Por Luis Chávez Rodríguez
La primera vez que vi una película fue en el “Cine San Nicolás” de Mendoza, capital de la provincia Rodríguez de Mendoza de la región Amazonas, fundada en el año 1933 en las fecundas tierras que antiguamente se conocían como Huayabamba. Eran los años medios de la década del setenta y mis padres decidieron enviarme a estudiar la secundaria en esa pequeña ciudadela que ya comenzaba a crecer como una agitada puerta de entrada a la Amazonía en el norte del Perú. En mi pequeño pueblo, el distrito de Chirimoto, solo teníamos la escuelita primaria y papá y mamá querían que yo, por entonces muy aficionado a ir a la chacra siguiendo los largos paso de mi abuelo, hiciera el intento de estudiar el nivel secundario y luego fuera a la universidad, como ya era una tradición en mi familia, puesto que mis abuelos habían enviado hasta la lejana capital del país a estudiar a sus hijos e hijas, entre ellas a mi madre.
En Mendoza, a los 12 años, ya vivía solo en la pensión de la familia Collazos Hernández, de don Neiro y doña Delina, amigos muy cercanos de mis abuelos y de mis padres. Nosotros teníamos una habitación alquilada de modo permanente en la capital de la provincia, que tanto mis abuelos como mis padres utilizaban cuando iban a Mendoza a vender sus productos agrícolas o a realizar algún trámite o documentación, que por la época se solía realizar ahí.
Para mi consuelo, ya que en ese momento me sentía un poco triste por el alejamiento de mi familia y de mi pueblo, en la pensión de don Neiro había una sala de cine. El largo salón tenía un estrado simple de un metro de altura en uno de sus extremos, una ventanilla hacia la calle y dos puertas. Lo llamábamos el auditorio y en esa enorme sala además de exhibir películas todos los fines de semana, se hacían también otras actividades festivas y de tanto en tanto se escenificaban obras de teatro, montadas por un grupo de profesores del Colegio Toribio Rodríguez de Mendoza, donde cursaba mi primer año de secundaria. Lo que me permitió también, por esa misma época, tener mi primer contacto de manera oficial con el teatro, gracias a este grupo mendocino, dirigido por el recordado y querido profe Gilberto Collazos. Digo, oficialmente, porque tanto en Chirimoto como en Limabamba, donde estudié la primaria, en todas las efemérides y días conmemorativos, en las escuelas, los estudiantes participábamos interpretando pequeñas puestas en escena conmemorativas al día, recitábamos poemas o cantábamos, bajo la dirección de profesores aficionados a las artes, como la profesora Celmira Torres y Dilcia López, y especialmente promovidos por el profe Baldomero Zelada en Limabamba, todos ellos con el apoyo logístico de mi madre, Delicia Rodríguez, que era la directora del colegio de mujeres de Limabamba. Del mismo modo, en Chirimoto las actividades poéticas, musicales y teatrales eran propiciadas por las primas Rodríguez: Orfa, Blanca y Máxima, todas ellas profesoras de la escuelita de mi pueblo. Así que, cuando llegué a la capital de la provincia ya tenía algo de experiencia en mi contacto con las artes escénicas.
El cine produjo en mí un efecto deslumbrante, aunque las películas que llegaban a mi provincia por esos años no siempre tenían buena calidad en la imagen o el sonido, puesto que los largos viajes que realizaban las deterioraban, por lo que el visionado podía tener varias interrupciones cuando la cinta de celuloide se rompía o el proyector, el audio y hasta la electricidad dejaban de funcionar.
Las películas llegaban desde Chachapoyas, después de ser exhibidas en el Cine Central, ubicado en la plaza de Armas. Esta única sala de cine era de propiedad de, José David Reina, cuyo hijo, David Reina, ha continuado el trabajo de radiodifusión con la conocida radioemisora, “Radio Reina de la Selva”, que actualmente es la radio más conocida de esta parte de la Amazonía. Desde el Cine Central se distribuían los celuloides a las provincias, en rollos de 16 mm, cuyas latas circulares de color plateado llegaban de Lima después de hacer un larguísimo recorrido por barco o por avión, provenientes principalmente desde México. De este modo, en la década de los años 70s, los amazonenses logramos ver cientos de películas mejicanas, algunos westerns doblados, así como una que otra producción peruana, en aquella salita de cine de don Neiro Collazos. Dicho sea de paso, en la actualidad, en toda la Región Amazonas, así como no hay una sola biblioteca pública tampoco hay una sola sala de cine, estas han ido desapareciendo frente a la proliferación de casas de juego y discotecas. Salvo las proyecciones de películas que presentamos en la Casa del colibrí de Chirimoto en los meses de junio y julio y la apertura temporal que hacemos un par de veces al año de la Biblioteca Colibrí, esas usanzas se desconocen totalmente en toda la región.
Las películas que llegaban a Mendoza, como era de suponer, eran de temática rural y costumbrista, conocidas como: “melodramas cantados mexicanos” que encantaban a los mendocinos, muchos de ellos dedicados a la agricultura y a la cría de ganado, caballos, animales menores y aves de corral que se veían con frecuencia en la pantalla. Por entonces, para cualquier “huayacho” era imposible no deslumbrarse con las famosas películas rancheras, sello inequívoco de aquella identidad mexicana que se difundía por esas épocas, que además tenían el agregado de seducir totalmente a los espectadores de mi región por la presencia de cantantes muy conocidos en el Perú. Pedro infante, Jorge Negrete, José Alfredo Giménez, María Félix, Aida Cuevas, Vicente Fernández, Lola Beltrán, el Trío las calaveras y Los Panchos eran muy conocidos por aquellas épocas. ¿Quién, en Chirimoto y en toda la provincia Rodríguez de Mendoza, por no decir en el Perú entero no ha escuchado a sus padres o abuelos, tararear con arrebatado sentimiento algunas de estas rancheras, corridos o huapangos: El jinete, Cucurrucucú paloma, El Rey, Corrido de Pancho, México lindo y querido, Cielito lindo, Me he comer esa tuna, Luz de luna o la bellísima Malagueña salerosa? A mi padre le gustaban especialmente Jorge Negrete y su versión de, Deja que salga la luna y Sombras de Javier Solís. Cada vez que, en esas épocas, hacíamos el trayecto desde Chirimoto, a lomo de caballo, hasta Mendoza durante seis o siete horas de viaje, cantaba o silbaba música mejicana para hacernos más amena la cabalgata, inclusive el bigotito que tenía le venía del estilo de sus ídolos mejicanos.
Una situación que consolidó fuertemente mi gusto por el cine se dio al poco tiempo que comencé a vivir en Mendoza, en la amplia casa de don Neiro. Durante ese tiempo ocupé la habitación rentada que quedaba en el segundo piso de la casa, cerca de las habitaciones de la familia Collazos y que durante ese año llamé, “mi cuarto». A demás de la sala de cine, en la casa pensión, también había, gracias al sentido visionario del don Neiro, un patio multiusos enorme que funcionaba como lugar para practicar fulbito, vóleibol o básquetbol, todo lo cual hacía que no nos aburriéramos los muchos pensionistas chirimotinos, milpinos, totorinos y limabambinos que veníamos del valle chico, el Valle del Shocol, a estudiar la secundaria y que nos hospedábamos en esa especie de casa club amable y entretenida. Por mi parte, había hecho una estrecha amistad con los hijos e hijas de la familia: Carlitos, Gutti, Vilma y especialmente con Chela, quien cursaba también el primer año de secundaria en nuestro querido colegio, “Toribio Rodríguez de Mendoza”. Todos nosotros ayudábamos a preparar la exhibición de los fines de semana, que muchas veces arrancaba los jueves en la noche, cuando llegaban dos películas en cuatro o seis latas que contenían el maravilloso celuloide. Aceitábamos el proyector, limpiábamos el salón, poníamos en fila las bancas y dejábamos todo listo para abrir las puertas y dejar entrar a la fila de espectadores que aguardaba con impaciencia en el corredor, después de haber comprado sus boletos de entrada de manos de doña Delina, quien manejaba la economía. Media hora antes del inicio de la función, don Neiro anunciaba por auto-parlante el nombre de la película y de los actores protagónicos a toda la ciudad. Durante este tiempo se ponía también música del momento, que iba como parte del acto publicitario que invitaba a ver la función de cine. Pronto memoricé los contenidos de los textos y la entonación de los discursos con los que don Neiro anunciaba las películas y comencé a reemplazarlo en la tarea cuando lo requería la situación: “Amigo, amiga venga esta noche al cine San Nicolás. No se pierda la bonita película mejicana, con la bellísima María Félix, el actor Andrés Soler y el gran cantante Jorge Negrete, quien cantará las canciones más bonitas que se escuchan en todo el mundo”, decía uno de los enunciados que promocionaba, la película, “El Rapto” y que yo memoricé para anunciar la función de la noche.
Aprendí, entonces, el nombre de muchos actores y las tramas de las películas para comentarlas, ya de modo más natural mientras adquiría experiencia frente a un micrófono que extendía mi voz por toda la ciudad. Desde las 6:00 pm hasta las 7:00 pm, me gané un puesto fijo como anunciador del espectáculo, salvo que don Neiro quisiera tomar el micro para hacer otros anuncios relacionados a sus múltiples actividades comerciales, pero generalmente él se hallaba muy ocupado con el viejo proyector o las películas que siempre tenían algún problema de último momento. En algunas ocasiones las películas traían unas tarjetas o una hoja simple escrita a mano en donde se hacía una mención de la ficha técnica y un breve resumen o reseña de la película que teníamos que aprender para los anuncios. Del mismo modo, cuando el material estaba en malas condiciones por alguna magulladura de la lata, veíamos la película en una proyección privada, antes de la función de la noche, para cerciorarnos que todo anduviera en orden y, de paso, aprendiéramos el final de las películas, por si acaso fuera necesario contarlas, cuando el proyector traqueteaba, se iba la electricidad o el celuloide tenía parches que interrumpía la continuidad o en el peor de los casos no se podía llegar al “Fin”. En muchas ocasiones tuvimos que inventar algunos finales puesto que, frente a un público que se había sumergido en un trama interesante y que de pronto se veía ciego y sordo, era natural que reclamara bulliciosamente su dinero, no quedaba otra alternativa que comunicarles un final de modo contado, a veces un final que ni don Neiro ni yo habíamos visto. De este modo fui ganando experiencia en contar o inventar finales de películas y esta actividad pronto cambió de ser una situación apremiante a ser una actividad placentera. Incluso, no faltó la ocasión que en algunas funciones el público quedaba insatisfecho o decididamente no le gustaba el final completo de la película, entonces me pedían que les contara otro final más convincente, hasta que la audiencia en pleno, ahora satisfecha con mi final contado, estallaba en aplausos y felicitaciones por haberles salvado o hecho divertida la noche de cine interrumpido.
Mucho tiempo después, con mi creciente interés por el cine, ya en la gran capital, donde era un fiel asistente a la Filmoteca de Lima y luego en la cineteca de la Universidad San Marcos o en el Instituto Italiano de Lima, donde llegué incluso a tomar clases de lenguaje cinematográfico, motivado por entender mejor las reglas de juego de un arte que cada vez se me hacía más complejo cuando me acercaba a cinematografías de otros países y otros continentes cuyas rasgos culturales que las sustentaban eran totalmente extraños para mí. Algunas de esas clases las tomé con el recordado director peruano, Armando Robles Godoy y en ellas, además de aprender cuales eran los recursos que usaban los directores y todo su extenso equipo de técnicos para entregarnos esas realidades paralelas de ensueño, me di con la sorpresa de que gran parte de las películas que llegaron a Mendoza en la década de los setentas, pertenecían a un conjunto que se agrupa con el rótulo de, “La edad de oro del cine mexicano”, entre las que habían películas de muy diversas calidades, es decir, buenas, malas y malísimas, pero que por lo común en aquellos tiempos nos emocionaban hasta las lágrimas.
Actualmente, de vez en cuando, veo y reveo algunas de ellas y mi deleite viene por doble canal: porque muchas de esas películas son de muy buena factura artística y por el íntimo recuerdo de las épocas en las que me deslumbré por primera vez con la maravilla del séptimo arte, cuando apenas era un muchachito que empezaba a descubrir el mundo. Ya en la comodidad de mi casa, regreso al periodo de las películas de ese cine de oro (ubicado, por los que estudian el fenómeno entre los años 1936 y 1956, aunque yo correría un poco más esa periodificación hasta 1960, año que se estrenó «Macario», dirigida por Roberto Gavaldón y fotografiada por Gabriel Figueroa, dos maestros del cine, en ese lapso también quedaría incluida Nazarín de Luis Buñuel del año 1958) que se pueden ver muy bien conservadas y muchas de ellas con un proceso de restauración impecable, ya sea en una colección de cine clásico que suelen tener algunas plataformas de streaming o si no las encuentro por ahí, pues voy simplemente a Youtube, donde con menor calidad en la imagen y en el audio, como en mis viejos tiempos, las veo y reveo con la misma emoción de la primera vez.




