LEGIÓN DE IDIOTAS

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    Leí esta reflexión de Umberto Eco en redes sociales y me resultó imposible dejarla pasar como una simple queja de intelectual ofendido porque en realidad apunta directo al nervio de lo que estamos viviendo. Eco no estaba defendiendo privilegios de casta ni llorando por los tiempos pasados sino describiendo con lucidez incómoda el momento en que la horizontalidad fingida de las plataformas colocó en el mismo plano al que dedicó años a contrastar fuentes y al que repite consignas con la seguridad de quien acaba de descubrir la verdad absoluta en un video de quince segundos.

     En el bar de la esquina el disparate moría entre risas y otra ronda pero en el ecosistema digital ese mismo disparate se organiza se arma de likes se replica y termina validado por algoritmos que premian el impacto antes que la sensatez. La ignorancia individual siempre existió y siempre existirá el problema es la arrogancia colectiva de una ignorancia que se niega a dudar y que encuentra en el aplauso fácil su mejor escondite.

    Hay algo profundamente perverso en la forma en que se naturalizó esta situación porque se confunde visibilidad con autoridad, se confunde volumen con razón y se confunde la frase yo también tengo una opinión con la idea de que esa opinión vale lo mismo que el trabajo de quien dedicó años a entender el tema. No vale lo mismo, nunca valió y pretender que sí es una forma sofisticada de antiintelectualismo disfrazado de democracia.

     Eco ya había explorado estas tensiones en obras como Apocalípticos e integrados donde analizaba cómo la cultura de masas puede tanto enriquecer como empobrecer la mirada y también en El nombre de la rosa donde el peligro no es solo la herejía sino la certeza ciega que se niega a interrogarse a sí misma. En esas páginas se percibe la misma preocupación que después expresó sobre las redes, la pérdida de la mediación crítica y la disolución del criterio que permite distinguir entre ruido y pensamiento.

     Insistía en la memoria no como archivo muerto de datos sino como músculo porque la memoria es lo que permite reconocer patrones, detectar repeticiones y sospechar de las simplificaciones.

     En una cultura saturada de estímulos inmediatos y respuestas prefabricadas, delegar el esfuerzo cognitivo en la pantalla no democratiza el saber, lo anestesia. Aprender duele, implica admitir que no se sabe contrastar fuentes contradictorias, tolerar la complejidad y construir sentido a partir del trabajo.

     Sin ese trabajo paciente los procesos formativos se vacían y la sociedad queda a merced de cualquier discurso que ofrezca certezas baratas y enemigos fáciles. Desafiar a esa masa ruidosa no consiste en pedir censura ni en caer en el pesimismo estéril del ya no hay nada que hacer sino en recuperar la dignidad del pensamiento propio educar para filtrar cultivar una mirada que no confunda ruido con relevancia y entender que el verdadero conocimiento empieza siempre con una pregunta honesta y no con una certeza vociferada a los gritos.

     El problema no es que haya idiotas siempre los hubo el problema es que ahora tienen megáfono algoritmo y la convicción de que su falta de duda es una virtud. Y mientras sigamos celebrando esa confusión como si fuera progreso la legión seguirá creciendo sin que casi nadie se detenga a preguntar de dónde viene tanto aplauso fácil y tan poca pregunta molesta.

Julio César Chávez

Psicopedagogía

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