LA ESPOSA DEL PRESIDENTE

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Pastillita para el Alma 27 ? 09 ? 16
Trabajaba en mi ClÍnica Virgen de Lourdes, eran aproximadamente las 7 de la noche, atendÍa a una señora que venÍa de provincias trayendo un niño con una malformación congÉnita que es  frecuente en las patologÍas de nuestro medio, por lo que estaba  aterrada y habÍa dado motivo para que tenga una desavenencia con su esposo, que la culpaba  de dicho problema. La situación se me presentaba embarazosa, porque tenÍa que devolverle la tranquilidad para que ella y su esposo se convenzan que ninguno de los dos era culpable y explicarles que si bien parecÍa muy difÍcil el cuadro que presentaba su niño, en este tiempo, con las nuevas tÉcnicas de CirugÍa Plástica Reparadora, su hijito se iba a recuperar casi en su totalidad.
En estas circunstancias, en que habÍa mucha tensión en el ambiente, la señorita enfermera se acerca y me dice:
*Doctor, la señora del Presidente está afuera y desea que la atienda*.
Ni corto ni perezoso y dándome Ínfulas de importante, que no es mi forma de actuar, contestÉ muy suelto de huesos:
*Señorita, dÍgala que espere, que estoy atendiendo a un paciente, tan importante como ella*.
La señorita, algo turbada, abandonó el consultorio, pero, despuÉs de algunos instantes prudenciales regresó y volvió a decirme con una voz entre preocupada y angustiada.
*Doctor, dice la señora, que solo desea hacerle una pregunta y que se disculpa por interrumpirle, pero es urgente*.
Mi respuesta, fue más enÉrgica y contundente:
*Señorita, usted sabe, que para mÍ, todos mis pacientes son iguales y por favor, vuelva a decirle que espere*.
Salió la enfermera más preocupada que la primera vez, entonces me puse a pensar y si esta señorita me está diciendo la verdad y en realidad está afuera la primera dama de la Nación?
PedÍ disculpas a los presentes y abrÍ la puerta y no se imaginan ustedes, cuál serÍa mi sorpresa cuando afuera estaba la esposa del Presidente de la RepÍblica,  me quedÉ absorto, quise disculparme, pero, no me dio tiempo y con una amabilidad y una dulzura que pocas veces se escucha y que no olvidarÉ nunca, me dijo:
*Doctor se que su tiempo es muy valioso, pero me urge conocer el estado de salud de una señora que trabaja conmigo y está hospitalizada en el segundo piso*.
El resto del incidente ya no tengo porque relatarlo, solo que despuÉs de la visita a su paciente,  le acompañÉ hasta la puerta y se retiró con la misma sonrisa angelical con la que la encontrÉ.
Yo pensaba, para actuar asÍ, como lo hice, que la señorita enfermera, en vista de que me demoraba más de lo normal con un paciente, habÍa buscado un pretexto para interrumpirme, o tal vez lo hacÍa para impresionarlos dándome una categorÍa especial.
Esta anÉcdota de la vida real, que posiblemente para ella, la primera dama y de ustedes, que me leen, no tiene ninguna importancia, pero, para mÍ ha vivido como una espinita permanente, hincándome en mi mente y rascando mi corazón, porque deseaba tener una oportunidad para explicarle, por quÉ fue ese mi comportamiento y no mi manera de actuar con ninguno de mis enfermos, que para ella tampoco es significativo, pero, no asÍ para el Jorge que llevo dentro.
QuerÍa decirle, que en mi Época en que trabajÉ en el Palacio de Gobierno, nunca tuve ocasión de ver o escuchar a ninguno de los huÉspedes de la casa de Pizarro, tener tanta consideración para pedir un informe o en el mejor de los casos pedir un €œfavor€?.
La oportunidad para hablarle se me presentó, despuÉs de la celebración de un acto religioso, en que constatÉ, que aquella digna dama, que hacÍa con tanto fervor su conversación con Dios, todavÍa se dio tiempo para que en un acto de gran humildad se levante a recoger la limosna de los fieles.
No podÍa perder la coyuntura que me regalaba el destino y más aÍn viÉndola acompañada de una dama a la que admiro y respeto desde hace mucho tiempo y sin pensar dos veces me acerquÉ y le relatÉ mi experiencia.
Se sonrÍo con la misma dulzura que es difÍcil describir y yo tuve el instante fugaz, de mirar en sus ojos, tiernos y apacibles, la grandeza de su espÍritu, la paz envidiable de su alma y su bondad infinita.
He querido contar esta historia para muchos sin importancia, pero para mÍ, trascendental.
He querido manifestar que en la vida siempre habrá un momento que se repite, que yo lo esperÉ mucho tiempo, que la ocasión se vuelve a presentar y que lo Ínico que ya no se renueva jamás, es el amor.
La dama de mi relato es una extraordinaria mujer que marca su paso por la vida regalando caridad a montones, caridad que brota como un vendaval del fondo de su alma, que vive y sufre con el llanto de los niños y de las madres de nuestras punas cuando el frÍo muerde y cala los huesos, cuando falta el pan, que sobra en la mesa de los ricos y el viento de las noches heladas brama con el aguacero y el canto de la talaqua, ave de mala suerte, asentada en la punta de la ermita y que es una maldición, porque para ellos, permanentemente, los trae las desgracias.
Gracias a usted señora, por todo lo que hace por nosotros.
Gracias a usted señora, la esposa del Presidente, por ser como es.
Jorge REINA Noriega
*AYÍDAME A AYUDAR*
jorgereinan@gmail.com

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