Sábado, 15/10/16 – 4.02 p. m.
Por: Mauricio Cuadra – Político.pe
Corresponde ahora, además
de castigar al abusador y a quienes lo encubren, asegurar medidas de no
repetición.
Pocos seres humanos me provocan tamaña indignación: uno de
ellos se llama Luis Fernando Figari, protagonista de uno de los casos más
terribles de sistemático abuso sexual y físico contra menores dentro de un
movimiento religioso peruano.
Tuvo que pasar mucho tiempo para que las víctimas fueran
escuchadas. Y cuando ello ha ocurrido, la desfachatez y la poca vergüenza del
abusador no se hicieron esperar. Esta semana, en el marco de una diligencia de
investigación realizada en Italia, Figari brindó su testimonio y negó
rotundamente los cargos por los que se le acusa, pese a que su propio
movimiento ya ha reconocido la verosimilitud de las múltiples denuncias de
violencia sexual y psicológica dentro del Sodalicio.
Lamentablemente, casos como el de Figari hacen méritos para
afianzar la teoría de que la Iglesia Católica calla y, por ende, entorpece u
obstruye investigaciones de presuntos delitos perpetrados por su gente. Y pasa
cuando debería ocurrir absolutamente todo lo contrario: que voces firmes de sus
máximas autoridades en el Perú y en el mundo salgan a condenar estos actos
cuantas veces sea necesario, y facilitar el acceso a la justicia para las
víctimas. Callar no es más que proteger abusadores sexuales y burlarse de todos
nosotros.
Corresponde ahora, además de dar castigo ejemplar al
abusador y a quienes lo encubren, asegurar medidas de no repetición. Es
necesario preguntarnos qué estamos haciendo para garantizar que nuevos Figari
no aprovechen una posición de jerarquía o el disfraz de apoderado y educador
para destruir la inocencia de niños y niñas, negándoles las posibilidades de
una vida íntegra y feliz sin traumas ni rezagos de violencia física.
Las generalizaciones son nocivas. Nadie duda que haya de los
buenos que honran al crucifijo y a la fe pero la cruda realidad revela que hay
diablos que aún visten la sotana.
(JDR)




