Carta 1049: Las flores, la muerte y la vida (2/11/2026)

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Por Manuel Yóplac Acosta

A veces me asusta la infinidad de la muerte y la brevedad de la vida.

Entre el primer y segundo día del mes de noviembre se han puesto millones de flores, ahí donde viven los muertos, -en los cementerios o en algún lugar donde murieron los seres que uno ama-. ¿Para quién son esas flores?, es la pregunta simple que uno se hace. Si el muerto, -muerto está-; o si el muerto ya está en otra dimensión, ¿para quién son esas flores?, sigue siendo la pregunta simple que yo no puede responderme aún.

El humano es un ser extraño: suele llevar flores a sus muertos, aunque quizá no lo hizo cuando esos mismos seres estaban vivos. Seguramente, el humano es el único ser que lleva flores a sus muertos, y es quizá también, el único que se niega a dar o recibir una flor cuando está vivo: ¿qué bello extraño ser es el  humano, verdad?

Yo creo, por ejemplo, que el lugar más bello de una flor es su planta que lo cobija; y aunque sabemos que las flores son tan efímeras, es creo más bello que ella muera en su rama viva que arrancada y muerta, aunque sea dispuesta en un altar o un florero: ¿qué ser contradictorio es el ser humano, ¿verdad?

Parece que para el humano la muerte no es el fin, las flores al parecer representan esa continuación de la vida, así, las flores son el renacer de la vida de los muertos a través de la memoria de los vivos. Sin embargo, paradójicamente, las flores representan también el reconocimiento de la muerte para el que lleva las flores.

Así pues, vale la pena aceptar la muerte si es que da sentido a la vida. Las flores creo que forman parte de ese sentido de la vida. Creo que los humanos sabemos que los muertos ya no pueden disfrutar ni un poquito del aroma de una flor; creo que, en el complejo tejido del alma humana, las flores que llevamos a los muertos son flores que nos regalamos a nosotros mismos, y solo así, esas flores se manifiestan en su mayor belleza.

Finalmente, y tal vez, la flor represente lo efímero de la vida humana pero también lo bello que es esa efímera vida. Entonces, llevar flores a los muertos, es en el fondo, ir muriendo poco a poco para poder existir en este breve vivir. Es aceptar la muerte, -después de todo-, la vida es bella como las flores. Después de todo, los recuerdos humanos son como aromas de una flor que se impregnan en el alma.

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