Frente a los balazos, el cinismo de las estadísticas

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Por: Umberto Jara

Las crisis tienen varios efectos, uno de ellos es hacer caer las máscaras, dejar desnudo al disfrazado. José Jerí ganó puntos en las encuestas gracias a la eterna ingenuidad del ciudadano promedio que creyó en el Bukele peruano que vigilaba las calles hasta la madrugada. Pero, en la cruda realidad, los balazos seguían tronando.

Ahora que Jerí enfrenta una severa crisis, estamos viendo su real condición: no es más que un simple pendejerete, palabra que la lingüista Martha Hildebrandt definía como alguien que pretende ser muy astuto o vividor pero, en realidad, es torpe o de poca monta.

Ayer en su conferencia de prensa con camisa blanca rodeado de sus oscuros ministros y funcionarios, José Jerí —el coqueto a toda máquina— mostró que es una versión chicha de Martín Vizcarra. Terrible metáfora: existe alguien que puede ser peor que Vizcarra.

Los que lo rodean en la sombra encabezados por el niño Ilich López, le han recomendado seguir los pasos de Vizcarra: habla, habla y sigue hablando. Ejerciendo su torpeza, Jerí no se da cuenta de que ese método deja un tendal de evidencias delictivas. Por definición el pendejerete no se da cuenta de sus torpezas y Jerí no percibe que el Código Penal le está abriendo, de par en par, sus sombrías páginas. En medio de todo, tiene suerte: el cinismo no está tipificado como delito; si lo estuviera, Jerí tendría asegurada una cadena perpetua.

Hago esa afirmación porque en su conferencia de prensa, incurrió en una indignante exhibición de cinismo: decidió vestir con estadísticas su fracaso en el combate contra la delincuencia. No habló de acciones específicas. No habló de los asaltos diarios ni de las extorsiones que ahogan barrios enteros. Habló de estadísticas.

Se trata de un inútil y viejo método de la política tradicional: cuando la realidad te derrota usa las estadísticas. El problema es que Jerí, ocupado en dar likes a las agraciadas muchachas que luego contrata, no se ha enterado que hace más de un siglo el escritor Mark Twain mostró la falsedad del método: “Hay tres tipos de mentiras: las mentiras, las malditas mentiras y las estadísticas”.

Frente a ciudadanos que entierran a sus familiares, frente a choferes abaleados, frente a miles de víctimas de extorsionadores y sicarios, el presidente Jerí exhibió porcentajes. Frente al miedo cotidiano, ofreció curvas supuestamente descendentes. Frente al delito desbordado, presentó la coartada de las estadísticas.

Es el uso deliberado de la mentira. Es un indignante cinismo.

Jerí, graduado con honores en ineptitud, está recurriendo al recurso más viejo del poder incompetente: refugiarse en el supuesto prestigio de las cifras para ocultar la miseria de su gestión.

Siempre he creído que ciertos economistas son diestros en pintarnos “realidades” con estadísticas, de modo que le pedí a un amigo de esa profesión un dato y me alcanzo éste: Darrell Huff, autor de Cómo mentir con estadísticas, sostiene que las estadísticas permiten mentir sin que parezca que se está mintiendo. Basta seleccionar los datos convenientes, omitir lo que estorba y listo: el fracaso se convierte en “avance”.

De manera innoble, Jerí y sus secuaces sostuvieron ante el país que el delito ha bajado porque así lo indica una serie de cifras elegidas por ellos. Es una acción que agravia al ciudadano porque la vida cotidiana demuestra lo contrario. La inseguridad, los muertos, los heridos, los extorsionados no se miden con porcentajes ni reportes policiales; se miden en las calles asustadas, en los negocios que cierran temprano, en las llamadas extorsivas, en los colegios que cambian horarios por miedo y en los noticieros que abren cada día con sangre.

Todo eso se ha querido disfrazar con el Excel de las estadísticas. Pero las estadísticas no detienen balas. No frenan extorsiones. No devuelven a los muertos.

Cuando un presidente se refugia en cifras en medio de una emergencia criminal, lo que está diciendo es que no tiene control, no tiene respuestas y no tiene liderazgo. En este tiempo de Tik Tok a toda máquina, me permito acudir a la sabiduría de un libro en el cual Albert Camus entrega una frase que dibuja a Jerí: “El cinismo no es lucidez, es una forma de cobardía”.

En la actual situación que padece el país, el uso político de los números no es solo inútil: es ofensivo. Es pretender algo imposible: que las estadísticas demuestren que todo va bien. Es tratar como tontos a millones de peruanos que día a día padecen la inseguridad.

Ha dicho Jerí con una frescura propia de Vizcarra: “He cumplido con lo que prometí”. Un presidente que cumple no necesita estadísticas; muestra hechos. Jerí recurre a las cifras para disfrazar su fracaso. Cuando el poder empieza a esconderse detrás de los números, significa que las estadísticas no son una explicación, se convierten en mentira.

Un periodista escocés amigo de la ironía y el buen whisky, Andrew Lang, nunca conoció a Jerí pero dejó una frase precisa para él: “Algunas personas usan las estadísticas como un borracho usa un poste de luz: más para apoyarse que para iluminarse”.

El problema es que, al final, el borracho termina en el piso. ¿Y el país?

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