HUMILDAD Y FRATERNIDAD

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Pastillita para el Alma 07 – 01 – 2026

La vida, con el paso de los años, va llenando una alforja invisible que cargamos a la espalda casi sin darnos cuenta. Alforja de bayeta, blanca y azulina, remendada con guatopa e hilo de cabuya. En ella se mezclan penas y alegrías, triunfos y fracasos, suspiros, sonrisas, dolores y esperanzas. Para quienes hemos dedicado nuestra existencia al servicio —como médicos, bomberos, policías, leones, rotarios, maestros o servidores públicos— esa alforja no solo guarda recuerdos, sino también historias humanas profundas, como testimonios sagrados que nunca se cuentan. No solo hemos tocado cuerpos llagados, enfermos o cansados; heridos o quemados, niños o ancianos tullidos, drogados, o perturbados mentales, terroristas y delincuentes, … muchas veces, sin proponérnoslo, hemos hurgado en los sentimientos y emociones de las personas, comprendiendo que el cuerpo humano es apenas la morada temporal del alma, creación perfecta de nuestro Padre Celestial, pero que, en diferentes circunstancias y/o situaciones, tenemos la obligación de ayudar, sin mirar a quien y las más de las veces sin que nos pidan y ser verdaderos metiches..

Sin ser entendido como favorecido o ser llamado suertudo y hasta vanidoso, pero una de las virtudes que más hondo han calado en mi vida, es la Humildad, tierra fértil donde germinan todas las virtudes, cuando niño recuerdo, que la mayoría de mis compañeritos de mi escuela Primaria el Centro Escolar N° 131, en Tushpuna, al final del ahora jirón Amazonas, en Chachapoyas, no tenían zapatos y se iban descalzos, “pata cala”, por lo que al salir de mi casa me quitaba mis zapatos y escondía entre las pencas del cerco de la Escuela de Mujeres y caminaba las diez cuadras, cuatro veces al día, por la sequia donde corría el agua del desagüe de las casas y nunca tuve infección en los pies de bacterias ni de hongos. Felicidad estar y vestir como los otros, sin pretensiones, sin lucimientos y no esperar que te diga el Guaranguito “quítate los chuzos para ver si eres macho” y agarrarte a trompadas, hasta que te salga sangre de la singa y terminaba el pleito sin resentimientos ni amarguras.

Humildad, según decía don Lucho, era cargar la alforja, la bolsa o llevar la canasta de la madre Martha, con todo lo que conseguía, las más de las veces de regalo de los víveres para alimentar a los enfermos del Hospital que estaba detrás del cementerio, pero vaya que andaba ligero la bendita madre y encima de mal genio riñéndote, cuando no andabas ligero. Me agarró una sola vez y ahí me di cuenta que eso no era ser humilde sino tonto, aunque, valía para llenar la “taleguita” de granos de trigo que te daba el director de la Escuela don Luis Noriega Vigo todos los sábados, para poner un granito por cada acción buena que hacías, pero, ayudando a la madre, por lo lejos del hospital y lo que pesaba, era para echar un puñado y no un granito.

La verdadera humildad, es ayudar de corazón, sin que nunca te humillen, desprecien ni denigren; por el contrario, dignifica, eleva y si es posible, recompensa, como decía don Lucho, pero la madre Martha solo decía “ponlo en el poyo de la cocina y vete”.

Aunque en estos tiempos de confusión, ahora en Lima, se suele llamar “humilde” al pobre o al carente de recursos, como si la humildad fuera sinónimo de escasez. Nada más lejano de la verdad. La humildad no depende de la billetera, del cargo, ni del apellido, ni de la ropa lujosa y de marca, ni siquiera de los galones, medallas ni condecoraciones; depende de lo que somos, con buena razón y de la pureza del corazón para ayudar y servir.

Con frecuencia se etiqueta, también, a los asentamientos humanos como “poblaciones humildes”, que tienen nombres de personas notables o de “aquellos que purgan condena en las cárceles o se hallan fugados” y lo tratan a su gente con desprecio y desdén, como si ellos serían los que se fugaron. Esa manera de hablar, hiere profundamente, genera resentimientos y siembra complejos de inferioridad que pueden durar toda una vida. Recuerdo de un señor, dizque hacendado que caminaba cojeando porque sus botas de tubo el del pie derecho se puso al pie izquierdo y lo echaba la culpa al “cholo que lo ayudó” a quitar las botas cuando se fue a dormir y sin más ni más lo agarró a patadas para que aprenda a ayudar bien. Llegó la Reforma Agraria y según contaba el “indio mal agradecido” se atrevió a alzarle la mano.  Es cierto, muchas veces ocurre que quienes han sido humillados, cuando, alcanzan poder, repiten el mismo maltrato que sufrieron y algunas veces, dañando a otros inocentes, realizando venganzas y abusos descontrolados, muchas veces dañinas para una población entera.

Desde jóvenes, la vida nos va enseñando, a veces con golpes duros, que la soberbia es una máscara frágil. Creerse superior, por hablar distinto, vestir mejor o haber vivido en otro lugar es una ilusión pasajera, que el mentecato y vanidoso, recibe su merecido del “poblano y el desairado, con su entrepierna del pantalón hasta sus  rodillas”, como sucedió con el criollito que regresó de la Costa y recibió su merecido, el supuesto campeón de karate y Lucha Libre. El tiempo, maestro implacable, termina colocando a cada uno en su sitio y nos recuerda que lo único que permanece, es la amistad sincera, el respeto mutuo y la calidad humana. Llegamos a este mundo desnudos y nos iremos de la misma forma, cubiertos apenas por una mortaja, ese será el único uniforme que todos vestiremos al final.

La humildad no consiste en hacerse menos de lo que uno es, ni en negar los logros alcanzados con esfuerzo honesto. Fingir modestia, también es una forma de mentira. La verdadera humildad es conocerse, reconocer las propias capacidades sin alardear y aceptar las propias limitaciones sin timidez. Como decían los mayores con sabiduría sencilla: esfuérzate por alcanzar al que va delante, aprende de él, y si no eres el primero, conténtate con ser el segundo, porque si él pudo, tú también puedes lograrlo, pero, nunca olvides que todos merecen respeto, el grande y el pequeño, el rico y el pobre y más aún, el desvalido y el minusválido.

La humildad se manifiesta en los gestos simples de la vida diaria. En el “gracias” dicho con sinceridad. En el trato respetuoso al que limpia las calles, cuida los autos o sirve una taza de té. En la indignación, frente al maltrato del más débil. En la capacidad de conmoverse ante el sufrimiento humano y también ante el abandono de un animal indefenso. Ser humilde es mirar al otro, con ojotas, camisa de tocuyo y pantalón de dril, tratarlo como igual, en dignidad y ponerse, aunque sea por un momento, en su lugar para saber lo que siente y como duelen los maltratos y desprecios.

Pero la humildad, para ser plena, debe caminar de la mano de la FRATERNIDAD. No puede existir verdadera fraternidad sin humildad, ni humildad auténtica sin espíritu fraterno. La fraternidad nace cuando comprendemos que el otro no es un extraño, sino un hermano. El humilde y fraterno no busca brillar más que los demás; busca que todos brillen juntos. Se bondadoso, todo tiempo en tus actitudes y comportamiento y recuerda que el hábito no lo hace al monje, ni los galones brillan más con acciones pedantes y arrogantes ni tampoco los vestidos de seda con adornos dorados son motivos de privilegios y caprichos. No te vanaglories en logros pasajeros ni menosprecies a quien te pide un favor. Nunca olvides, hoy podemos ser quienes ayudan; mañana, quienes necesitan ayuda. La fraternidad no exige que todos pensemos igual.

La soberbia separa, la humildad une. La soberbia levanta muros; la humildad construye puentes. El hombre humilde escucha antes de juzgar, dialoga, antes de imponer y corrige sin humillar. Allí nace la fraternidad verdadera, esa que no se proclama en discursos, sino que se vive en el respeto cotidiano, en la solidaridad silenciosa y en la capacidad de alegrarse sinceramente por el bien ajeno.

Aprende a decir “gracias”, “por favor” y “discúlpame” sin sentir que pierdes autoridad o dignidad, porque esas palabras engrandecen el alma y fortalecen los lazos humanos y no decir “padrino” si no lo sientes. Trata con el mismo respeto al que dirige una institución que al que barre una calle, al gerente de tu restaurante que se luce con sus comensales, como a la pobre mujer que pela las papas y lava los cereales, recordando que la dignidad no está en el cargo, sino en la persona.

Muchos conflictos humanos nacen de pequeños orgullos mal gestionados: no saber pedir perdón, no saber reconocer un error, no saber decir “me equivoqué”. Un “discúlpame” sincero vale más que mil argumentos. Un abrazo dado desde el corazón, puede reconstruir fraternidades rotas por años de silencio y resentimiento. En este gran teatro de la vida podemos engañar a los hombres, pero nunca a nuestro Creador. Comparte lo que sabes, no para lucirte, sino para servir; el conocimiento que no se comparte se marchita. Corrige con respeto y recibe la corrección con gratitud, porque la humildad sabe enseñar y también sabe aprender. Practica la compasión con el enfermo, con el anciano, con el niño, con el caído y también con quien se equivoca, recordando que nadie está exento de necesitar misericordia. Demuestra tu grandeza soportando y tolerando los insultos y las afrentas físicas.

Existen personas que encarnan esta forma de vida de manera admirable: aquellos que arriesgan su vida por otros sin esperar nada a cambio. Los bomberos, los verdaderos Caballeros del Fuego, enseñan que la grandeza humana no está en mandar, sino en servir. Ellos actúan con humildad y espíritu fraterno, muchas veces sin recibir siquiera un “gracias”, al igual que ese grupo de hombres justos, de diferentes profesiones, reunidos cada semana en oración, verdadero ejemplo de Humildad y Fraternidad que, a golpe de mazo y cincel, se preocupan de construir su templo espiritual, humanamente débiles, humillados ante DIOS, reconociendo su Poder inmenso, porque ÉL es dueño de todo lo que hay en el Universo, dueño de nuestra vida y a ÉL ruegan los proteja y cuide como una gran familia de hermanos unidos en una gran cadena de solidaridad, porque al final de la vida, no seremos recordados por lo que acumulamos, sino por el bien que hicimos, en silencio, con amor y con humildad de sana fraternidad, teniendo en cuenta que la humildad nos recuerda quiénes somos; la fraternidad nos recuerda para qué estamos en este mundo y juntas, estas virtudes, hacen al ser humano más grande, más justo y más cercano a DIOS, recordando cada día que todo lo que tienes es prestado: la vida, la salud, el talento y el tiempo, porque esa verdad inquebrantable mantiene el corazón sencillo y nos hace vivir de tal manera que, cuando ya no estemos, no se les recuerde por cuánto tuvieron, sino por cuánto BIEN hicieron. Ellos saben que la humildad y la fraternidad no se predican: se viven y perduran en el tiempo, más que las placas, los monumentos, las medallas y las condecoraciones y que por encima de todos los ejemplos humanos, está Jesucristo, Quien siendo DIOS no eligió el camino del poder ni de la ostentación, sino el de la humildad, el servicio y la entrega total, incluso en el momento de su muerte.

En CRISTO y solo en Él, encontramos la síntesis perfecta entre humildad y fraternidad. “Ama a tu prójimo como a ti mismo y también a tus enemigos. Bendecid a los que os maldicen y orad por los que os calumnian”. Lc 6:27

EL ULTIMO TRANVÍA

Ha llegado la hora / del último tranvía. / Cuando se van los sueños / y se termina el día. / Cuando el hombre gastado / de haber vivido tanto / bebe vino en la parra / regada por su llanto// x H. Vílchez Vera

Jorge REINA Noriega

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