Por: Jindley Vargas – FREDDICH
Meses después de la primera piedra y semanas de constatar cero avances en la obra, la historia del Hospital Santiago Apóstol no solo se mide en ladrillos ausentes, sino en porcentajes que revelan la estafa: 241.3 millones presupuestados, 166.61 millones girados, 69.05% de avance financiero y apenas 1.7% de avance físico. Según la página amigable del MEF, aún faltan 23 millones por asignar, lo que confirma que el dinero circula, pero la obra no.
A esta evidencia se suma el silencio del Gobierno Regional de Amazonas, de la propia UNOPS y de la empresa china adjudicataria, que evitan rendir cuentas y se esconden tras cronogramas incumplidos y propaganda hueca, mientras Utcubamba sigue esperando un hospital que nunca llega.
Sorprende también la mínima reacción ciudadana. Los usuarios, cansados de promesas incumplidas, apenas murmuran su indignación. Los candidatos, lejos de apuntalar un proyecto emblemático, prefieren bailar, cantar y tocar maracas y güiros en busca de votos, bajo la lógica perversa de esperar primero ganar elecciones para recién actuar.
Pero no son los únicos ausentes: el Frente de Defensa, el alcalde provincial, los regidores y los consejeros guardan un silencio cómplice, incapaz de interpelar la parálisis de una obra que debería ser símbolo de dignidad y salud pública. Así, la salud se convierte en moneda de cambio electoral y la indiferencia institucional en el cemento que sostiene la corrupción.
La prensa, que debería ser altavoz de la indignación, en algunos medios y por obra de ciertos periodistas se ha degradado a mercancía: ocultan temas emblemáticos, negocian la información y sofocan la voz ciudadana. No es ajeno que Gilmer Horna, artífice de esta felonía contra Utcubamba, pague comunicadores para que funjan de relacionistas públicos, mientras gremios periodísticos permiten que la noticia se disfrace de propaganda. Quienes se prestan a este juego no informan: encubren. No ejercen periodismo: llevan el alimento a su mesa con la carroña de la mentira.
El resultado es brutal: millones devengados, un hospital ausente. El Santiago Apóstol se ha convertido en el espejo más nítido de la corrupción institucionalizada. Utcubamba no necesita bailecitos, canciones ni maracas: necesita un hospital que salve vidas.
Y no se debe olvidar que esta estafa financiera no empezó hoy. En 2023, la nulidad mal declarada del contrato con Sinohydro obligó a revertir 30 millones de soles al Tesoro Público. No bastó con eso: a finales de ese mismo año, para simular eficiencia de gasto, el Gobierno Regional de Amazonas depositó 65 millones de soles en una cuenta de fondo de garantía. Los titulares «periodísticos» celebraron la farsa, pero el MEF, al descubrir el maquillaje, ordenó la devolución del dinero.
El saldo es demoledor: cerca de 100 millones de soles evaporados entre negligencia y propaganda en 2023. Dinero perdido, revertido y maquillado, que nunca se tradujo en obra ni en atención médica.
A esa sangría se suman los 166 millones ya devengados en la actualidad, que corren peligro de perderse sin dejar un solo ladrillo en pie ni un servicio operativo.
Millones que circulan en papeles y cuentas, pero no en paredes ni camas. Y todavía están pendientes 23 millones por asignar, atrapados en la misma lógica de burocracia y propaganda, con el riesgo de engrosar la lista de cifras que se mueven en expedientes, pero nunca en infraestructura.
El Hospital Santiago Apóstol es hoy doble símbolo de corrupción: primero por los recursos evaporados, y luego por los millones devengados y pendientes sin fruto. Un hospital sin cimientos, un pueblo sin atención, y una salud pública reducida a negocio de intermediarios y propaganda de ceremonias.
La ciudadanía debe romper el silencio, exigir transparencia y transformar la indignación en acción. Porque sin presión ciudadana, el hospital seguirá siendo un monumento a la incompetencia y la salud continuará convertida en mercancía de corrupción.




