¡El Perú que podría ser!

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Escribe: César Gallo Lale – Teniente General FAP

Tu voto decidirá si aspiramos a construir un futuro de prosperidad y libertad o si permitimos el avance de ideas que, son retrógradas y totalmente fracasadas por su sectarismo allí donde se han aplicado.

Podemos imaginar un Perú distinto. Un Perú donde jamás hubieran existido la corrupción, la ambición desmedida, la traición a la patria ni las ideologías que enfrentan a los hermanos entre sí. Un Perú en el que la riqueza material de sus montañas, ríos, bosques y mares hubiera estado siempre acompañada por la nobleza de sus habitantes y gobernantes.

La Providencia quiso dotar a nuestra tierra de una abundancia extraordinaria. Oro, plata, cobre, litio, gas, tierras fértiles, océanos generosos y una biodiversidad incomparable fueron depositados en ella como piedras preciosas dispersas sobre un inmenso jardín. Sin embargo, esas riquezas, por sí solas, no constituyen la máxima belleza de una nación.

Así como el artista contempla el mármol y descubre en él una escultura aún invisible, también los ciudadanos de un Perú virtuoso contemplarían su patria como una obra destinada a ser perfeccionada. No para corregir un error de la Creación, sino para desarrollar plenamente los dones que Dios colocó en ella.

En ese Perú ideal, los gobernantes no verían el poder como un botín, sino como un servicio. Los jueces no venderían sus sentencias. Los funcionarios no negociarían favores. Los empresarios no buscarían privilegios indebidos. Los ciudadanos comprenderían que el bienestar común es una responsabilidad compartida.

La inmensa riqueza natural del país dejaría de ser motivo de disputas y saqueos para convertirse en fundamento de prosperidad para todos. Las vías de comunicación unirían pueblos y regiones; las escuelas formarían hombres y mujeres libres y responsables; los hospitales servirían con dignidad; y las Fuerzas Armadas y la Policía serían instituciones respetadas por su honor y sacrificio.

Pero la verdadera riqueza de ese Perú no estaría bajo la tierra, sino en el corazón de sus habitantes.

Sería una nación donde la palabra dada conservaría su valor; donde la honestidad no fuera una excepción heroica, sino una costumbre cotidiana; donde el éxito personal nunca estuviera separado del deber hacia la comunidad. Las familias educarían a sus hijos en el amor a la verdad, el respeto por la justicia y el orgullo de su historia.

Al recorrer sus ciudades y campos, el visitante encontraría orden sin opresión, libertad sin libertinaje y progreso sin pérdida de identidad. Cada región aportaría sus talentos particulares a una armonía nacional superior, como las diversas voces de un gran coro que interpreta una misma melodía.

Quizá veríamos a los jóvenes dedicar su inteligencia a la ciencia, al arte, a la agricultura, a la industria, al deporte y al servicio público. Los mejores talentos no emigrarían en busca de oportunidades lejanas, porque encontrarían en su propia patria el espacio para realizar sus aspiraciones.

Las antiguas riquezas del Perú, admiradas durante siglos por el mundo entero, serían entonces apenas el reflejo externo de un tesoro más grande: una sociedad fundada sobre la virtud.

Imaginemos por un momento caminar por una plaza de ese Perú. Los niños juegan con seguridad. Los ancianos son respetados. Los comerciantes prosperan gracias a su trabajo. Los maestros son reconocidos por formar generaciones. Los soldados son admirados por su honor. Los gobernantes son recordados por las obras que dejaron y no por los escándalos que protagonizaron.

¿Qué sería todo esto? Sería el resultado de una nación que comprendió que el verdadero desarrollo no consiste únicamente en extraer riquezas de la tierra, sino en cultivar grandeza en el alma de sus ciudadanos.

Tal vez algunos llamen a esta visión una utopía. Sin embargo, las grandes transformaciones humanas siempre comenzaron como ideales contemplados por espíritus que se negaron a aceptar la decadencia como destino, porque los pueblos, al igual que los hombres, se convierten en aquello que son capaces de imaginar.

Hoy nos enfrentamos a una decisión trascendental: elegir si deseamos forjar un Perú que llegue a convertirse en una obra maestra del futuro o resignarnos a seguir siendo una nación complaciente, debilitada por la cobardía, la miseria y la indigencia moral.

Tu voto decidirá si aspiramos a construir un futuro de prosperidad y libertad o si permitimos el avance de ideas que, son retrógradas y totalmente fracasadas por su sectarismo allí donde se han aplicado. Piénsalo bien, porque en esa decisión también está en juego el mañana de tus descendientes.

Si no somos capaces de emprender este camino de renovación nacional, las consecuencias serán responsabilidad de todos.

Finalmente, los peruanos deben recordar que las leyes, las constituciones y los sistemas políticos solo conservan su legitimidad cuando están sustentados en valores superiores. Entre ellos destaca el Honor, fuente de integridad, coraje y compromiso con la verdad. Porque el Honor nace del alma, y el alma pertenece únicamente a Dios.

El Perú atraviesa momentos que exigen reflexión y firmeza. Si las instituciones no son capaces de corregir sus errores y responder a las legítimas demandas de la nación, será indispensable que prevalezcan el deber, la responsabilidad y el amor a la Patria. Las Fuerzas Armadas del Perú, forjadas en una tradición de honor, servicio y sacrificio, conocen mejor que nadie el peso de esos principios y la trascendencia de su misión histórica.

¡FRAUDE, COMUNISMO Y TERRORISMO NUNCA MÁS EN EL PERÚ!

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