Luis Arista Montoya*
El acontecimiento de inauguración del Teleférico Kuélap, sucedido el día 2 de marzo, se impregnará en el imaginario del pueblo amazonense como un día más que histórico. Será(es) transhistórico. Porque pasará a la historia científica y cultural para ser rememorado perpetuamente por todas la generaciones venideras.
Marca un antes y después. Es un punto de quiebre a favor del progreso del turismo cultural en la Región Amazonas, que ingresa a las grandes ligas del turismo mundial. Kuélap estará presente en los escaparates de los grandes destinos turísticos. El hospitalario pueblo amazonense tiene que estar preparado para acoger oleadas de nuevos visitantes.
Al constituirse en el primer teleférico que se instala en Perú, todos debemos sentirnos orgullosos de esa proeza tecnológica. Debe ser motivo de festejo, y para asumir compromisos conjuntos. Ahora, esa enorme instalación tecnológica nos pertenece. Es nuestro. Es un patrimonio cultural científico-tecnológico que merece ser respetarlo y conservado, con la misma valoración que otorgamos a nuestro patrimonio arqueológico, porque es fruto de la modernización. En esa simbiosis se juntan tradición/modernidad, piedra/cobre. Es por eso que a ese conjunto lo denomino TELEFíÉRICO KUíÉLAP.
Cuando el pasado mes de diciembre visité sus instalaciones pude comprobar su valor tecnológico y su gran función utilitaria, que ahora está ya al servicio de los turistas nacionales y extranjeros, y de la gente de las comunidades que como pasajeros cotidianos acortará distancias y pesares.
Allí, en medio de la calidez del hermoso pueblo de El Tingo me asaltaron estas reflexiones que ahora las expongo. Si los científicos y técnicos no saben interpretar y respetar el estado de la naturaleza y su paisaje, cualquier proyecto deja de ser sustentable; que a la naturaleza no hay que violentarla ecológicamente para terminar poniéndola al servicio del hombre como sea. En el diseño, concepción, construcción y puesta en funcionamiento del Teleférico Kuélap se ha cumplido esa racionalidad. La empresa francesa -como buena heredera del racionalismo matemático de Renato Descartes- ha sabido cumplir, seguramente, con el método cartesiano de la evidencia del problema, del análisis detallado, de la síntesis, y de revisión exhaustiva de los procedimientos. Evitando improvisación, apresuramiento.

Al gozar de la estética del paisaje afincado en el Valle Sagrado del Utcubamba, y al observar que esa maquinaria tecnológica aparecía como intrusa, pero sin dañar el paisaje pude comprobar que los ingenieros habían trabajo responsablemente. Allí -en medio de abismos y laderas dominadas por la máquina- recordé dos aforismos del filósofo de la ciencia Francis Bacon, que en su clásico libro Novum Organum (del año 1620) señalaba:
1.-El hombre servidor e intérprete de la naturaleza hace y entiende tanto cuanto ha podido escrutar del orden de la naturaleza por la observación o por la reflexión; ni sabe ni puede más. Es decir, el científico debe obedecer a la naturaleza que estudia; y debe interpretarla para explicar su funcionamiento para ponerla al servicio de la sociedad.
2.- Y, a la naturaleza -escribía Bacon- no se la vence si no es obedeciéndola, es decir, conociendo y respetando sus leyes. Si se hubiera dado en forma contraria en el caso del teleférico la ingeniería hubiese producido severos daños al ecosistema, con la consiguiente protesta social.
Cuando el país asiste -por obra y desgracia de la corrupción empresarial y política- a la caída de casi todo el mundo, es bueno resaltar esta hazaña empresarial en Amazonas. ¡Por fin una buena noticia! Una aguja en el pajar.
Cuando una empresa crea redes de corrupción desde inicio de las licitaciones es más que seguro que los subsiguientes procesos serán también corruptígenos: que la calidad de la obra será deleznable porque tratan de ahorrar costos (metiendo gato por liebre); que no se cumplirán con los plazos, y se esquilma más al Estado mediante un abanico de adendas. La adenda es el recurso fácil y expeditivo que genera enriquecimiento ilícito.
Tenemos la impresión que esto no ha sido el caso de la empresa constructora del Teleférico Kuélap, felizmente. Estamos pues ante un proyecto empresarial emblemático, digno de ser elogiado (y replicado) en medio de los escombros morales generados por la corrupción empresarial producido por ese gran huaico transoceánico llamado Odebrecht &Co.
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*EDITORIAL. Para Radio Reina de la Selva. Lima 7 de marzo de 2017. Luis Arista Montoya.




