27/01/17 – 05:13
Luis Arista Montoya*
Los actuales casos de corrupción en Perú son de orden sistémico. No es que sean circunstanciales, producto de errores. No. La corrupción es sistémica porque está sustentada en una malvada ideología montada estructuralmente desde la empresa Odebrecht para vulnerar el estado de derecho utilizando la institucionalidad del statu-quo de cada país anfitrión permisivo. Es decir, para robar y coimear con visos de legalidad, bajo el visto bueno desde la cúspide del poder central.
La corrupción es la máxima expresión de la mentira, de la maldad. Hace mucho daño a la cosa pública y corrompe las costumbres sociales. Ese daño público empieza corrompiendo el lenguaje, instrumento utilizado por corruptores y corrompidos para mentir cínicamente, tratando de ocultar sus fechorías, instaurando un cuerpo discursivo encriptado, repletos de cifras, chapas y seudónimos (véase, por ejemplo, las Agendas de Nadine)
Al respecto, gloso algunas ideas del filósofo alemán Peter Sloterdijk desarrolladas en su imprescindible obra Crítica de la Razón Cínica (2003) donde escribe sobre el arte del simulacro o fingimiento modernos. Este libro nos ayuda a comprender los escombros morales de la sociedad peruana; antes, durante y después de Odebrecht. Veamos:
Socialmente, la llamada normalidad está compuesta en su mitad por microscópicas desviaciones de las normas [errores, delitos, faltas=pequeña corrupción permisiva]. Este campo del capricho, del pequeño arte de la vida y de la moral negra está casi tan inexplorado como, por la otra parte, la extensión de la corrupción. Ambos son, incluso según el objeto, apenas accesibles, difíciles de ser detectados y, por tanto, menos para ser sancionados. Se conoce pero no se habla de ello. Ahora, el caso Odebrecht está exorcizando a la sociedad peruana. En muchas esferas del poder (y del no poder) se es tolerante con la pequeña, mediana y alta corrupción. Existe un silencio cómplice. Como siempre, han sido los medios de comunicación los primeros en romper el pacto infame de hablar a media voz.
Hoy vivimos un cinismo global del que brotan las ciudades de cemento, las democracias burocráticas, la apatía, la infinita mediocridad, la administración de situaciones negativas, miserable parloteo de responsabilidad, pesimismo achacoso e ironías vacías. Las sobrevaluadas construcciones de cemento de Odebrecht son símbolos tangibles del cinismo cementero y de la moral negra propia de la corrupción.
Uno de los peligros de respuesta del sistema es que la lucha contra la corrupción pueda convertirse en un simulacro, puro bluff. Sin una teoría del bluff, del show de la seducción y del engaño, no se pueden entender en absoluto las estructuras de la conciencia de la modernidad, sostiene Sloterdijk El espectáculo de la lucha de la corrupción en Perú pueden tapar el secreto corrupto. Hay que desconfiar de las voces altisonantes mediáticas del caiga quien caiga?, sean peces grandes como peces chicos?, del hasta las últimas consecuencias?.
El imperativo moral tú debes? (denunciar y luchar contra la corrupción) propio del moralismo nos lleva forzosamente a un yo no puedo?. Por el contrario, el amoralismo (indiferencia, neutralidad) que parte del tú puedes? cuenta de una manera realista con la oportunidad de que aquello que yo puedo? sea en última instancia también lo correcto.
Es más, las cuatro preguntas radicales de la ética contra el daño público producido por la corrupción, que debemos asumir como nuestras son las siguientes: ¿Qué debo hacer?, ¿Qué puedo hacer?, ¿Qué quiero hacer?, y ¿Qué espero de ese hacer? Todo depende de cuán comprometidos estemos frente a la corrupción, y con qué instrumentos y apoyo contamos para orientar nuestra denuncia e indignidad. Pero no hay que permanecer mudos ni tartamudos. Por el bien de nuestro Perú, tanto a nivel nacional, regional como local, porque en estos tres niveles se cuecen las corruptas habas.
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*EDITORIAL. Para Radio Reina de la Selva. Lima 26 de enero 2017. Luis Arista Montoya




