Luis García Miró Elguera – Diario Expreso
Maduro sospechaba algo. Las últimas noches, antes de ser capturado, paseaba como zombi manejando una camioneta, acompañado por un periodista español y dos sobones contratados para sonreírle tras cualquier necedad. Era el presagio del final del secuestro de Venezuela que iniciara su padre putativo, el impresentable jerarca Hugo Chávez Frías, quien condenó a los venezolanos al hambre, la tortura, el secuestro, el espanto y a la ignominia de una carcelería graficada por su peor manifestación de crueldad, sevicia y abuso.
Aquellos surrealistas viajes nocturnos hacia ningún lado —con Maduro conduciendo— quedarán para el recuerdo en las grabaciones realizadas por el propio Maduro sobre sus alucinaciones, necedades y pánicos, a través de alguna cámara montada ex profeso al interior de la cabina del lujoso vehículo. Maduro iba acompañado —repetimos— por un periodista español —acaso amigo del expresidente español José Rodríguez Zapatero, suerte de enamorado político de Maduro— y de otras dos personas. Quizá Maduro pretendía registrar sus últimas palabras como dictador y asesino en serie. Pero esta vez, las cosas no salieron como las tenía planeadas.
Después de dejar a sus ocasionales acompañantes, llegaba al búnker de su residencia traspasando unas pesadas rejas de acero que solía cruzar. Y mientras subía hacia la zona élite de los dormitorios blindados, fue sorprendido por militares norteamericanos con órdenes de trasladarlo fuera de Venezuela. Así empezaba la crisis final de este miserable tirano, a quien la izquierda sudaca le rinde idénticos honores que a su padre putativo, Hugo Chávez.
Maduro salió con las manos enmarrocadas, cargado en vilo por dos soldados estadounidenses. Así cruzaría el umbral del portón de su lujosa residencia. Momentos antes, otro contingente militar estadounidense había bombardeado parte de Caracas, dejando en claro que la misión del dictador Maduro ya había llegado al final. Nunca más conduciría el país. El tirano Maduro y su esposa fueron subidos a un helicóptero —y desde allí a un barco militar— para trasladarlos hasta Estados Unidos.
Atrás quedaban aquellos días de vino y rosas de dictadura draconiana del jeque venezolano. Maduro era trasladado desde su lujosa residencia, humillado, derrotado y consciente de que esa escena sería el final de sus días como opresor criminal y matarife serial de los millones de venezolanos que siempre repudiaron sus crueles prácticas totalitarias.
¡Tras más de dos décadas de padecimientos, abusos, muerte y miseria, la justicia regresaba a Venezuela! Ayer, el mundo libre salvó a los venezolanos de los horrores de una revolución que solo ha producido miseria y caos en esta otrora alegre, próspera nación.
La captura de Maduro ocurrió durante la madrugada del sábado 3 de enero, producto de una impecable operación militar norteamericana a gran escala sobre territorio venezolano, tanto por tierra, mar y aire, que involucró bombardeos y explosiones en Caracas, así como otras áreas del país, como la base aérea La Carlota. La detención de Maduro fue ejecutada por la unidad de élite del ejército estadounidense, Delta Force, destacada patrulla de operaciones especiales de EE. UU.
Maduro y su esposa Cilia Flores fueron embarcados en avión rumbo a EE. UU.




