Por: Jindley Vargas / Presidente del FREDDICH.
Se acerca un nuevo proceso electoral y las calles ya se llenan de ruido, gigantografías y promesas ensayadas. Frente a este escenario, conviene detenernos y preguntarnos: ¿qué es realmente una elección?
Aterricemos el discurso y hablemos con la verdad de la tierra: una elección no es un desfile de caridad, sino el momento de escoger a los trabajadores que se encargarán de cuidar la casa de todos y guiar el rumbo de nuestro pueblo. Por eso, cada vez que un candidato toca tu puerta, te regala un souvenir o te da un abrazo, no te está haciendo un favor; te está, simple y llanamente, pidiendo trabajo.
Gobernar no es un privilegio de reyes ni un título de superioridad. Es un empleo de altísima responsabilidad, porque de sus decisiones dependen la salud, el agua, la educación y el futuro de nuestras familias.
En cada elección no escogemos «jefes» a los cuales rendirles pleitesía; elegimos a servidores públicos a los que llamamos autoridades no porque pasen a mandar sobre nuestras vidas, sino porque les delegamos, temporalmente, la administración de lo que nos pertenece a todos.
Para entender la enorme responsabilidad de esta decisión, no miremos las leyes de Lima ni los debates de la televisión; miremos la sabiduría de nuestra propia tierra. El más humilde campesino, cuando necesita un peón para su parcela, jamás elige al azar. No le confía su siembra al que mejor baila en la plaza, al que le regala un trago o al que le hace la promesa más florida. El campesino, con el ojo entrenado por los años, selecciona con pinzas a quien le garantice seriedad, honradez y sudor limpio en el trabajo.
Pero la lección de dignidad no termina con el trato. Cuando el peón entra a la chacra, el dueño de la tierra no se va a dormir bajo la sombra confiando ciegamente en su palabra; lo vigila de cerca, le sigue los pasos, le corrige la mala siembra y, si resulta que el contratado es ocioso, mentiroso o tramposo con la tierra, lo saca y lo cambia sin contemplaciones.
Si cuidamos con tanto celo nuestra parcela familiar, ¿por qué dejamos abandonada la gran parcela que es nuestra provincia? Resulta absurdo, y hasta doloroso, ver cómo llevamos décadas entregando un “cheque en blanco” en cada elección, regalando el voto para luego cruzarnos de brazos a soportar en silencio el atraso, la corrupción y el desprecio de nuestros propios servidores, esperando con resignación a que termine su periodo. Pero esa sumisión se acabó. En esta contienda, estamos obligados a despertar y a actuar con el carácter firme y el ojo clínico de nuestros campesinos.
Esta labor no comienza en las urnas. Nos toca evaluar con cabeza fría si el candidato y su equipo de verdad saben lo que hacen, negándonos rotundamente a regalarles el puesto por un baile de TikTok o un abrazo vacío. Pero el deber no termina allí. Cuando asumen el cargo, tenemos la obligación de vigilarlos de cerca y hacerles cumplir una proclama ciudadana que funcione como nuestro contrato de trabajo, exigiendo cuentas claras en cada decisión; y, si se atreven a traicionar la confianza de su pueblo, de cambiarlos sin dudar haciendo uso de la revocatoria.
¡El pueblo los pone y el pueblo los saca! Ese es nuestro poder. Llegó la hora de dejar atrás el papel de espectadores resignados y asumir, con el pecho en alto, nuestro rol como los únicos y verdaderos dueños del destino de Chachapoyas.
Entendámoslo bien y que nunca más nos vuelvan a pasear: en la sagrada parcela de nuestra patria chica, necesitamos trabajadores que traigan soluciones, no vendedores de ilusiones. ¡La tierra es nuestra y el poder de decidir también!




