Virguit Noelia
“Racuchoooo”, le gritaba cada vez que lo veía pasar. Era un llamado que nacía desde lo cotidiano, desde ese lugar donde la familia se reconoce sin formalidades. Él volteaba, y en su sonrisa había algo más que un gesto: había presencia, había alegría, había esa forma suya de estar en el mundo sin pedir permiso.
“Somos sobrevivientes”, dijimos la última vez que nos vimos. Y nos abrazamos. No fue una frase lanzada al aire. Fue una certeza. Porque sobrevivir, en nuestra familia, nunca fue solo permanecer. Fue seguir con dignidad. Fue seguir con alegría, incluso cuando la vida exigía más de lo que parecía justo.
Soy periodista por inspiración de mi tío Jorge, que en realidad es mi primo. De él aprendí que mirar con atención es una forma de respeto. Que la vida se honra cuando se observa, cuando se entiende, cuando se cuenta. Sin discursos, dejó enseñanzas que viven en lo que somos, en cómo pensamos, en cómo caminamos el mundo.
Hoy lo mencionamos con honra.
Con honra por la alegría que trajo.
Con honra por la huella que dejó.
Con honra por esa forma suya de enseñarnos, incluso sin proponérselo, que la fortaleza también puede ser serena.
Su partida también nos enfrenta a la desidia inevitable que deja el vacío. A ese silencio que obliga a detenernos y mirar hacia adentro. Y es ahí donde aparecen sus enseñanzas. No como palabras, sino como forma. Como carácter. Como herencia invisible.
Y sigo sobreviviendo. Con sonrisa y con alegría. Porque eso también lo aprendí ahí. En esa familia en la que nacimos. En esa familia donde, de principio a fin, el amor nos rodea.
Qué afortunados somos.
Afortunados por haber compartido el tiempo.
Afortunados por lo que dejó en nosotros.
Afortunados por seguir siendo familia.
Somos sobrevivientes.
Y en lo que somos, él permanece.




