27/03/17 – 06:13
Por Eduardo Gonzales Viaña
Las casas de Trujillo, una ciudad con historia, podrán caer por las lluvias, pero Trujillo seguirá de pie.
Marzo de 1824, en la cuadra cuatro de lo que es hoy la calle San Martín de Trujillo, un hombre observa desde una ventana.
Tiene más mirada que cuerpo. Por ser tan delgado, se diría que carece de sombra. Se llama Simón Bolívar.
Los españoles han reconquistado Lima, pero a este hombre le basta con Trujillo. Sabe, tal vez por profecía, que el apoyo del norte del Perú definirá la causa de la libertad.
En esta casona trujillana, comienza a nacer la República. Bolívar instalará en ella su cuartel general. Desde allí convierte a Trujillo en la capital del país, instala las primeras instituciones democráticas, funda la Corte Suprema y establece la primera universidad republicana del Nuevo Mundo.
Bolívar sueña tal vez allí con esa comunidad de países y de utopías que debe ser algún día nuestra América. Sin embargo, no tiene el más mínimo presentimiento de que esa calle se convertirá casi dos siglos más tarde en un río de olas negras que transportará piedras, viviendas, sueños destruidos y cadáveres.
6 de noviembre de 1922, esa misma casa signada con el número 422, es estudio y residencia del abogado Andrés Ciudad. A las seis de la mañana llegó a ella un caballero vestido de negro llamado César Vallejo. Ese día, después de que él ingresara, la soberbia puerta barroca permaneció cerrada hasta las 6 de la tarde en que, sin tocar los aldabones, nueve gendarmes comenzaron a dar golpes de comba sobre la colosal madera hasta que la derrumbaron, e irrumpieron a balazos mientras preguntaban: ¿Dónde está Vallejo?
Lo hicieron extender los brazos, le colocaron esposas, se pusieron detrás de él y lo obligaron a caminar en dirección de la cárcel. Parte de ese camino lo sigue en marzo del 2017 un río negro que parece surgido del infierno.
En la misma calle y dando esquina con Gamarra, comienza el edificio del seminario de San Carlos y San Marcelo, fundado en 1625, el colegio más antiguo de América.

En la puerta de una casa situada en la cuadra siete, el pintor Mariano Alcántara y el novelista Ciro Alegría me contaron una vez la forma en que salvaron la vida en la Navidad trágica de 1931. Esa noche, con el ánimo de intimidación, una patrulla del ejército de la dictadura ingresó en el local aprista y ametralló a celebrantes, en su mayoría madres y niños. Relatar esa historia otra vez será materia de otro correo de Salem.
Enfrente de Mariano Alcántara viví yo durante toda mi educación universitaria. Era una casa centenaria que heredara de mi padre. Allí, en el siglo anterior, se habían reunido los poetas Eduardo González Alvarado, mi abuelo, Raúl Edmundo Haya y Cárdenas, padre de Víctor Raúl Haya de la Torre, y Celso Santelices Márquez para planear la fundación de la revista Primavera? -publicada a partir de 1880- que daría origen al primer grupo literario de Trujillo.
En julio de 1932, varios camiones militares cargados con los luchadores apristas avanzaron por todo lo largo de la calle San Martín. Los soldados a pie daban gritos feroces celebrando su triunfo luego de una batalla en la que las fuerzas congregadas del ejército se tardaron una semana para rendir a la ciudad insurrecta. Por su parte, aunque sabían que iban a ser fusilados, los combatientes rendidos iban cantando la Marsellesa.
Nadie sabe a dónde van tantos ideales, tantas quimeras, tantas visiones, tantos sacrificios. En este artículo me he limitado a recordar, desde una sola de sus calles, a la ciudad que fue la primera en proclamar la independencia del Perú. Por en medio de esa calle corre ahora, semana tras semana, un río tormentoso que por ratos disminuye que por otros momentos crece apagando vidas, sueños y utopías. Si continúa fluyendo, caerán las casas, pero Trujillo no caerá.




