REFLEXIONES DE UN MAESTRO DE A PIE:
Por: Abraham Rojas Valdez
¿Puede el cemento indolente de una metrópoli apagar la devoción de un pueblo que lleva el temple en las venas? Este domingo 9 de agosto, las calles coloniales del Centro Histórico de Lima no solo recibirán un desfile de trajes y danzas; serán el escenario donde la memoria viva de Lámud gritará al Perú que la distancia no diluye el origen. Tras el histórico reconocimiento de nuestras Fiestas Patronales como Patrimonio Cultural de la Nación, los residentes lamudinos marchan en un pasacalle que es, en el fondo, una trinchera de resistencia de la identidad de los Luya y Chillaos.
Estoy convencido de que la festividad del Señor de Gualamita no es una simple repetición de ritos heredados, sino la prueba fehaciente de un sincretismo cultural (andino–español) que trasciende el tiempo y la modernidad; un espacio donde la fe mestiza se convierte en el motor autodeterminado de la memoria, la cohesión social y la dignidad de un pueblo que jamás ha necesitado del asistencialismo estatal para perpetuar su grandeza.
En primer lugar, a mi modo de ver, la dinámica espiritual de Gualamita encuentra una analogía insustituible en la devoción al Señor de los Milagros. Así como el Cristo Moreno unificó las angustias de los limeños entre temblores y sincretismos africanos e hispanos, nuestro «Gualamita» sintetiza la majestuosidad del dios andino que protege la tierra con la piedad del Cristo español trayendo consuelo. Ambas procesiones son auténticos «ríos humanos» que desbordan fe; sin embargo, mientras la capital se adormece a ratos en la prisa globalizada, el devoto lamudino y/o amazonense reescribe su pacto sagrado en cada rincón donde habita, demostrando que la fe mestiza es el refugio definitivo frente a la enajenación cultural.
En segundo lugar, este entramado festivo constituye la columna vertebral de lo que el insigne folclorista peruano José María Arguedas denominaba la cultura viva de los pueblos profundos. Como bien sentenció el ilustre intelectual: «La cultura de un pueblo no es un adorno, es el pan de su alma y la fuerza con que sostiene su destino». En Lámud, este «pan del alma» se hornea literalmente en el amasijo, se transporta desde las cálidas quebradas en el flete aviay, y se consolida en la solidaridad del tinguch cuy y el yamta pallay. ¿Acaso no es sublime ver la entrega impecable de la piumbra sirviendo la chicha, de las ayhuadoras alrededor de la humisha, o la luz comunitaria nacida del labray y el servicio noble del alto ricuy? Todo este engranaje de reciprocidad andina demuestra que Lámud es un paradigma de autogestión cultural: un pueblo que celebra a su Santo Patrón Señor de Gualamita, a la Santísima Cruz de Lámud Urco y a la Virgen de la Inmaculada Concepción desde la entrega desinteresada, sin esperar presupuestos ni migajas del Estado.
En tercer lugar, hablo desde mi propia experiencia y memoria emotiva. Desde que éramos niños, caminando descalzos o con llanques sobre la tierra o contemplando el rostro sereno de nuestro Gualamita, aprendimos que la fe no se instruye en un libro: se alimenta en el hogar y se incrementa de generación en generación. No obstante, resulta evidente que el verdadero desafío contemporáneo de la comunidad lamudina y luyana radica en la unidad genuina. De nada sirve cruzar los andes para mostrar nuestro folclore en la Plaza Mayor si permitimos que los egoísmos o el figuretismo fracturen a nuestra gente. Debemos construir puentes sólidos de hermandad y no muros de división absurda; solo así convertiremos el amor a la tierra en obras, educación y desarrollo real para Lámud.
En conclusión, este pasacalle en el corazón de la capital no es un espectáculo folclórico pasajero, sino una lección de dignidad, fe y pertenencia. Hago un llamado ferviente y conmovido a todos los paisanos lamudinos, luyanos y amazonenses: abracemos nuestras tradiciones con el alma limpia y desinteresada. Sigamos demostrando al Perú que, mientras exista un lamudino dispuesto a defender sus raíces, la llama inextinguible del Señor de Gualamita seguirá iluminando el destino de nuestro pueblo. ¡Que viva Lámud y su fe victoriosa!




