Diario Expreso – Miguel Lagos Miguel Lagos
Los candidatos presidenciales y congresales deben tener toda cautela al participar en los “debates” montados por cierta prensa que se presenta como «neutral», pero que en realidad juega sesgada e indirectamente para determinadas opciones políticas.
Este domingo se estrenó el programa televisivo «Enfrentados», conducido por los periodistas Juan C. Tafur y Augusto A. Rodrich. El formato prometía contraste de ideas, pero lo que se vio por momentos fue otra cosa. Los invitados fueron Katherine Ampuero (Renovación Popular) y Gino Costa (Libertad Popular). Desde el inicio, Costa no buscó debatir propuestas, sino atacar a Ampuero con una supuesta “superioridad” político-moral. Forzada y caprichosa postura en quien ha sido un antiguo operador del caviarismo perucho: ese sector que acumuló poder con Toledo, Nadine-Humala, Villarán, PPK, Vizcarra y Sagasti, y que finalmente terminó facilitando la llegada del prosenderista Pedro Castillo —vía el voto antifujimorista— a la presidencia en 2021, la cereza de la torta caviar horneada desde el 2000.
Costa intentó voltear la narrativa acusando a Ampuero —quien, por cierto, no es congresista— de ser parte del pacto que sostuvo a Dina Boluarte. Curioso, porque Boluarte fue elegida vicepresidenta en la plancha de Castillo, el mismo candidato que el «centrismo» caviar promovió sin cautela alguna y subestimando todos los peligros. Vale recordar que hasta Mario Vargas Llosa, con enorme madurez política, advirtió en 2021 sobre los riesgos de un triunfo de «Perú Libre» y dio apoyo explícito a Keiko Fujimori. Sin embargo, el caviarismo prefirió apostar por Castillo. ¿Pueden hoy erigirse como abanderados de la crítica política quienes instalaron en Palacio al senderoide Castillo y a Boluarte? La respuesta es obvia: de ningún modo. Y Costa fue parte de esa irresponsabilidad política histórica.
Otro objetivo de Costa —quien además tuvo un rol facilitador del golpe vizcarrista contra el Congreso el 30-S de 2019— fue acusar a la exprocuradora de haber sido funcional a la corrupción de Odebrecht. Una estratagema endeble. Katherine Ampuero fue precisamente quien alertó sobre la impunidad que se estaba cocinando a favor de las constructoras brasileñas y sus socios locales. Por esa firmeza fue expectorada del cargo. Costa buscaba colgarle la etiqueta de “pro-Odebrecht” sabiendo que este tema será crucial en la campaña. De paso, favorecía a Marisol Pérez Tello —adversaria de Ampuero y hoy candidata presidencial— a quien muchos señalan como la «ministra de Odebrecht” por su rol en decisiones que habrían beneficiado a las impunes constructoras.

Lo interesante es que Ampuero supo contener y responder con habilidad el «debate» planteado. Dejó a Costa sin techo de vidrio, quien no dijo una sola palabra sobre la impunidad de Susana Villarán, ni sobre la muerte del colaborador eficaz Jesús Miguel Castro, un episodio que el caviarismo evita mencionar por cálculo político.
El título de esta columna cobra sentido al observar cómo los conductores del programa parecían cómodos con la ofensiva de Costa, incluso facilitándole el terreno. La cancha era un evidente 3 contra 1. Sin embargo, Ampuero se plantó y contraatacó, ganando el partido. La advertencia es clara: esta campaña será una de las más duras y envenenadas de los últimos años. Cierto periodismo —autoetiquetado como “objetivo” e «imparcial»— jugará un rol no menor en esta toxicidad, confiado en que no solo logrará rating, sino que además podrá cancelar candidatos incómodos y apuntalar a sus preferidos.
A ello se suma el boom de programas en YouTube, donde influencers perfeccionan emboscadas selectivas en medio de la coprolalia y buscan convertirse en protagonistas de la competencia electoral. La pregunta es inevitable: ¿los medios están para canalizar debates reales y entrevistas, o para encarnar el afán de “yo tumbé a ese candidato” o “yo hice presidente a tal”? ¿Quiénes son los reales protagonistas de la contienda por ganar el voto ciudadano? ¿Los periodistas o los candidatos inscritos legalmente en el Jurado Nacional de Elecciones?
Es entendible y hasta habitual que en debates y entrevistas surjan fricciones, más aún en entornos políticos polarizados o fraccionados. La confrontación de ideas es parte de la democracia. Pero allí donde se lanza un debate entre competidores, los periodistas anfitriones están obligados a ser realmente imparciales: no inclinar la cancha mediante ataques disfrazados ni a través de silencios calculados. La credibilidad del espacio depende de esa neutralidad.
En este contexto, los candidatos presidenciales y congresales deben actuar con máxima cautela. Los “debates” montados por la prensa aparentemente neutral son cada vez más evidentes como escenarios elaborados para favorecer a unos y destruir a otros. Al parecer la campaña no será un torneo de ideas, sino un campo minado de emboscadas mediáticas. Y quien no lo entienda, puede quedar fuera del juego.
*Miguel Lagos | Analista político




