No maduramos (estoy triste)

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José Ignacio Beteta – Diario expreso – Colaborador

Hay una trampa en toda campaña electoral que muy pocos quieren ver: el lenguaje no describe la realidad política, la construye. Y en este balotaje aún en proceso, esa trampa funcionó con precisión quirúrgica.

Llevo meses siguiendo las declaraciones públicas de los dos candidatos. No sus planes de gobierno ni sus equipos técnicos. Sus palabras. Las que repiten, las que evitan, las que lanzan como proyectiles y las que acarician como promesas. Y lo que encontré debería preocuparnos más que cualquier resultado electoral.

Keiko Fujimori construyó su campaña sobre un binomio de dos sílabas: orden y caos. Intentó que su discurso diera tranquilidad a la inversión, apostó a transmitir que las cosas funcionen. Un discurso que miró al futuro pero con un tufo técnico muy urbano y poco empático. De alguna forma, a Fujimori le faltaron símbolos. Quiso ser clara y simple. Hasta honesta, podríamos decir.

Roberto Sánchez, por su parte, edificó su discurso sobre otra palabra igualmente poderosa e igualmente vaga: pueblo. Todo viene del pueblo, todo va hacia el pueblo, todo se legitima en nombre del pueblo. Es el recurso más antiguo del populismo latinoamericano y funciona porque nadie se atreve a estar en contra del pueblo. Tampoco nadie preguntó qué pueblo, qué mecanismos concretos, qué instituciones reales. La palabra, de nuevo, hizo el trabajo sola.

El problema no es que Sánchez use este lenguaje estratégicamente. Eso es inevitable y, hasta cierto punto, legítimo. El problema es que nosotros, los ciudadanos, lo consumimos sin filtro, y terminamos votando por una atmósfera, por una sensación, por el miedo, en lugar de votar por respuestas concretas a problemas concretos: ¿cómo vas a reducir los homicidios en el Callao? ¿Cómo harás que ser formal sea más fácil? ¿Cómo destrabarás miles de obras paralizadas? ¿Qué pasa con los contratos de gas si renegocias los TLC? ¿Cómo reducirás la pobreza?

Esas preguntas no caben bien en un eslogan lleno de palabras manoseadas. No se convierten fácilmente en pancarta ni en carrusel de redes sociales. Pero son, exactamente, las que definen si un gobierno transforma el país o simplemente llega para robar, contratar a sus amigos y manejar el Estado como una chacra.

Perú tiene problemas estructurales que ninguna retórica resuelve. La pobreza no se reduce con la palabra “dignidad”. La inseguridad no cede ante el decreto de “soberanía”. La desigualdad no se achica invocando al “pueblo”. Y la “democracia” no tiene bando ideológico. Lo que resuelve problemas son políticas públicas bien diseñadas, instituciones que funcionen y gobernantes que rindan cuentas y que dejen de usar el Estado como una chacra sucia y maloliente.

El historiador en mí sabe que las palabras y los símbolos siempre preceden a los hechos en política. Sabe que la retórica es importante. Pero también sabe que, cuando la distancia entre palabras y hechos es demasiado grande, y en todas las elecciones, lo que viene después no es un gobierno: es una decepción anunciada. Decepción que podría llegar, gane quien gane.

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