Por: Ana Karina Roncal Alva – Con aroma a café
Hay una madre y un padre que hace unos días despidieron a su hijo con una sonrisa y las recomendaciones de siempre: cuídate, disfruta, pórtate bien y pásala bonito con tus compañeros. Era un viaje de promoción, de esos que representan el cierre de una etapa y el comienzo de tantos sueños.
El adolescente tenía apenas 17 años. Salió de casa para disfrutar, conocer y guardar recuerdos que seguramente contaría al regresar.
Pero no regresó.
Sus padres tuvieron que hacer el viaje en sentido contrario. No para abrazarlo ni escuchar sus anécdotas, sino para recoger el cuerpo de su hijo en Tarapoto y llevarlo de vuelta a casa, esta vez enterrarlo.
¡Que manera tan cruel de cambiar el itinerario de una familia! El viaje que debía terminar con fotografías y abrazos terminó convertido en una pesadilla que ningún padre ni ninguna madre deberían vivir.
Y mientras una familia intenta comprender por qué la vida de su hijo terminó en las aguas de la Laguna azul, Sauce vuelve a ocupar titulares por una tragedia que nos obliga a mirar más allá del agua.
Porque no es la primera vez.
Sauce tiene una laguna extraordinaria, de esas que parecen pintadas por la naturaleza. Sus aguas y paisajes han convertido a este rincón de San Martín en un destino turístico privilegiado. Pero detrás de esa postal hay una realidad que ya nos puede seguir escondiéndose debajo de la alfombra, mucho menos debajo del agua.
Y aquí aparecen nuestras famosas sirenas.
¡Vaya destino el de estas criaturas mitológicas! Otra vez las señalan como responsables de las desgracias que ocurren en la laguna. Según las historias populares, enamoran a los hombres, los seducen y se los llevan a las profundidades. A este paso, habrá que pedirles su descargo, convocarlas al consejo municipal y abrirles un proceso administrativo por reincidencia en ahogamientos.
Quizá hasta debamos colocar un cartel: “Prohibido ingresar al agua, las sirenas están trabajando”
Pero no. Dejemos tranquilas a las protagonistas de nuestras leyendas. No hay evidencia de que alguna haya extendido su cola para llevarse a un visitante. En cambio, hay preguntas muy terrenales que merecen respuestas: ¿dónde estaban los chalecos salvavidas?, ¿quién vigilaba a los bañistas?, ¿había personal capacitado para responder ante una emergencia?, ¿se respetaban las zonas autorizadas para el baño?
Existen cuestionamientos sobre las condiciones en las que ingresaron los escolares y las medidas de seguridad disponibles. Todo debe esclarecerse mediante una investigación seria.
El turismo no consiste únicamente en vender paseos, alquilar embarcaciones y cobrar por disfrutar de una vista privilegiada. También significa garantizar la seguridad. Un chaleco salvavidas no es un accesorio decorativo para la fotografía, ni la vigilancia un servicio opcional.
Lo más preocupante es que Sauce ya conoce estas historias de dolor. Se han registrado fallecimientos por ahogamiento en años anteriores, entre ellos casos reportados en 2013, 2015, y diciembre de 2023. En marzo de 2026, una niña de apenas 12 años perdió la vida tras caer de una moto acuática.
Ahora, otro adolescente. Otra familia destrozada. Otra promoción escolar con una fotografía incompleta y un asiento vacío.
¿Cuántas tragedias más necesitamos para entender que esto no es un asunto menor?
Que nadie confunda esta indignación con una campaña contra el turismo de Sauce. Todo lo contrario. Precisamente porque queremos que siga siendo un destino turístico, debemos exigir seguridad para quienes lo visitan.
Aquí también hay responsabilidades que deben investigarse en el ámbito empresarial y municipal. ¿Dónde están las inspecciones permanentes? ¿Se verifica que los establecimientos cuenten con implementos de seguridad? ¿Existen protocolos de emergencias y personal preparado para actuar?
No basta con autorizar actividades y extender licencias. Gobernar también significa supervisar, prevenir y hacer cumplir las normas.
Si las investigaciones comprueban incumplimientos, que se establezcan las responsabilidades correspondientes. Que se sancione y se clausure a quienes no cumplan las condiciones exigidas para operar. No se puede lucrar con la naturaleza mientras la seguridad de los visitantes queda a merced de la suerte.
Sauce no puede convertirse en tierra de nadie, donde cada empresario haga lo que le venga en gana, donde la informalidad encuentre una sombrilla para protegerse de la fiscalización y donde las autoridades despierten únicamente cuando hay un cadáver que recoger.
Cada tragedia golpea también la imagen del distrito. Un visitante que llega con ilusión y se marcha con una experiencia traumática quizá no quiera regresar. Y detrás de esa pérdida están restaurantes, hospedajes, transportistas y familias que viven legítimamente del turismo. La irresponsabilidad de unos puede terminar perjudicando a todo un pueblo.
No se trata de satanizar la Laguna Azul. Se trata de dejar de romantizar la negligencia.
Hoy hablamos de un adolescente de 17 años, de sus sueños, sus amigos y unos padres que lo esperaban en casa. Ese adolescente pudo ser tu hijo, tu hermano, tu sobrino o tu primo. Ninguna madre ni ningún padre debería cambiar el destino de un viaje de promoción para terminar recogiendo a su hijo en una morgue.
Que las sirenas sigan perteneciendo a las leyendas, que la Laguna azul conserve su encanto y que Sauce no pierda su vocación turística. Pero que se entienda, de una vez por todas, que las aguas profundas no perdonan la improvisación y que la prevención no puede seguir siendo una promesa pronunciada después de cada tragedia.
Porque las sirenas podrán existir en el imaginario popular, pero la irresponsabilidad tiene rostro humano, obligaciones y debe responder ante la justicia.
Si el turismo da para comer a un pueblo, la seguridad debe garantizar que ese pueblo no termine llorando a sus visitantes.
Diario Voces




