Otoniel Alvarado Oyarce
Que paradójico es nuestro país, vivimos tiempos en que ya nos faltan cárceles para tanto delincuente y también para presidentes. Ahora ya no es raro ver en la celda a los que siendo elegidos para ser los primeros servidores del Estado sean sus primeros usurpadores. Ya no es extraño que el último del siglo pasado y los que van del presente, excluyendo a uno que ya no está, se hayan convertido en huéspedes VIP de este recinto presidencial.
En lo que va de este tiempo se está escribiendo una nueva historia política, cuyo eje es la corrupción de los presidentes (salvo un caso no demostrado, ni demostrable ya), y, cuya lectura ocasiona en los ciudadanos sentimientos contrapuestos, según la posición o la óptica con la que se entienda este “maleficio”. En mi caso, desde la mirada de ciudadano y sobre todo de educador, me abundan sentimientos positivos y negativos, de esperanza y de resignación, de un aparente regocijo, pero sobresalen los de una profunda indignación.
Como todo hecho social creo que es posible el análisis desde una óptica dialéctica, y es que desde una una mirada favorable o positiva, se puede inferir que:
- Aún es posible mantener algún mínimo de confianza en la justicia de nuestro país, aunque los jueces justos sean pocos, pues los demás ojalá poco a poco se vayan decantando, porque siendo pocos resaltarán ventajosamente ante los ineptos, corruptos o parcializados.
- La sanción a estos personajes resulta ejemplificadora puesto que se observa que la Justicia debe ser igual para todos, empezando por los más poderosos
- Porque estas sanciones resultarán paradigmáticas, pues de alguna manera servirán de ejemplo para la burocracia estatal, para limitar, ojala evitar, estas lacras tan visibles, dañinas y generalizadas.
- En cierta medida talvez sirva para recuperar la confianza cívica o social de la ciudadanía de nuestro país en las instituciones públicas y también del ánimo psicológico tan decaído de la población ante tanta indolencia. Es que el “no hay nada que hacer” o “esto no lo arregla nadie” se han están convirtiendo en los aforismos de estos tiempos.
Es en la otra cara de la medalla es donde encontramos situaciones perniciosas:
- Nos hemos convertido en lo que los expertos llaman “república bananera”, en una vergüenza mundial al ser el único país donde tenemos tantos presidentes sentenciados por corrupción comprobada.
- Los delitos cometidos resultan o devienen en una estafa política al defraudar con cinismo la voluntad, la esperanza y hasta el afecto de sus electores
- Al no tener ninguna sanción ejemplarizadora funciona como una plaga contagiosa que infecta los niveles inferiores de la burocracia estatal, donde el burocratismo (papeleo o tramitología) , la manipulación y otros artilugios se han convertido en procesos administrativos. Existe una teoría del aprendizaje que explica que también se aprende por imitación de las conductas de otros, “pedagogía social” lo denomina la literatura pertinente.
- Es una desgracia para la educación en general, en especial para la universitaria porque lo han degradado tanto que ahora ya no es necesario tener títulos, o se obtienen previa tarifa, en donde los plagios y los negociados son el pan de cada día, porque la técnica y la ética en la formación profesional no es preocupación de los dueños de las empresas universitarias.
Como la administración de justicia corresponde a las instituciones pertinentes, caben algunas inquietudes al respecto:
¿No será que el “El criterio de conciencia” que se aplica al sentenciar no será válvula de escape para aplicar sanciones a conveniencia?, en todo caso, dada la antigüedad del criterio y la disparidad de su aplicación, por lo menos, debe ponerse en tela de juicio con miras a su necesaria redefinición.
Con frecuencia se observa que la celeridad en los procesos y otras tantas triquiñuelas burocráticas se acomodan a conveniencia de los jueces. En tiempos de tecnología y de IA no será posible una verdadera tecnificación de los procedimientos judiciales, con lo cual se ganaría mucho en eficiencia, celeridad e imparcialidad.
La falta de meritocracia en todas las instancias del poder judicial es otra de las taras demostrada con títulos comprados, investigaciones plagiadas, desaprobación en exámenes de ingreso o ascensos, persistencia de suplentes, etc. Lo cual dice mucho de la calidad académica y ética de los magistrados y en manos de estos señores están la dignidad, la honradez y la libertad de los ciudadanos.
L.15.dic.2025




