El problema no es el comunismo. El problema es la justicia

Facebook
LinkedIn
WhatsApp
X
Telegram

Jindley Vargas

Cuando la ultraderecha grita “¡comunismo!”, no habla de Marx ni de China: habla de todo lo que desafía su poder: justicia social, educación pública, salud universal, impuestos progresivos, derechos laborales, feminismo, derechos humanos, cambio climático. En su lógica, todo lo que busca dignidad es comunismo y debe ser combatido, arrasado.

Lastimosamente ese grito tiene su comparsa en ciudadanos que sometidos por el miedo y confundidos por el espejismo del salón de las élites, defienden privilegios inalcanzables y repiten discursos que los excluyen. Odian al pueblo porque sueñan con sentarse en la mesa del rico, aunque nunca hayan sido invitados, y en su obediencia se niegan a sí mismos, convirtiéndose en cojudos guardianes del sistema que los humilla y posterga.

Así nace una lucha intestina entre compatriotas: unos reclaman justicia, otros la descalifican, mientras la ultraderecha domina al pobre de derecha con el espejismo de su banquete. Los más desubicados terminan votando por quienes los despojan, no por economía, sino por la herida moral de la humillación. Buscan respeto y pertenencia, pero solo encuentran el falso moralismo de quienes prometen orden y patria mientras les arrebatan derechos, salud y futuro.

El resultado es claro: la ultraderecha sonríe, el sometido se enorgullece de su obediencia, y la justicia queda postergada, esperando que alguien despierte del espejismo y reclame lo que siempre le ha pertenecido.

“Comunista” ya no es ideología: es etiqueta para silenciar al que reclama, deslegitimar al que propone justicia y reemplazar la política por el miedo y el terror. Es el grito del statu quo, el escudo de quienes viven sobre el trabajo, el temor y la obediencia de los demás. En realidad, no se teme al comunismo: se teme a que la dignidad se vuelva mayoría.

Chachapoyas y el mundo no necesitan menos comunismo. Necesitan más justicia. Y para eso, hay que dejar de repetir el guion del amo y empezar a escribir el relato de quienes trabajan, resisten y transforman.

Artículos relacionados: