¿Es igual vender un producto que vender a un político?

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«Con los productos estamos concentrados en buscar sus ventajas competitivas, bondades, y cómo contribuye a nuestro bienestar. En el caso del marketing político, nos concentramos en minimizar o desaparecer sus defectos».

«El fracaso de un candidato electo se traduce en una pérdida de años de desarrollo, oportunidades y, en el peor de los casos, en un deterioro institucional y económico que afecta directamente la vida diaria de miles».

Marco Antonio Merino – Perú 21

Nadie en su sano juicio elegiría en un supermercado un producto en mal estado, vencido. En el caso de autoridades, si no hay otra opción se tiene que elegir por cinco años a una persona para que sea congresista o presidente.

Con los productos estamos concentrados en buscar sus ventajas competitivas, bondades, y cómo contribuye a nuestro bienestar. En el caso del marketing político, nos concentramos en minimizar o desaparecer sus defectos, en mostrar lo que no es, y de alguna manera en vender lo que no es cierto.

El marketing en su esencia más pura, es el arte de conectar un producto de valor con un consumidor que lo desea. En este universo ideal, la estrategia se centra en realzar la calidad, los ingredientes, el bienestar que brinda, y lo que aporta en la vida del cliente. Es un juego de seducción basado en la aspiración.

En una reciente encuesta de Arellano Consultores, se revela que el 67% de los peruanos decide su voto presidencial en el último mes o incluso el mismo día. La elección se asemeja a una compra impulsiva de algo que determinará nuestra dieta por los próximos 1,825 días (cinco años). Elegir un político es similar a comer un arroz malo, huevos que huelen horrible, atún podrido y un arroz con gusanos durante un lustro entero. Esta es la pesadilla del marketing político que se deberá vender hoy en el Perú.

Napoleón Bonaparte decía que “nada va bien en un sistema político en el que las palabras contradicen los hechos”. Hemos tenido demasiados hechos que han contradicho promesas, convirtiendo la política en un ejercicio de cinismo y mentira.

Cuando un consumidor compra un producto establece un contrato tácito: calidad por precio. Por ejemplo, en el caso de un atún, si está en mal estado, el consumidor simplemente cambia de marca. En política, sin embargo, el contrato es forzoso y prolongado. El fracaso de un candidato electo se traduce en una pérdida de años de desarrollo, oportunidades y, en el peor de los casos, en un deterioro institucional y económico que afecta directamente la vida diaria de miles.

La acumulación de escándalos de corrupción, la incapacidad de gestión y la sensación de abandono han transformado al político en el arquetipo del “producto bamba”: te dicen que son originales, te prometen una marca de calidad, pero al abrir el paquete descubres una copia barata, mal hecha y que, además, es perjudicial para la salud del sistema.

En este escenario, el marketing político debe renunciar a la ambición de vender un sueño. La gente ya no compra utopías; compra supervivencia.

Esperemos, por tanto, que cada ciudadano sea consciente de que son 1,825 días de consumo de un producto podrido si no sabemos elegir. 

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