DE MESAS GRANDES Y CIUDADES PEQUEÑAS

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Hay ciudades que se reconocen antes de leer el letrero de entrada. En la proporción de una calle, en un patio que se adivina detrás de una puerta, en un corredor donde alguien espera que termine de llover, en el cielo azul que se ve a través de una ventana. Chachapoyas tiene algo de eso, una manera particular de relacionar la arquitectura, el paisaje y la vida. Un carácter que se ha formado con el tiempo y que merece acompañarnos en lo que construyamos de aquí en adelante.

Fue una de esas mañanas en las que, casi por costumbre, entré a Facebook y me encontré con las fotografías y videos del nuevo Mercado Modelo en Chachapoyas. Y, sinceramente, desde entonces no he podido dejar de pensar en lo que vi.

Entiendo su necesidad. Los comerciantes merecen mejores condiciones de trabajo y la población necesita un mercado adecuado, seguro y digno. Comprendo totalmente la importancia de una infraestructura que permita atender lo que durante tanto tiempo ha quedado pendiente. Hay necesidades concretas detrás de esta obra y personas que esperan una mejora en su vida cotidiana.

También entiendo las exigencias de un proyecto así. Detrás de cada planta hay recorridos que ordenar, usos que compatibilizar y decisiones de seguridad, salubridad, accesibilidad, logística y presupuesto. Un mercado exige bastante rigor en su funcionamiento, en sus proporciones y en su relación con la calle. Precisamente por eso, su diseño merece una reflexión que esté a la altura de esa complejidad.

Pero hay algo que me recuerda a las épocas de fiestas en Chachapoyas, cuando la familia vuelve a reunirse. Uno se levanta temprano, sale a comprar el pan mientras la ciudad apenas despierta y regresa a casa, donde el café empieza a perfumar la cocina. Van llegando los tíos, los primos, los sobrinos y algún pariente que no veíamos desde las fiestas anteriores. Se acercan las sillas, se hace espacio donde parecía no haberlo y, entre conversaciones y risas, descubrimos que la familia ha crecido tanto que ya no cabemos alrededor de la mesa.

Entonces, con la mejor intención del mundo, decidimos comprar una más grande. Una tan grande que termina por tragarse el comedor. Ahora todos tienen dónde sentarse, ciertamente, pero apenas queda espacio para moverse. Hemos resuelto el problema, nadie podría negarlo. Lo curioso es que, en nuestro afán por hacer sitio para todos, terminamos quitándoselo a la propia casa.

Algo parecido me sucede con el nuevo mercado.

Y esta impresión no nace únicamente de una fotografía vista en redes. Las distintas imágenes de la obra, el análisis de su emplazamiento y, especialmente, los comentarios de algunos chachapoyanos que han comenzado a cuestionar su apariencia, despiertan una inquietud que considero legítima.

Porque una cosa es que una obra resulte necesaria y otra, muy distinta, que su arquitectura consiga convencernos. Y cuando son los propios habitantes quienes manifiestan cierta extrañeza ante la forma de un edificio que pasará a formar parte de su vida cotidiana, quizás convendría prestar atención. La opinión popular no reemplaza el análisis técnico, desde luego, pero tampoco debería ser un ruido de fondo que las decisiones profesionales puedan permitirse ignorar.

La extensión del volumen, el enorme protagonismo de su cubierta y la manera en que el conjunto se presenta frente a la ciudad me dejan la impresión de que su relación con Chachapoyas pudo haberse trabajado con mayor sensibilidad.

Me queda la sensación de una oportunidad que merecía más.

La identidad de Chachapoyas puede encontrarse en la escala de sus espacios, en el ritmo de sus calles, en sus patios y corredores, en la transición entre una puerta y la vereda. También en sus formas de comerciar, de conversar y de encontrarse. Son relaciones que una arquitectura nueva puede estudiar, interpretar y transformar.

Porque, si la identidad se resolviera con un techo rojo y paredes blancas, podríamos comprarla por docena.

Yo creo fielmente en que la arquitectura de una ciudad no necesita repetir indefinidamente las formas del pasado para conservar su esencia. Sería absurdo pretender que cada edificio nuevo sea una imitación de lo antiguo. La identidad también puede evolucionar, reinterpretarse y encontrar expresiones contemporáneas. Pero para reinterpretar algo, primero hay que comprenderlo.

Y comprender un lugar exige algo más que conocer sus parámetros urbanísticos.

Exige observar cómo se vive, cómo se camina, cómo se ocupa el espacio, cómo cambia la luz durante el día y cómo la lluvia transforma la relación entre las personas y sus calles. Exige reconocer aquello que hace que un edificio pueda pertenecer a Chachapoyas y no parecer simplemente trasladado desde cualquier otro lugar.

Nosotros vivimos de esa identidad. La llevamos en nuestras costumbres y la compartimos con quienes nos visitan. Nuestra cultura, nuestras tradiciones y nuestro paisaje sostienen recuerdos, afectos, oficios y oportunidades para muchas familias. Cuidar ese carácter tiene consecuencias bastante concretas.

Por eso me preocupa que terminemos acostumbrándonos a medir una obra únicamente por su tamaño, su capacidad o la fecha en que finalmente se entrega. Todo eso importa, por supuesto. Pero también importa lo que queda después ¿Cierto?, la ciudad que veremos cada mañana, los recorridos que se volverán habituales, los edificios que acabarán formando parte de los recuerdos de quienes hoy son niños.

Chachapoyas necesita seguir cambiando. Nadie debería confundir el respeto por su identidad con una resistencia al progreso. Lo que me gustaría es que ese cambio tuviera una mirada propia, capaz de producir arquitectura contemporánea sin perder la sensibilidad hacia el lugar que la recibe.

Quisiera que esta reflexión acompañe las próximas propuestas, sean mercados, colegios, terminales o cualquier otra infraestructura pública. Que se estudien distintas alternativas de volumen y de implantación. Que se caminen las calles antes de dibujarlas desde una oficina. Que se escuche a los comerciantes, a los vecinos y a quienes usarán esos espacios todos los días.

Que el cuidado por la ciudad esté presente desde las primeras decisiones. La sensibilidad no debería llegar después, tramitada como un adicional de obra.

No pretendo convertir una apreciación sobre el diseño en una sentencia sobre todo el proyecto. Reconozco su necesidad y el esfuerzo que representa hacerlo realidad. Mi preocupación nace, precisamente, de entender la importancia de estas obras y de lo mucho que podemos ganar, o dejar escapar, con cada decisión que tomamos.

Y como en cualquier proyecto, un día retirarán los andamios, se guardarán los planos y alguien dará por terminada la obra. Pero las ciudades no se terminan cuando se inauguran sus edificios. Siguen amaneciendo entre sus calles, con el pan tibio bajo el brazo y el café esperando en casa. Siguen recibiendo a quienes se fueron y a quienes nunca se marcharon. Y aquello que hoy construimos, nos guste o no, terminará formando parte de los recuerdos de quienes todavía no han nacido.

Por eso quisiera que, cuando volvamos a dibujar el futuro de Chachapoyas, recordemos que el progreso también puede tener memoria. Que crecer no signifique necesariamente ocupar más espacio, sino aprender a habitarlo mejor. Que lo nuevo encuentre su lugar sin hacer extraño aquello que siempre sentimos nuestro.

Porque, después de todo, nunca se trató solo de una mesa lo suficientemente grande para todos.

Se trataba de que, cuando finalmente estuviéramos sentados alrededor de ella, todavía pudiéramos reconocer nuestra casa.

– NAWI

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