A trescientos días de concluir su gestión, el gobernador regional Gilmer Horna deja sobre la mesa una realidad que ya no admite maquillajes ni discursos complacientes. Los números, los resultados y la situación de nuestros servicios esenciales revelan un escenario alarmante: una administración que ha contado con recursos como nunca antes, pero que no ha logrado traducirlos en bienestar, desarrollo ni infraestructura para los amazonenses.
En tres años, el Gobierno Regional de Amazonas manejó más de S/ 10 mil 700 millones, una cifra histórica que pudo haber transformado por completo la vida de miles de familias en todas las provincias. Sin embargo, la región sigue padeciendo las mismas carencias estructurales de siempre: carreteras colapsadas, hospitales sin equipamiento, colegios con infraestructura deficiente y un retroceso preocupante en los indicadores de salud pública.
No se trata de un simple desbalance administrativo. Se trata de una oportunidad perdida. Un periodo en el que, en lugar de obras de impacto y políticas públicas sólidas, hemos presenciado improvisación, atomización de proyectos y una marcada inclinación por aumentar el gasto en planillas, mientras la inversión real en desarrollo regional se mantuvo en niveles insuficientes.
A esto se suma un hecho que agrava el panorama: la reposición en el cargo de funcionarios involucrados en la pérdida de S/ 1.2 millones por negligencia administrativa. Esta decisión, lejos de enviar un mensaje de transparencia o rigor institucional, expone un preocupante blindaje interno que erosiona la confianza ciudadana y profundiza la sensación de desgobierno.
Y mientras Amazonas espera liderazgo y resultados, los indicadores sociales nos golpean el rostro.
La anemia infantil alcanza el 46%.
El embarazo adolescente triplica el promedio nacional.
La región ocupa el puesto 24 de 25 en salud.
Estos no son datos estadísticos: son señales de un futuro comprometido, de una generación de niños y adolescentes que carga sobre sus espaldas los costos de una gestión que no priorizó lo esencial.
El tiempo que resta —apenas diez meses— no basta para revertir todo el daño, pero sí para exigir un cierre mínimamente responsable. Amazonas no necesita fotos solemnes ni discursos encendidos. Necesita acciones concretas, decisiones valientes y una rendición de cuentas real y transparente.
Este editorial no busca confrontación política, sino algo más profundo: la defensa del derecho de los ciudadanos a un gobierno competente, a instituciones que funcionen y a autoridades que honren la confianza depositada en ellas. La historia reciente de nuestra región nos ha mostrado que la indiferencia y el silencio solo profundizan la crisis.
Hoy, más que nunca, Amazonas requiere vigilancia activa, participación ciudadana y una sociedad que no permita que la ineficiencia se normalice.
Porque lo que está en juego no es un gobierno, sino el futuro de nuestra gente.




