universidades exitosas de provincia. Buscar y ganar el centro del ranking, con miras a estar entre las 10 primeras. Pero para que ello suceda es condiciÍn necesaria que sus docentes (y sus mejores alumnos) realicen investigaciÍn cientÍfica interdisciplinaria; que sus egresados ocupen puestos decisorios, que sea requerida por la empresa privada y el Estado como instituciÍn consultora y asesora; que reciban a profesores visitantes nacionales y extranjeros.
Universidad que no investiga ni publica no merece ser llamada universidad. Que asuman este compromiso los llamados catedrÍticos. No vaya a ser como los casos que conocemos de muchos profesores que medran de la universidad y terminan sus dÍas sin siquiera dejar escrito su ¿epitafio?.
Una universidad joven no puede ser una instituciÍn avejentada, padeciendo de vicios, achaques y manÍas propias de universidades anacrÍnicas. Nuestra universidad tiene que escarmentar en cabeza ajena. Tanto como que tiene que aprender de los logros de modernas universidades, firmando convenios y memorÍndums de entendimiento recÍprocos.
*EDITORIAL. Para Radio Reina de la Selva. Lima 2 de febrero de 2018. Luis Alberto Arista Montoya.




