Nos estamos desangrando

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11/03/17 – 09:23

Estamos tan ocupados en dañar al prójimo que no percibimos que todos somos ví­ctimas de una sociedad dividida.

Por: Madeleine Osterling – Polí­tico.pe

Las reacciones incendiarias de lí­deres de opinión como consecuencia de la marcha «Con mis hijos no te metas» han desatado una guerra mediática desgastante que ha polarizado nuevamente al paí­s. No hay respeto ni por las personas ni por sus derechos. ¿Qué nos está pasando? Estamos tan ocupados tratando de dañar al prójimo que no percibimos que todos somos ví­ctimas de una sociedad dividida, que parece estar perdiendo el norte, llena de gente desorientada y decepcionada cuya frustración se canaliza a través de la rabia o el temor.

Demostraciones de intolerancia extrema como la de Rodolfo Gonzales Cruz, lí­der del Movimiento Misionero Mundial en el Perú, que ha declarado: «Los homosexuales deben morir al igual que los corruptos ateos porque no son obra de Dios. Si encuentran a dos mujeres teniendo sexo, maten a las dos». Incitaciones irresponsables como las del congresista Moisés Guí­a que, cegado por sus convicciones religiosas (o movido por el oportunismo) pidió la insurgencia popular y vacancia presidencial ante un auditorio de cristianos evangélicos.

Marchas y contramarchas respecto a que el Congreso instaure una comisión investigadora sobre las denuncias de abuso sexual contra Luis Figari y miembros de la organización religiosa Sodalicio, tema que ha sido archivado por la Fiscalí­a por falta de pruebas. A pesar de que es un asunto escandaloso, calza en el ámbito privado. Me pregunto, entonces, por qué tendrí­a que investigarlo el Congreso de la República. ¿Por el morbo? ¿Para limpiar el nombre del Sodalicio o para exterminarlo?

Estamos retrocediendo en la historia y regresando a una religiosidad beligerante. Utilizamos el ataque para blindar todo aquello que no podemos explicar. Hemos vendado nuestros ojos y nos negamos a respetar otras creencias y realidades encapsulando al paí­s frente al mundo. ¿Nos hemos convencido que podemos ofender y herir en nombre de Dios sin ninguna consecuencia?

Nos hemos apropiado de esa verdad absoluta que en el fondo no existe, porque el pensamiento humano es mutable y debemos adecuarnos a los cambios.

Pero no solo hay perjuicios emocionales sino fí­sicos. La gente vive con miedo porque pareciera que la vida humana se ha convertido en un commodity?, en un bien transable. El costo directo del crimen en América Latina y el Caribe es un número, no en vidas humanas sino en impacto económico. Afecta en un 3.5 nuestro PBI, el doble que en los paí­ses desarrollados según un estudio hecho por el Banco Interamericano de Desarrollo.

El problema es que todas estas demostraciones de fuerza y prepotencia se producen en un paí­s que ha perdido la confianza en sus gobernantes tempranamente. Ni en su peor pesadilla los pepekausas hubieran imaginado este escenario de desesperanza, pero ha ocurrido: ¡y los tomó desprevenidos!

Han pasado más de cien años desde que Manuel González Prada pronunciará la conocida frase «Donde se pone el dedo, salta la pus» para describir la corrupción imperante en las altas esferas gubernamentales. Hoy está más vigente que nunca.

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