Por: Dr. Geisel Grandez, analista político
Las últimas elecciones en el Perú no hicieron más que extender la partida de defunción de un sistema político moribundo. Mientras el debate nacional se asfixia en el cortoplacismo de los titulares limeños, en las regiones el drama se profundiza con una crudeza sistemática. El departamento de Amazonas es, lamentablemente, el laboratorio perfecto para estudiar un fenómeno que la ciencia política contemporánea define sin rodeos: la cacocracia —el gobierno de los peores, de los menos aptos, de los más cínicos—.
No se trata de un insulto caprichoso o un adjetivo despectivo nacido del hígado electoral, sino de un término técnico para definir el secuestro institucional a manos de los ciudadanos menos preparados, menos íntegros y más cínicos; es la descripción técnica de un ecosistema donde los incentivos están alineados para que el talento, la integridad y la capacidad técnica sean expulsados, dejando el control del Estado en manos de organizaciones patrimonialistas que, incluso pretenden instaurarse como burdas dinastías familiares. En Amazonas, este bucle de degradación institucional no es nuevo, cumple ya dos décadas perfeccionándose perversamente.
La cacocracia es el nombre que se le da sistema político donde los peores individuos, en lugar de los más capacitados, acceden al poder. Y que se caracteriza por la falta de ética, el abuso de poder y el enriquecimiento ilícito a expensas del Estado y del pueblo.
Francisco Miró Quesada Rada, en un artículo titulado “La Cacocracia” publicado por El Comercio (Edición del 07/05/2019), señala “La cacocracia, entonces, es el gobierno de los que roban. Algunos incluso la definen como el gobierno de los corruptos. Alude a una sociedad gobernada por autoridades corruptas en donde convergen la cleptocracia (el poder de los que roban) y la ineptocracia (el gobierno de los incapaces). Peor alianza que esta no puede existir para la desgracia de los pueblos.” Y continúa diciendo “el cacócrata no es más que un gobernante caótico y degradado que repele del gobierno a los más honestos y talentosos. Tenemos, así, un gobierno de ladrones e incompetentes. Un sistema en el que los gobernantes se embarran las manos con la corrupción.”
Veinte años de un carrusel previsible y perverso
Si se analiza la historia política amazonense desde la consolidación del proceso de descentralización, la alternancia en el poder ha sido una ilusión óptica. Lo que ha existido es un pacto infame de supervivencia política. Figuras como Oscar Altamirano Quispe y Gilmer Horna Corrales se han turnado el sillón regional en los últimos veinte años bajo el amparo de «movimientos regionales» que operan como vientres de alquiler y maquinarias de clientelismo puro (Práctica política de obtención y mantenimiento del poder asegurándose fidelidades a cambio de favores y servicios). Lo mismo sucede a nivel provincial y distrital, donde los mismos individuos se turnan en ocupar el sillón municipal, repiten el plato en dos o más periodos, o alternan de municipalidad (un periodo en la distrital y otro en la provincial); un claro ejemplo es el actual alcalde provincial de Rodríguez de Mendoza (dos periodos como alcalde del distrito de Mariscal Benavides y dos periodos como alcalde de la provincia).
Desde la perspectiva de la comunicación social, estas organizaciones han sabido capitalizar la fragmentación y el descontento popular. No venden ideología ni planes de gobierno viables; venden marcas personales basadas en el asistencialismo de campaña. El resultado de este carrusel de dos décadas es una región crónicamente estancada:
- Brechas socioeconómicas fosilizadas: Provincias enteras, especialmente Condorcanqui, arrastran indicadores de desnutrición infantil y falta de servicios básicos que parecen del siglo pasado. Brechas sociales en salud, educación e infraestructura que siguen castigando a los amazonenses.
- Infraestructura de fachada: Obras públicas sobredimensionadas, paralizadas o bajo sospecha fiscal que no dinamizan la economía real ni conectan los corredores turísticos y agrícolas de la región.
- Desmantelamiento de la tecnocracia: La sustitución de cuadros técnicos calificados por operadores políticos y financistas de campaña.
El presente como confirmación del síntoma
La actual gestión regional, encabezada nuevamente por Gilmer Horna, no representa una ruptura con el pasado, sino la consolidación de la inercia cacocrática. El retorno de este actor político al poder evidencia la alarmante amnesia del electorado, un fenómeno alimentado por la falta de canales informativos independientes y la desconexión de la sociedad civil organizada.
La gestión actual sigue el mismo guion de sus predecesoras: baja ejecución presupuestal en proyectos de alto impacto, falta de transparencia en los procesos de licitación y una alarmante incapacidad para articular políticas con el gobierno central. El poder regional ya no se entiende como la oportunidad de transformar el territorio, sino como una franquicia temporal para administrar recursos en favor de un entorno cerrado y “bendecido”.
A pesar de los discursos de «experiencia» y «sentimiento regional», el actual gobierno sigue atrapado en la inercia de la ineficiencia (la DREA, para muestra solo basta un botín -perdón, un botón-). El gasto presupuestal ineficaz, las contratas bajo sospecha y la incapacidad para articular políticas públicas reales demuestran que el objetivo de llegar al poder nunca fue transformar Amazonas, sino administrar los recursos en beneficio de un entorno cerrado y bendecido, como lo señalamos.
Cuando los técnicos calificados huyen de la administración pública regional por temor a la contaminación política o por verse desplazados por operadores de campaña, la cacocracia triunfa. El estándar baja tanto que la mediocridad se convierte en la norma y la corrupción en el procedimiento administrativo estándar.
Cuando el estándar mínimo para gobernar es simplemente no tener una sentencia firme y contar con el dinero suficiente para inundar la región de propaganda, la mediocridad se normaliza. En ese punto, la corrupción deja de ser una anomalía del sistema para convertirse en el sistema mismo.
El secuestro del futuro amazonense
¿Está Amazonas condenada a la cacocracia? La respuesta corta es sí, mientras las reglas de juego sigan premiando la informalidad política. La desaparición de los partidos políticos nacionales y la atomización de los movimientos regionales han atomizado el voto. El ciudadano de Amazonas no elige; opta entre opciones defectuosas en una suerte de ruleta rusa electoral.
¿Por qué sobrevive este ecosistema? Sabemos que la fragmentación del electorado y el colapso de la confianza ciudadana generan el caldo de cultivo perfecto. Al destruir los partidos, el ciudadano ya no vota por programas, vota por el «mal menor» o por el rostro que más regale en campaña.
La riqueza arqueológica, el potencial hidroenergético y la biodiversidad de Amazonas siguen siendo rehenes de una clase política que colonizó las instituciones locales. Romper el bucle de la cacocracia requerirá algo más que indignación en las urnas: exige que la sociedad organizada, la academia, los frentes de defensa legítimos y los sectores productivos impongan filtros insalvables de idoneidad técnica y moral. De lo contrario, las próximas elecciones solo serán el anuncio de un nuevo ciclo de decadencia, confirmando que en Amazonas el poder sigue siendo el botín de los peores; seguiremos asistiendo, cada cuatro años, al mismo triste espectáculo: el triunfo de los peores en detrimento de los más vulnerables.
En este año electoral donde elegiremos a nuestros nuevos gobernantes y autoridades regionales, que este artículo sirva para motivar conciencias e influir en el voto responsable, pensando en el desarrollo de nuestra región y de nuestra gente.




