Salario de miedo

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Una nueva burla al país que a no dudarlo que le terminará pasando factura cuando deje los hilos del poder.

Editorial de Perú21.

Finalmente, la presidenta de la República se salió con la suya. No, digamos, en un tema medular para el desarrollo del país. Ni mucho menos respecto a una decisión u obra de impacto para reducir la pobreza o mejorar el empleo entre los peruanos.

No, señores, nada más alejado de la atención a esas necesidades sociales que la satisfacción de una pretensión personal de Dina Boluarte: que le aumenten el sueldo que recibe como jefa de Estado. Y listo, lo logró. Ahora es la segunda mandataria mejor pagada de la región, nada menos.

Ya en otra ocasión, cuando uno de sus ministros deslizó con la boca pequeña que los estipendios presidenciales iban a subir en un 122%, Perú21 –como otros analistas– fue claro en cuestionar tal posibilidad. Un aumento que en modo alguno era acorde con el tamaño y la marcha de la economía del país, sino que, además, era el peor momento para darse ese gusto, en medio de escándalos sobre sus aventuras quirúrgico-estéticas y con el país bajo el asedio cotidiano de la delincuencia y las economías ilegales.

Pero visto está que al cogollo palaciego le tiene sin cuidado lo que la ciudadanía percibe del Gobierno. Y no nos referimos solamente a ese 4% de aprobación que recibe el trabajo de Dina Boluarte en el vértice más alto de la administración pública, sino al daño que las autoridades le hacen a la democracia peruana con medidas arbitrarias, caprichosas como esa (y a las que el Congreso de la República tampoco es ajeno).

Porque el argumento de una “reorganización estructural del sistema de remuneraciones estatales” es tan débil y grotesco que no resiste el menor análisis. De ahí que no pocos sectores de la sociedad civil y multitud de usuarios en las redes sociales hayan expresado un rotundo rechazo a tamaño incremento salarial, especialmente en un contexto de inestabilidad económica, falta de inversión en salud y educación, y bajos sueldos en el sector público.

Un desvergonzado sentido de las prioridades que no guarda ninguna coherencia ni respeto por las demandas de la realidad. Una nueva burla al país que de momento podrá disfrutar la mandataria, pero que, a no dudarlo, le terminará pasando factura –a ella y a sus colaboradores más cercanos– cuando los hilos del poder (Ejecutivo) ya no se encuentren a su alcance.

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