Cuero de chancho, se necesita

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25/01/17 – 16:51

Por: Jaime Bedoya
En realidad la maravilla de la naturaleza no es el huevo, cuerpo ovalado rico en proteí­nas cuyo mayor mérito es salir eyectado de una gallina sin mayor esfuerzo de su parte. Qué fácil. Con ese empaque ya tiene la mitad de la vida resuelta.
Tal distinción natural deberí­a corresponderle al cerdo, generoso y simpático mamí­fero castigado con extremidades ridí­culamente breves y esforzada respiración, sesgadamente vinculado con la porquerí­a y el mal vivir. Su vida no es sino un chiquero cuesta arriba.
Nada se desperdicia de este animal. Desde sus orejas hasta su ensortijada cola todo el chancho tiene un propósito, ya sea con un destino fi nal propio de lo alimenticio o de las subestimadas artes de la marroquinerí­a. ¡Cuántas obras clásicas de la pintura le deben su existencia a un pincel hecho de pelo de chancho!
Y entre todo lo que del chancho es chancho y por ende aprovechable, hay un elemento que podrí­a ser la clave para sacarnos del pantano polí­tico que nos aqueja: su cuero.
Revisemos primero el problema: la falta de recambio generacional entre los cuadros polí­ticos. Esto se traduce en la ausencia de lí­deres jóvenes, valientes y probos “no santos“, transmisores de un pensamiento moderno para hacer lo que se debe hacer en este paí­s desde hace 200 años.
Tal orfandad obliga al reciclaje permanente de fi guras comatosas, mañosas y/o de presunciones dinásticas con las que lo único seguro será el desbalance patrimonial de cada uno de ellos. ¿Dónde está el Justin Trudeau o la Emma Watson peruanos que nos llevarán en el 2021 a un bicentenario digno?
No están. Nadie nuevo quiere meterse en polí­tica porque está más asquerosa que nunca y porque hay déficit de cuero de chancho entre los honorables más jóvenes. Entendiéndose por cuero de chancho el atributo sin el cual no es posible hacer de la polí­tica un oficio y mucho menos un acto de servicio público: aguantar los ataques con dignidad, y las denuncias con la verdad. Que se mueva el bote, pero que no se hunda.
Pero atención. Tener cuero de chancho no ha de confundirse con ser un chancho, distorsión propia del veterano polí­tico profesional. Cuando el marranismo trasciende la piel y se instala dentro del sistema nervioso ya no estamos hablando de un alguien con empaque, sino de un cí­nico. Los cí­nicos son peligrosos.
El cinismo polí­tico suele manifestarse a través del uso psicopático del efecto teflón, marca comercial del politetrafluoroetileno. Este polí­mero, en virtud de átomos de flúor, se hace inerte: no reacciona con nada. Trasladado al escenario polí­tico hablamos de amoralidad y falta de empatí­a. La condición que en una sartenes virtud la antiadherencia, en una persona es tragedia. Son los que no se comprometen con nada ni nadie salvo ellos mismos.
En cambio, el pellejo de chancho es abundante en colágeno, proteí­na que viene a ser la encarnación molecular de lo que se llama inteligencia emocional. Ceder para ganar, resistir sin quebrarse.
Por esto, jóvenes de bien presuntamente candidateables1 deberí­an ir incorporando desde ya a su dieta diaria el delicioso chicharrón de chancho. Ya se sabe lo que le pasa a quien no lo come.
Por último, si no fuera la polí­tica su llamado vital, hay otro atributo admirable propio de este animal que hace de su ingesta una comunión ritual: el orgasmo del chancho dura media hora.
Lo que explica por qué el puerco lleva siempre una sonrisa escondida en la cara, aun camino al matadero.

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